Cerrando la funda de sus gafas, Julia vio amanecer el día de Nochebuena en la completa soledad de su casa. Había estado toda la noche escribiendo y la cafetera aún mantenía el calor, colocada al lado de sendas tazas vacías.
Se desperezó vencida por el cansancio de estar sentada durante tantas horas y echó un vistazo a través de los visillos a una aurora sanguinolenta cuajada de nubes deshilachadas que se movían por el efecto del viento. Una luz lejana delataba la presencia de algún vecino madrugador o de un noctámbulo que volvía, una vez acabada la fiesta.
A finales del verano decidió cambiar de ciudad, agobiada por la estresante vida que le robaba la posibilidad de desarrollarse como persona, convirtiéndola en una autómata dirigida por una mano invisible que controlaba todos sus movimientos. Hastiada del ritmo frenético, de la polución y de un trabajo que iba degenerando cada vez más hacia la esclavitud, contó sus ahorros y tomó un tren hacia el norte, con la intención de vivir de las rentas, mientras cumplía su sueño de escribir un libro.
No tener familia ayudaba bastante a desligarse de las ataduras y saltar al vacío en busca de un destino realmente incierto, además de aportar la sensación de que todo sería mucho más fácil, al no dejar a nadie atrás.
Su última aventura amorosa había terminado de mala manera y reafirmado en ella la idea de que los hombres de su edad no entendían, ni querían entender, de igualdad entre los sexos.
Él era un catedrático de universidad, dedicado además de a la docencia, a dar prestigiosas conferencias a lo largo y ancho del mundo, sobre unos temas de física teórica, por lo visto importantes para los defensores del medio ambiente, pero absolutamente ininteligibles para la gente de a pie, mucho más preocupada ahora por la economía, que por enrevesados supuestos, cuyos términos ni siquiera les sonaban por haberlos oído alguna vez.
Al final, venció la insalvable separación entre ciencia y humanismo, ayudada también por la dejación absoluta que en materias domésticas tenía el genio ausente de la realidad, una vez que se le conocía en la convivencia.
Desde que había llegado aquí, ni una sola vez contactaron por teléfono, por lo que Julia dedujo que habría sido rápida su sustitución, seguramente por alguna de aquellas alumnas que revoloteaban obnubiladas a su alrededor, deseosas de que él les dedicara algo más que palabras. Así que asumió que el adiós era para siempre y empezó a descubrir la vida del entorno, que no era otra que la rutina de un barrio pequeño, donde no faltaba ninguno de los personajes típicos de esas historias que cuentan los grandes escritores, cuando se trasladan a su infancia.
Sin embargo, había crecido en ella la sensación de haberse desligado totalmente de su mundo anterior al comprobar que la solidez de sus amistades se había resquebrajado demasiado pronto. Al principio, todos le preguntaban si le iba bien y qué tal se desenvolvía en su nuevo destino, cómo llevaba el libro, si había conocido a alguien interesante o incluso si se había permitido aventuras de una noche con algún guapo galán solitario con el que hubiera contactado por casualidad.
Pero después, cada cuál volvió a sus obligaciones y Julia empezó a ser para ellos un recuerdo, alguien que una vez pasó por su lado y se marchó para no volver, entrando a formar parte del olvido.
No obstante, disponer de todas las horas a merced de la voluntad, le descubrió una libertad de acción inusitada y una forma de administrar el tiempo, lejana para la mayoría de los mortales. Así que se deshizo de la rutina establecida durante largos años de dependencia y lo mismo desayunaba de madrugada, que dormía plácidamente durante toda la tarde para levantarse con el silencio de la recién iniciada noche, para escribir.
Su libro era un relato de experiencias acumuladas durante más de cuarenta años y no tenía otra pretensión más que la de demostrarse a sí misma su capacidad para la literatura y superar el reto de conseguir un sueño dormido de juventud.
Pero es verdad que esta afición puesta ahora en práctica, había transformado su esencia paulatinamente, aportándole como única preocupación, la fuerza necesaria para enfrentarse al papel en blanco en algún momento del día. El resto del tiempo, respiraba para abrazar esa felicidad y las cosas que hasta entonces habían sido verdaderamente importantes, habían dejado de existir para hacer hueco únicamente al deseo apremiante y arrebatador de unir palabras para ir moldeando una historia.
