Habiendo pisoteado nuestros políticos todos los derechos adquiridos por los trabajadores, durante esta última etapa de crisis, llegan los españoles al Día de la Constitución este año, con la sensación de no tener nada que celebrar y el dolor natural que produce saber que de nada han servido los artículos de la Carta Magna para solucionar los problemas de desigualdad que se están produciendo continuamente en el país.
Posiblemente, la actual transición de poderes, en nada deslucirá los actos previstos para disfrute y solaz de nuestros gobernantes salientes y futuros, que pondrán toda la carne en el asador intentando demostrarnos las múltiples cualidades con que fue adornada nuestra vida, con la elaboración del Documento..
Pero subyace un regusto amargo capaz de empañar cualquier proposición que venga de manos de los que dicen representarnos: los españoles ya no creemos en la honestidad de los políticos de turno y la buena voluntad con que fue escrita la Constitución ha muerto ahogada en un océano de corrupción y mentira que impide con su suciedad, cualquier esperanza de futuro.
Las Instituciones ocupan para nosotros la escala más ínfima, dada su natural tendencia a desoír reiterativamente nuestros gritos de socorro. La línea que nos separa de aquellos en los que depositamos nuestra confianza, se ha convertido en una frontera insalvable, salpicada de escarpadas alambradas que la hacen inaccesible y gravada por aranceles impagables para un `pueblo cada vez más empobrecido por la mala gestión de los que debieran ser, ante todo, el reflejo nítido de la voz de los ciudadanos.
Es más, los gastos que acarrean este tipo de eventos, no hacen otra cosa que aumentar la indignación de los que nos vemos sometidos por decreto a soportar cada vez más recortes en nuestro nivel adquisitivo, para comprobar finalmente, que nuestras aportaciones forzosas son destinadas a alimentar el ego de los que se sientan en los escaños de los parlamentos, sin consideración a la pobreza que padecen los cinco millones de españoles, que ahora ocupan su tiempo en las colas de las oficinas del INEM, buscando una salida urgente a su desamparo laboral.
Carentes de ayuda y esperanza, lo que aguardan de sus políticos es la firmeza de una resolución que los saque del negro pozo en el que habitan. Y les importa un carajo que la corona luzca sus mejores galas en un día como este o la lista detallada del catering ofrecido tras los actos institucionales organizados para tal fin, o la palabrería vana de los discursos huecos de sus señorías, que conmemoran el cumpleaños de algo que ya no sirve para nada.
Los españoles hoy, ajustan las cuentas del Estado, intentando demostrarse a sí mismos cuánto se puede ahorrar, sin contar otra vez con los bolsillos de los honrados trabajadores que pagan sin culpa la crisis. No pueden ni quieren consentir el despilfarro institucional que en nada contribuye a la denostada paz social, cada vez más cerca del desastre.
Puede que llegue el día en que algunos tengan que rendir cuentas de su desatención manifiesta a la llamada de sus representados y paguen con la misma moneda que nosotros, esta vergonzosa despreocupación por el destino de su propio pueblo.
Claro que para eso, lo primero sería empezar a instalar una justicia real a la que poder acudir con la certeza, de que no habrá compasión para los que cometen el peor de los delitos conocidos: el genocidio incruento y solapado que va minando la voluntad de los ciudadanos, con dosis cada vez más elevadas de alienación y miedo.
Posiblemente, la actual transición de poderes, en nada deslucirá los actos previstos para disfrute y solaz de nuestros gobernantes salientes y futuros, que pondrán toda la carne en el asador intentando demostrarnos las múltiples cualidades con que fue adornada nuestra vida, con la elaboración del Documento..
Pero subyace un regusto amargo capaz de empañar cualquier proposición que venga de manos de los que dicen representarnos: los españoles ya no creemos en la honestidad de los políticos de turno y la buena voluntad con que fue escrita la Constitución ha muerto ahogada en un océano de corrupción y mentira que impide con su suciedad, cualquier esperanza de futuro.
Las Instituciones ocupan para nosotros la escala más ínfima, dada su natural tendencia a desoír reiterativamente nuestros gritos de socorro. La línea que nos separa de aquellos en los que depositamos nuestra confianza, se ha convertido en una frontera insalvable, salpicada de escarpadas alambradas que la hacen inaccesible y gravada por aranceles impagables para un `pueblo cada vez más empobrecido por la mala gestión de los que debieran ser, ante todo, el reflejo nítido de la voz de los ciudadanos.
Es más, los gastos que acarrean este tipo de eventos, no hacen otra cosa que aumentar la indignación de los que nos vemos sometidos por decreto a soportar cada vez más recortes en nuestro nivel adquisitivo, para comprobar finalmente, que nuestras aportaciones forzosas son destinadas a alimentar el ego de los que se sientan en los escaños de los parlamentos, sin consideración a la pobreza que padecen los cinco millones de españoles, que ahora ocupan su tiempo en las colas de las oficinas del INEM, buscando una salida urgente a su desamparo laboral.
Carentes de ayuda y esperanza, lo que aguardan de sus políticos es la firmeza de una resolución que los saque del negro pozo en el que habitan. Y les importa un carajo que la corona luzca sus mejores galas en un día como este o la lista detallada del catering ofrecido tras los actos institucionales organizados para tal fin, o la palabrería vana de los discursos huecos de sus señorías, que conmemoran el cumpleaños de algo que ya no sirve para nada.
Los españoles hoy, ajustan las cuentas del Estado, intentando demostrarse a sí mismos cuánto se puede ahorrar, sin contar otra vez con los bolsillos de los honrados trabajadores que pagan sin culpa la crisis. No pueden ni quieren consentir el despilfarro institucional que en nada contribuye a la denostada paz social, cada vez más cerca del desastre.
Puede que llegue el día en que algunos tengan que rendir cuentas de su desatención manifiesta a la llamada de sus representados y paguen con la misma moneda que nosotros, esta vergonzosa despreocupación por el destino de su propio pueblo.
Claro que para eso, lo primero sería empezar a instalar una justicia real a la que poder acudir con la certeza, de que no habrá compasión para los que cometen el peor de los delitos conocidos: el genocidio incruento y solapado que va minando la voluntad de los ciudadanos, con dosis cada vez más elevadas de alienación y miedo.

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