En estos días de ausencia, dedicados al cien por cien a los cuidados de nuestro primer nieto, la desconexión con los problemas del mundo ha sido total y he de reconocer, que no hemos echado de menos la rabiosa actualidad, saciados como estábamos, con la contemplación de este milagro de la vida, que llena de alegría nuestra casa.
Resignados a quedar en manos de un gobierno aún más conservador que el saliente, no nos coge de extraño ninguna de las palabras pronunciadas por el señor Rajoy antes de ser investido Presidente, ni nos sorprende la reacción de ninguna de las variopintas oposiciones sobre esta materia, ya que todo se desarrolla con una previsión tal, que no hace falta tener muchas luces para entender el mensaje subliminal que se oculta bajo los manidos discursos de nuestros nuevos representantes en el Parlamento.
Estamos los españoles en general, demasiado indignados con los nuevos casos de corrupción, sobre todo con el que salpica de lleno a la Casa Real, en la persona del impoluto Urdangarín, al parecer pringado hasta el cuello en una oscura trama de engañifas, impropias de quién no necesita absolutamente nada para llevar una vida de rey, nunca mejor dicho.
No va por buen camino la nobleza, a juzgar también por las asombrosas declaraciones del esperpéntico Cayetano Martínez de Irujo, cuyo destartalado sueño consiste, siempre según su calenturienta mentalidad, en batirse en duelo con los jornaleros andaluces que no tienen ansias de mejorar su calidad de vida y que además cobran la “escandalosa” cifra de cuatrocientos euros, que queman al hijo de la Duquesa de Alba como si salieran de su lustroso patrimonio, por otra parte, nutrido por jugosas subvenciones europeas, a las que no renuncia,, por cierto.
Nada mejor podría esperarse de un personaje nacido en una familia de incalculable fortuna, a quien no se conoce otro trabajo que el de galopar a lomos de sendos caballos y algún que otro romance de tinte escandaloso, de ésos que vuelven loca a la prensa del corazón y que pasaría desapercibido de no ser por tener una madre que se encarga a diario de llamar la atención con sus modelitos estrambóticos, más propios de una comuna hippy de los años sesenta, que de una señora octogenaria, cabeza de una de las casas nobles más poderosas del planeta.
Es fácil opinar sobre los demás desde la tribuna de la cursilería, sin tener que hacer absolutamente ningún esfuerzo para cubrir las necesidades cotidianas, pero la recalcitrante posición en que se encuentra este señorito de pacotilla, en cuanto a la realidad de Andalucía, no hace otra cosa que demostrar a la opinión pública que su evolución mental ha sido nula y que preferiría desde luego, que aún existiera el derecho de pernada en todas sus tierras y que los trabajadores a su servicio tuvieran todavía que pagarle tributo, en vez de cobrar el sueldo estipulado por la legislación vigente.
Claro que ahora, con la llegada de los suyos al poder, seguramente verá colmadas algunas de sus aspiraciones y saldrá beneficiado con la entrada en vigor de esas leyes que beneficiarán a los más ricos, en detrimento de la clase trabajadora.
Huelga decir que la respuesta de los sindicados obreros del campo ha sido inmediata y que ante la probada insistencia ya demostrada en otras ocasiones, es posible que llegue el día en que este señor tenga que arrepentirse de tan luctuosas declaraciones.
Naturalmente, el slogan de “La tierra para el que la trabaja”, le disgusta profundamente. No podía ser de otro modo. Si tuviera que conservar únicamente las fincas que hubiera trabajado personalmente, su destino sería la nutrida cola del INEM. Una pena.
Resignados a quedar en manos de un gobierno aún más conservador que el saliente, no nos coge de extraño ninguna de las palabras pronunciadas por el señor Rajoy antes de ser investido Presidente, ni nos sorprende la reacción de ninguna de las variopintas oposiciones sobre esta materia, ya que todo se desarrolla con una previsión tal, que no hace falta tener muchas luces para entender el mensaje subliminal que se oculta bajo los manidos discursos de nuestros nuevos representantes en el Parlamento.
Estamos los españoles en general, demasiado indignados con los nuevos casos de corrupción, sobre todo con el que salpica de lleno a la Casa Real, en la persona del impoluto Urdangarín, al parecer pringado hasta el cuello en una oscura trama de engañifas, impropias de quién no necesita absolutamente nada para llevar una vida de rey, nunca mejor dicho.
No va por buen camino la nobleza, a juzgar también por las asombrosas declaraciones del esperpéntico Cayetano Martínez de Irujo, cuyo destartalado sueño consiste, siempre según su calenturienta mentalidad, en batirse en duelo con los jornaleros andaluces que no tienen ansias de mejorar su calidad de vida y que además cobran la “escandalosa” cifra de cuatrocientos euros, que queman al hijo de la Duquesa de Alba como si salieran de su lustroso patrimonio, por otra parte, nutrido por jugosas subvenciones europeas, a las que no renuncia,, por cierto.
Nada mejor podría esperarse de un personaje nacido en una familia de incalculable fortuna, a quien no se conoce otro trabajo que el de galopar a lomos de sendos caballos y algún que otro romance de tinte escandaloso, de ésos que vuelven loca a la prensa del corazón y que pasaría desapercibido de no ser por tener una madre que se encarga a diario de llamar la atención con sus modelitos estrambóticos, más propios de una comuna hippy de los años sesenta, que de una señora octogenaria, cabeza de una de las casas nobles más poderosas del planeta.
Es fácil opinar sobre los demás desde la tribuna de la cursilería, sin tener que hacer absolutamente ningún esfuerzo para cubrir las necesidades cotidianas, pero la recalcitrante posición en que se encuentra este señorito de pacotilla, en cuanto a la realidad de Andalucía, no hace otra cosa que demostrar a la opinión pública que su evolución mental ha sido nula y que preferiría desde luego, que aún existiera el derecho de pernada en todas sus tierras y que los trabajadores a su servicio tuvieran todavía que pagarle tributo, en vez de cobrar el sueldo estipulado por la legislación vigente.
Claro que ahora, con la llegada de los suyos al poder, seguramente verá colmadas algunas de sus aspiraciones y saldrá beneficiado con la entrada en vigor de esas leyes que beneficiarán a los más ricos, en detrimento de la clase trabajadora.
Huelga decir que la respuesta de los sindicados obreros del campo ha sido inmediata y que ante la probada insistencia ya demostrada en otras ocasiones, es posible que llegue el día en que este señor tenga que arrepentirse de tan luctuosas declaraciones.
Naturalmente, el slogan de “La tierra para el que la trabaja”, le disgusta profundamente. No podía ser de otro modo. Si tuviera que conservar únicamente las fincas que hubiera trabajado personalmente, su destino sería la nutrida cola del INEM. Una pena.

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