Había ratos en que la realidad se confundía con el relato entrelazándose peligrosamente hasta hacerse uno sólo, e incluso había comenzado a dirigirse en voz alta a los personajes creados haciéndolos suyos, sufriendo por ellos y permitiéndoles cambiar el rumbo de sus destinos a merced de las necesidades que iban surgiendo, con un poder sobre su mente creadora, mucho mayor que cualquier fuerza conocida, humana o sobrenatural.
Así que llegó el momento en que toda la cordura de su cultura aprendida fue sustituida por una curiosidad incontrolable por saber lo que ocurriría en la siguiente página que saliera de sus manos y la relación con aquellos habitantes del papel, se hizo familiar y cercana, hasta el punto de llegar a consultarles cosas tan simples como qué comprar para la cena o si debía o no acudir al médico cuando se encontraba enferma.
A veces le inquietaba qué haría cuando por fin el libro estuviera terminado y entonces empezaba a padecer un principio de duelo, sintiendo su ficticia pérdida y consolándose con el recuerdo fresco de los instantes vividos en compañía de aquellos seres de ficción.
Pero enseguida se reponía del trance y volvía a introducirse en la trama imaginando nuevas situaciones para continuar la novela e incluso había traído hasta su presente actual la acción y los protagonistas vestían la ropa de moda, compraban en las mismas tiendas que ella e iban a la par con el calendario dedicándose a una rutina similar a la suya, aunque aderezada con pinceladas de la natural emoción que agiliza un relato nacido de la imaginación de cualquier escritor que se precie.
Había puesto a cada uno un rostro con el que llegaba a soñar en las horas de reposo y en muchas ocasiones trasladaba esos sueños al papel, dando tintes de un surrealismo onírico a la trama, que la acercaban a la perfección de los literatos experimentados en sus obras maestras.
Su mundo virtual había sin embargo agrandado la pequeñez real del entorno hasta convertirla en un horizonte ilimitado de deseos, realizables sólo a merced de la voluntad que pusiera en desarrollar las acciones y el ahínco que empleara en llevarlas a puerto.
Aquel día también era Navidad en el libro. Julia empezó por levantar de la cama al amante perfecto y en tomar una ducha con él antes de salir a pasear por las calles de una ciudad de rascacielos, en la que las luces centelleaban construyendo efímeras estrellas de neón y en las que el sonido de las canciones dulzonas escritas para este fin, inundaban las aceras plagadas de una nieve menuda.
Compró el vestido más hermoso para una jornada perfecta. Rojo carmesí, con un enorme lazo apoyado en el único hombro que ocultaba y unos vertiginosos tacones a juego que dejaban al descubierto sus dedos pequeños y blancos. Una mirada de admiración iluminó el rostro del amante, que asintió con la cabeza, contento por la elección.
Hizo también una descripción detallada de la pobreza que se desparramaba por las aceras de la urbe, rogando a los afortunados compradores un poco de ayuda para acercarse, aunque sólo fuera una noche, al mundo deslumbrante de la felicidad. Pero ella y sus protagonistas no eran de esa clase, sino de la que pasa de largo ignorando a los desfavorecidos por la fortuna, amagando un gesto de superioridad que les asegura un sitio preferente en la época que les toca vivir.
A media mañana habían llegado las compras del supermercado y el horno ya estaba caliente para dejar entrar a los suculentos manjares pensados para la cena. El amante, vestido con un delantal, llenaba bandejas de canapés preparados con mil fruslerías, todas ellas apetecibles.
No paraba de sonar el teléfono confirmando asistencias a la fiesta. Julia se había inventado un padre rico y protector, una madre elegante e inteligente y dos hermanos que nunca tuvo, emparejados con mujeres un poco insoportables. Todos ellos tenían un sitio reservado en la mesa aquella noche, además de algunos íntimos inseparables, con los que solía mantener interesantes veladas plagadas de ágiles conversaciones y copas cargadas de alcohol.
A las tres de la tarde, se despertó sobre el ordenador rodeada de la luz sobrecogedora que preludiaba una tarde de prisas..
En pijama y aún sin asearse, sintió un leve mareo que la mantuvo durante un rato con los ojos fijos en el último párrafo escrito sin ser capaz de volver a escribir.
Al final arruinaré la cena-se dijo- y envió una jaqueca a su protagonista para meterse con ella en la cama.
Desasosegada por la premura de tiempo, apenas fue capaz de conciliar unos escasos minutos de sueño y corrió hasta el teclado para empezar sobre él a supervisar la colocación de la mesa.
