Arropado por una enorme expectación familiar, Hugo vio por primera vez el mundo en la madrugada del día 10. Fue recibido por el planeta con un eclipse de luna y un gran esfuerzo de su madre, que lo parió de forma totalmente natural después de varios días de dolores intensos.
Sus casi tres kilos de hermosa humanidad enseguida cautivaron a los que a partir de ahora seremos su familia. El milagro de perfección que supone la contemplación de sus diminutos dedos, aferrándose con ahínco a su recién estrenada vida, sus ojillos enturbiados aún por la niebla natural de su circunstancia y oír por primera vez su llanto comprobando que tiene voz, colma todo el asombro depositado durante meses en este preciso momento, trayendo hasta nosotros una sensación de plena felicidad.
Los que han pasado por esta experiencia convendrán conmigo en que es absolutamente distinto a la de tener un hijo, pues se mezclan en la interminable espera, la impaciencia por conocer al recién llegado y la angustia infinita de no poder hacer nada para evitar o suavizar el sufrimiento de su madre, a la que una vez tuviste en circunstancias casi idénticas a las que ella atraviesa ahora.
También es otro el sentido de protección que desarrollas, mucho más sereno que cuando la juventud remueve las vísceras colocándote como responsable de toda la vida del niño, porque la moderación que dan los años te hacen entender, con claridad meridiana, que nunca se ahorran esfuerzos por procurar a los que quieres una buena vida y, en general, se acaba triunfando en este cometido, alcanzando el equilibrio deseado cuando os encontrasteis por primera vez.
Realmente, estremece comprobar el instantáneo nacimiento de una corriente de amor recíproca con el pequeño ser que tienes enfrente, a quien ayer ni siquiera imaginabas, como si todos los resortes de la mejor clase de humanidad se pusieran en marcha, despertando emociones dormidas que desbordan cualquier nivel imaginado con anterioridad cuando se acercaba el encuentro.
Ver al niño arropado por la calidez de su madre, el brillo indescriptible de los ojos de la que hace solo unos instantes ponía todo su sacrificio al servicio de su alumbramiento, y comprender que los dos están dispuestos para iniciar una vida juntos, resulta sobrecogedor y, verdaderamente, faltan palabras para describir los sentimientos.
Ahora reposaremos la experiencia, investigaremos formas de acercamiento para hacer fácil la adaptación al futuro que viene, y disfrutaremos de los placeres que nos aguardan sin dar lugar al desaliento.
Hugo tiene toda la vida por delante y nada entiende de los problemas que azotan al mundo, ni del desamor o el silencio. Las manos de su madre arropándolo contra su pecho son la mejor bienvenida para él. Y, para nosotros, lo mejor es su sonrisa.
Sus casi tres kilos de hermosa humanidad enseguida cautivaron a los que a partir de ahora seremos su familia. El milagro de perfección que supone la contemplación de sus diminutos dedos, aferrándose con ahínco a su recién estrenada vida, sus ojillos enturbiados aún por la niebla natural de su circunstancia y oír por primera vez su llanto comprobando que tiene voz, colma todo el asombro depositado durante meses en este preciso momento, trayendo hasta nosotros una sensación de plena felicidad.
Los que han pasado por esta experiencia convendrán conmigo en que es absolutamente distinto a la de tener un hijo, pues se mezclan en la interminable espera, la impaciencia por conocer al recién llegado y la angustia infinita de no poder hacer nada para evitar o suavizar el sufrimiento de su madre, a la que una vez tuviste en circunstancias casi idénticas a las que ella atraviesa ahora.
También es otro el sentido de protección que desarrollas, mucho más sereno que cuando la juventud remueve las vísceras colocándote como responsable de toda la vida del niño, porque la moderación que dan los años te hacen entender, con claridad meridiana, que nunca se ahorran esfuerzos por procurar a los que quieres una buena vida y, en general, se acaba triunfando en este cometido, alcanzando el equilibrio deseado cuando os encontrasteis por primera vez.
Realmente, estremece comprobar el instantáneo nacimiento de una corriente de amor recíproca con el pequeño ser que tienes enfrente, a quien ayer ni siquiera imaginabas, como si todos los resortes de la mejor clase de humanidad se pusieran en marcha, despertando emociones dormidas que desbordan cualquier nivel imaginado con anterioridad cuando se acercaba el encuentro.
Ver al niño arropado por la calidez de su madre, el brillo indescriptible de los ojos de la que hace solo unos instantes ponía todo su sacrificio al servicio de su alumbramiento, y comprender que los dos están dispuestos para iniciar una vida juntos, resulta sobrecogedor y, verdaderamente, faltan palabras para describir los sentimientos.
Ahora reposaremos la experiencia, investigaremos formas de acercamiento para hacer fácil la adaptación al futuro que viene, y disfrutaremos de los placeres que nos aguardan sin dar lugar al desaliento.
Hugo tiene toda la vida por delante y nada entiende de los problemas que azotan al mundo, ni del desamor o el silencio. Las manos de su madre arropándolo contra su pecho son la mejor bienvenida para él. Y, para nosotros, lo mejor es su sonrisa.

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