Entrando en el principio de un largo puente y con la sensación de estar a la espera de nuevas medidas de recorte, por parte del gobierno conservador que se constituirá próximamente, no pueden escapar a nuestra observación una serie de cuestiones, que hacen difícil de creer una realidad que se nos da como cierta, pero que hace aguas si analizamos a fondo la rutina de los que nos rodean.
Hemos empezado el fin de semana en nuestra ciudad con la celebración de la final de la Copa Davis. El acontecimiento tenístico ha supuesto un éxito rotundo de público y los empresarios de hostelería hablan de un cien por cien de ocupación hotelera que supone una buena inyección de ingresos para nuestra paupérrima economía.
Teniendo en cuenta que la más barata de las entradas rozaba los doscientos euros y que se calculan en 27.000 los espectadores que han disfrutado del evento, la idea de la enorme cifra de paro que se baraja en el caso de Sevilla, no cuadra con el dispendio que supone para un desempleado, gastar la mitad de su subsidio para un fin lúdico de estas características.
Por otra parte, la Dirección General de tráfico ha cifrado en diez millones y medio la cantidad personas desplazadas a otros lugares durante estos días, con el consiguiente desembolso económico que acarrea para una familia moverse de su ciudad de destino para disfrutar de otros nuevos, a los que difícilmente se podría acceder, si su situación fuera tan desesperada como a diario se comenta.
Se habla poco de los efectos que la economía sumergida podría tener sobre un país como el nuestro, pero sin olvidar a los que están sufriendo verdaderamente el azote de la crisis, habremos de admitir que cosas como las anteriormente expuestas, ponen un punto de incredulidad en los corazones angustiados de los ciudadanos, que ven en los otros un modo de vivir que no se corresponde precisamente, con el de una sociedad roza los niveles de la pobreza.
Esto nos hace desconfiar de la veracidad de las estadísticas para pensar inmediatamente en que la picaresca se extiende a pasos agigantados por el territorio nacional, convirtiéndose en una costumbre generalizada, que mina grandemente la economía nacional y disfraza el trasfondo de miedo que nos acompaña, permitiendo conscientemente que ciertos individuos cobren prestaciones de las arcas del Estado, mientras trabajan para empresarios sin escrúpulos que defraudan al fisco, ahorrándose el correspondiente montante de impuestos que de otro modo, tendrían que asumir.
Una rápida mirada a los bares, centros comerciales, cines y zonas de ocio instalados por toda nuestra geografía, podría ponernos sobre aviso de cómo se desarrolla un día normal en cualquier ciudad, mientras nuestros gobernantes siguen apretando el cinturón a los que cuentan con un sueldo fijo, agobiándolos con continuos recortes que al final, hacen que la crisis sea costeada siempre por los mismos.
No parecen funcionar las medidas de vigilancia que eviten que estas situaciones se produzcan, lo cuál carecería de importancia si no supusiera un agravio comparativo para la honradez de aquellos que contribuyen religiosamente a las arcas comunes, mientras otros se zafan de sus obligaciones, haciendo mella en el mismo corazón de las prestaciones sociales que a todos corresponderían.
Naturalmente, este tipo de hechos no hacen otra cosa que aumentar el patrimonio de los más poderosos y alimentar sus ansias de grandeza, permitiendo irregularidades intolerables, que terminan en paraísos fiscales, como todos sabemos.
De nada vale parece, apelar a la conciencia colectiva de los españoles, ni sacar a la luz determinados casos que hieren la sensibilidad del más duro, con su injusticia manifiesta.
Probablemente, de nada valdrá apelar a nuestros nuevos gobernantes para que dediquen parte de su tiempo a combatir el persistente engaño que padecemos y a investigar o castigar su procedencia. Estarán demasiado ocupados en complacer las exigencias europeas, en lugar de centrarse en combatir los males endémicos que subyacen en las entrañas del país.
Hemos empezado el fin de semana en nuestra ciudad con la celebración de la final de la Copa Davis. El acontecimiento tenístico ha supuesto un éxito rotundo de público y los empresarios de hostelería hablan de un cien por cien de ocupación hotelera que supone una buena inyección de ingresos para nuestra paupérrima economía.
Teniendo en cuenta que la más barata de las entradas rozaba los doscientos euros y que se calculan en 27.000 los espectadores que han disfrutado del evento, la idea de la enorme cifra de paro que se baraja en el caso de Sevilla, no cuadra con el dispendio que supone para un desempleado, gastar la mitad de su subsidio para un fin lúdico de estas características.
Por otra parte, la Dirección General de tráfico ha cifrado en diez millones y medio la cantidad personas desplazadas a otros lugares durante estos días, con el consiguiente desembolso económico que acarrea para una familia moverse de su ciudad de destino para disfrutar de otros nuevos, a los que difícilmente se podría acceder, si su situación fuera tan desesperada como a diario se comenta.
Se habla poco de los efectos que la economía sumergida podría tener sobre un país como el nuestro, pero sin olvidar a los que están sufriendo verdaderamente el azote de la crisis, habremos de admitir que cosas como las anteriormente expuestas, ponen un punto de incredulidad en los corazones angustiados de los ciudadanos, que ven en los otros un modo de vivir que no se corresponde precisamente, con el de una sociedad roza los niveles de la pobreza.
Esto nos hace desconfiar de la veracidad de las estadísticas para pensar inmediatamente en que la picaresca se extiende a pasos agigantados por el territorio nacional, convirtiéndose en una costumbre generalizada, que mina grandemente la economía nacional y disfraza el trasfondo de miedo que nos acompaña, permitiendo conscientemente que ciertos individuos cobren prestaciones de las arcas del Estado, mientras trabajan para empresarios sin escrúpulos que defraudan al fisco, ahorrándose el correspondiente montante de impuestos que de otro modo, tendrían que asumir.
Una rápida mirada a los bares, centros comerciales, cines y zonas de ocio instalados por toda nuestra geografía, podría ponernos sobre aviso de cómo se desarrolla un día normal en cualquier ciudad, mientras nuestros gobernantes siguen apretando el cinturón a los que cuentan con un sueldo fijo, agobiándolos con continuos recortes que al final, hacen que la crisis sea costeada siempre por los mismos.
No parecen funcionar las medidas de vigilancia que eviten que estas situaciones se produzcan, lo cuál carecería de importancia si no supusiera un agravio comparativo para la honradez de aquellos que contribuyen religiosamente a las arcas comunes, mientras otros se zafan de sus obligaciones, haciendo mella en el mismo corazón de las prestaciones sociales que a todos corresponderían.
Naturalmente, este tipo de hechos no hacen otra cosa que aumentar el patrimonio de los más poderosos y alimentar sus ansias de grandeza, permitiendo irregularidades intolerables, que terminan en paraísos fiscales, como todos sabemos.
De nada vale parece, apelar a la conciencia colectiva de los españoles, ni sacar a la luz determinados casos que hieren la sensibilidad del más duro, con su injusticia manifiesta.
Probablemente, de nada valdrá apelar a nuestros nuevos gobernantes para que dediquen parte de su tiempo a combatir el persistente engaño que padecemos y a investigar o castigar su procedencia. Estarán demasiado ocupados en complacer las exigencias europeas, en lugar de centrarse en combatir los males endémicos que subyacen en las entrañas del país.

Bendito invento la crisis para unos pocos... Y para otros muchos que se compadecen a sí mismos delante de cualquiera y luego se empeñan hasta los ojos para no perderse a la Virgen del Rocío. O nos están engañando, o en España hay una economía sumergida descomunal. A ver cómo lo soluciona Marianito...
ResponderEliminar