Un viento helado se coló imprudente por la ventana del salón y sacudió con un escalofrío sus muslos al descubierto, pero sus manos no eran capaces de detener la minuciosa descripción de la decoración ampulosa de la casa, ni los besos robados que el amante deslizaba fogosamente por la nuca de su personaje y movida,quizás, por la mala sensación que recorría su cuerpo, vio con cierto estupor como la mujer lo rechazaba, inmersa en la vorágine de los preámbulos de la fiesta.
Después, sin mediar palabra, se vistieron los dos en medio de un cortante silencio que contradijo toda la previsión que sobre el evento habían hecho durante los días anteriores, pero Julia enseguida encauzó la situación analizando los pensamientos de cada cual y decidiendo que la educación que había dado a sus personajes sabrían simular armonía si, llegado el momento, no habían solucionado sus diferencias.
Al final cerró la ventana y se fumó lentamente un cigarrillo mientras sonreía por la ilusión de volver a ver a los suyos.
Un primer punto de penumbra asomó tras los tejados de los edificios como un anuncio de la tranquila oscuridad de su noche perfecta. Desdeñó cualquier signo de sensiblería que pudiera torcer su intención de celebrar la navidad con los protagonistas de su historia y dio dos sorbos a la primera botella que cogió del mueble bar, cerrando los ojos a cualquier otra cosa que viniera de fuera.
La pantalla iluminada, la llamó con la voz dulce y conocida de las musas, atrayéndola hasta sí con la fuerza virulenta de un huracán desmedido. Y ella se abandonó al eco que elegía entre todos los demás, su nombre.
Papá y mamá llegaron sobre las siete y media. Los abrazó de un modo especial porque no les veía desde hacía meses y porque el recuerdo de sus progenitores auténticos empezaba a desvanecerse tras su pérdida. Se entretuvo incluso, en acariciarlos con mansedumbre mientras les dedicaba toda una gama de adjetivos generosos y estudió minuciosamente sus facciones para preservarlas de un futuro olvido, cuando ya no estuvieran. La charla se hizo agradable, cercana y desinhibida, hasta el punto de conseguir paliar el regusto amargo que en los amantes había dejado la discusión por la tarde.
Los hermanos y amigos se fueron uniendo gradualmente a la fiesta, engalanados con una gama multicolor de tejidos rimbombantes satinados por toda una suerte de brillos eléctricos que convertían la habitación en una especie de árbol de navidad decorado por figuras humanas. A todos ellos dio Julia una personalidad contundente, marcando las diferencias naturales que se dan en los grupos familiares, con sus grandezas y sus miserias.
Y allí estaba ella. Con su vestido rojo, era la anfitriona perfecta. Recibiendo las felicitaciones y el amor de todos los presentes, única por primera vez, soberana de un reino construido tan solo con simples palabras.
Le asaltó de repente el recuerdo insolente de las últimas navidades vividas. Esperando hasta más de las doce al inminente profesor en el salón del pequeño apartamento, con la mesa puesta para dos y las velas casi derretidas ahogando con chorros de cera la base de los platos. Con el caldo pasado de calentarlo una y otra vez durante las horas de incertidumbre…y su llegada.Harto de copas, casi sin ser capaz de articular palabra. Acompañarle a la habitación, desvestirle, echarle en la cama casi inerte y volver a mirar los platos cuidadosamente colocados, con las copas a juego y las flores ya casi marchitas reflejando la muerte anunciada de su patética historia de amor.
Pero ya nada de eso importaba. La distancia había obrado su efecto milagroso y Julia era ahora la mujer del vestido rojo a la que todo el mundo quería, la diosa pagana y libre que protagonizaba una vida meticulosamente alejada de cualquier fracaso, inventada exclusivamente por ella y para ella, donde ya no cabía esperar imprevistos que demolieran los sueños, ni presencias inoportunas que tiñeran de violencia la paz del hogar.
Aquella noche, estaba desatando los instintos que había reprimido por las imposiciones legales que le imponía la sociedad que la rodeaba. Se había desecho, sin lamentarlo, de toda la carga emotiva que se interponía entre ella y la felicidad. Ya no importaba siquiera si era verdad o no lo que estaba viviendo.
Despidió a la familia en la puerta, con la mejor de sus sonrisas. Tras cerrarla, se quitó los zapatos y se miró al espejo que colgaba armoniosamente sobre el pequeño mueble de la entrada. Nunca había estado tan radiante.
Sintió como la adrenalina se colaba por los dedos de los pies a raudales, inyectando una savia renovadora que subió por las piernas y se asentó en el pecho proporcionándole una calma desconocida que se mezcló con los latidos de su corazón.
Un punto de luz blanca cruzó la habitación instalándose sobre su frente dando una luminosidad a su rostro que de pronto borró las huellas de su pasado turbulento.
Julia había superado el reto de sus primeras navidades en soledad. Ahora tenía toda la vida por delante para reescribir su novela.
Quisiera desear a mis lectores, con este cuento, felicidad para afrontar el año futuro y esperanza para creer que a pesar de todo, los sueños también son posibles. Gracias por la fidelidad que me demuestran, leyéndome a diario.
Se desperezó vencida por el cansancio de estar sentada durante tantas horas y echó un vistazo a través de los visillos a una aurora sanguinolenta cuajada de nubes deshilachadas que se movían por el efecto del viento. Una luz lejana delataba la presencia de algún vecino madrugador o de un noctámbulo que volvía, una vez acabada la fiesta.
A finales del verano decidió cambiar de ciudad, agobiada por la estresante vida que le robaba la posibilidad de desarrollarse como persona, convirtiéndola en una autómata dirigida por una mano invisible que controlaba todos sus movimientos. Hastiada del ritmo frenético, de la polución y de un trabajo que iba degenerando cada vez más hacia la esclavitud, contó sus ahorros y tomó un tren hacia el norte, con la intención de vivir de las rentas, mientras cumplía su sueño de escribir un libro.
No tener familia ayudaba bastante a desligarse de las ataduras y saltar al vacío en busca de un destino realmente incierto, además de aportar la sensación de que todo sería mucho más fácil, al no dejar a nadie atrás.
Su última aventura amorosa había terminado de mala manera y reafirmado en ella la idea de que los hombres de su edad no entendían, ni querían entender, de igualdad entre los sexos.
Él era un catedrático de universidad, dedicado además de a la docencia, a dar prestigiosas conferencias a lo largo y ancho del mundo, sobre unos temas de física teórica, por lo visto importantes para los defensores del medio ambiente, pero absolutamente ininteligibles para la gente de a pie, mucho más preocupada ahora por la economía, que por enrevesados supuestos, cuyos términos ni siquiera les sonaban por haberlos oído alguna vez.
Al final, venció la insalvable separación entre ciencia y humanismo, ayudada también por la dejación absoluta que en materias domésticas tenía el genio ausente de la realidad, una vez que se le conocía en la convivencia.
Desde que había llegado aquí, ni una sola vez contactaron por teléfono, por lo que Julia dedujo que habría sido rápida su sustitución, seguramente por alguna de aquellas alumnas que revoloteaban obnubiladas a su alrededor, deseosas de que él les dedicara algo más que palabras. Así que asumió que el adiós era para siempre y empezó a descubrir la vida del entorno, que no era otra que la rutina de un barrio pequeño, donde no faltaba ninguno de los personajes típicos de esas historias que cuentan los grandes escritores, cuando se trasladan a su infancia.
Sin embargo, había crecido en ella la sensación de haberse desligado totalmente de su mundo anterior al comprobar que la solidez de sus amistades se había resquebrajado demasiado pronto. Al principio, todos le preguntaban si le iba bien y qué tal se desenvolvía en su nuevo destino, cómo llevaba el libro, si había conocido a alguien interesante o incluso si se había permitido aventuras de una noche con algún guapo galán solitario con el que hubiera contactado por casualidad.
Pero después, cada cuál volvió a sus obligaciones y Julia empezó a ser para ellos un recuerdo, alguien que una vez pasó por su lado y se marchó para no volver, entrando a formar parte del olvido.
No obstante, disponer de todas las horas a merced de la voluntad, le descubrió una libertad de acción inusitada y una forma de administrar el tiempo, lejana para la mayoría de los mortales. Así que se deshizo de la rutina establecida durante largos años de dependencia y lo mismo desayunaba de madrugada, que dormía plácidamente durante toda la tarde para levantarse con el silencio de la recién iniciada noche, para escribir.
Su libro era un relato de experiencias acumuladas durante más de cuarenta años y no tenía otra pretensión más que la de demostrarse a sí misma su capacidad para la literatura y superar el reto de conseguir un sueño dormido de juventud.
Pero es verdad que esta afición puesta ahora en práctica, había transformado su esencia paulatinamente, aportándole como única preocupación, la fuerza necesaria para enfrentarse al papel en blanco en algún momento del día. El resto del tiempo, respiraba para abrazar esa felicidad y las cosas que hasta entonces habían sido verdaderamente importantes, habían dejado de existir para hacer hueco únicamente al deseo apremiante y arrebatador de unir palabras para ir moldeando una historia.
Había ratos en que la realidad se confundía con el relato entrelazándose peligrosamente hasta hacerse uno sólo, e incluso había comenzado a dirigirse en voz alta a los personajes creados haciéndolos suyos, sufriendo por ellos y permitiéndoles cambiar el rumbo de sus destinos a merced de las necesidades que iban surgiendo, con un poder sobre su mente creadora, mucho mayor que cualquier fuerza conocida, humana o sobrenatural.
Así que llegó el momento en que toda la cordura de su cultura aprendida fue sustituida por una curiosidad incontrolable por saber lo que ocurriría en la siguiente página que saliera de sus manos y la relación con aquellos habitantes del papel, se hizo familiar y cercana, hasta el punto de llegar a consultarles cosas tan simples como qué comprar para la cena o si debía o no acudir al médico cuando se encontraba enferma.
A veces le inquietaba qué haría cuando por fin el libro estuviera terminado y entonces empezaba a padecer un principio de duelo, sintiendo su ficticia pérdida y consolándose con el recuerdo fresco de los instantes vividos en compañía de aquellos seres de ficción.
Pero enseguida se reponía del trance y volvía a introducirse en la trama imaginando nuevas situaciones para continuar la novela e incluso había traído hasta su presente actual la acción y los protagonistas vestían la ropa de moda, compraban en las mismas tiendas que ella e iban a la par con el calendario dedicándose a una rutina similar a la suya, aunque aderezada con pinceladas de la natural emoción que agiliza un relato nacido de la imaginación de cualquier escritor que se precie.
Había puesto a cada uno un rostro con el que llegaba a soñar en las horas de reposo y en muchas ocasiones trasladaba esos sueños al papel, dando tintes de un surrealismo onírico a la trama, que la acercaban a la perfección de los literatos experimentados en sus obras maestras.
Su mundo virtual había sin embargo agrandado la pequeñez real del entorno hasta convertirla en un horizonte ilimitado de deseos, realizables sólo a merced de la voluntad que pusiera en desarrollar las acciones y el ahínco que empleara en llevarlas a puerto.
Aquel día también era Navidad en el libro. Julia empezó por levantar de la cama al amante perfecto y en tomar una ducha con él antes de salir a pasear por las calles de una ciudad de rascacielos, en la que las luces centelleaban construyendo efímeras estrellas de neón y en las que el sonido de las canciones dulzonas escritas para este fin, inundaban las aceras plagadas de una nieve menuda.
Compró el vestido más hermoso para una jornada perfecta. Rojo carmesí, con un enorme lazo apoyado en el único hombro que ocultaba y unos vertiginosos tacones a juego que dejaban al descubierto sus dedos pequeños y blancos. Una mirada de admiración iluminó el rostro del amante, que asintió con la cabeza, contento por la elección.
Hizo también una descripción detallada de la pobreza que se desparramaba por las aceras de la urbe, rogando a los afortunados compradores un poco de ayuda para acercarse, aunque sólo fuera una noche, al mundo deslumbrante de la felicidad. Pero ella y sus protagonistas no eran de esa clase, sino de la que pasa de largo ignorando a los desfavorecidos por la fortuna, amagando un gesto de superioridad que les asegura un sitio preferente en la época que les toca vivir.
A media mañana habían llegado las compras del supermercado y el horno ya estaba caliente para dejar entrar a los suculentos manjares pensados para la cena. El amante, vestido con un delantal, llenaba bandejas de canapés preparados con mil fruslerías, todas ellas apetecibles.
No paraba de sonar el teléfono confirmando asistencias a la fiesta. Julia se había inventado un padre rico y protector, una madre elegante e inteligente y dos hermanos que nunca tuvo, emparejados con mujeres un poco insoportables. Todos ellos tenían un sitio reservado en la mesa aquella noche, además de algunos íntimos inseparables, con los que solía mantener interesantes veladas plagadas de ágiles conversaciones y copas cargadas de alcohol.
A las tres de la tarde, se despertó sobre el ordenador rodeada de la luz sobrecogedora que preludiaba una tarde de prisas..
En pijama y aún sin asearse, sintió un leve mareo que la mantuvo durante un rato con los ojos fijos en el último párrafo escrito sin ser capaz de volver a escribir.
Al final arruinaré la cena-se dijo- y envió una jaqueca a su protagonista para meterse con ella en la cama.
Desasosegada por la premura de tiempo, apenas fue capaz de conciliar unos escasos minutos de sueño y corrió hasta el teclado para empezar sobre él a supervisar la colocación de la mesa.
Un viento helado se coló imprudente por la ventana del salón y sacudió con un escalofrío sus muslos al descubierto, pero sus manos no eran capaces de detener la minuciosa descripción de la decoración ampulosa de la casa, ni los besos robados que el amante deslizaba fogosamente por la nuca de su personaje y movida,quizás, por la mala sensación que recorría su cuerpo, vio con cierto estupor como la mujer lo rechazaba, inmersa en la vorágine de los preámbulos de la fiesta.
Después, sin mediar palabra, se vistieron los dos en medio de un cortante silencio que contradijo toda la previsión que sobre el evento habían hecho durante los días anteriores, pero Julia enseguida encauzó la situación analizando los pensamientos de cada cual y decidiendo que la educación que había dado a sus personajes sabrían simular armonía si, llegado el momento, no habían solucionado sus diferencias.
Al final cerró la ventana y se fumó lentamente un cigarrillo mientras sonreía por la ilusión de volver a ver a los suyos.
Un primer punto de penumbra asomó tras los tejados de los edificios como un anuncio de la tranquila oscuridad de su noche perfecta. Desdeñó cualquier signo de sensiblería que pudiera torcer su intención de celebrar la navidad con los protagonistas de su historia y dio dos sorbos a la primera botella que cogió del mueble bar, cerrando los ojos a cualquier otra cosa que viniera de fuera.
La pantalla iluminada, la llamó con la voz dulce y conocida de las musas, atrayéndola hasta sí con la fuerza virulenta de un huracán desmedido. Y ella se abandonó al eco que elegía entre todos los demás, su nombre.
Papá y mamá llegaron sobre las siete y media. Los abrazó de un modo especial porque no les veía desde hacía meses y porque el recuerdo de sus progenitores auténticos empezaba a desvanecerse tras su pérdida. Se entretuvo incluso, en acariciarlos con mansedumbre mientras les dedicaba toda una gama de adjetivos generosos y estudió minuciosamente sus facciones para preservarlas de un futuro olvido, cuando ya no estuvieran. La charla se hizo agradable, cercana y desinhibida, hasta el punto de conseguir paliar el regusto amargo que en los amantes había dejado la discusión por la tarde.
Los hermanos y amigos se fueron uniendo gradualmente a la fiesta, engalanados con una gama multicolor de tejidos rimbombantes satinados por toda una suerte de brillos eléctricos que convertían la habitación en una especie de árbol de navidad decorado por figuras humanas. A todos ellos dio Julia una personalidad contundente, marcando las diferencias naturales que se dan en los grupos familiares, con sus grandezas y sus miserias.
Y allí estaba ella. Con su vestido rojo, era la anfitriona perfecta. Recibiendo las felicitaciones y el amor de todos los presentes, única por primera vez, soberana de un reino construido tan solo con simples palabras.
Le asaltó de repente el recuerdo insolente de las últimas navidades vividas. Esperando hasta más de las doce al inminente profesor en el salón del pequeño apartamento, con la mesa puesta para dos y las velas casi derretidas ahogando con chorros de cera la base de los platos. Con el caldo pasado de calentarlo una y otra vez durante las horas de incertidumbre…y su llegada.Harto de copas, casi sin ser capaz de articular palabra. Acompañarle a la habitación, desvestirle, echarle en la cama casi inerte y volver a mirar los platos cuidadosamente colocados, con las copas a juego y las flores ya casi marchitas reflejando la muerte anunciada de su patética historia de amor.
Pero ya nada de eso importaba. La distancia había obrado su efecto milagroso y Julia era ahora la mujer del vestido rojo a la que todo el mundo quería, la diosa pagana y libre que protagonizaba una vida meticulosamente alejada de cualquier fracaso, inventada exclusivamente por ella y para ella, donde ya no cabía esperar imprevistos que demolieran los sueños, ni presencias inoportunas que tiñeran de violencia la paz del hogar.
Aquella noche, estaba desatando los instintos que había reprimido por las imposiciones legales que le imponía la sociedad que la rodeaba. Se había desecho, sin lamentarlo, de toda la carga emotiva que se interponía entre ella y la felicidad. Ya no importaba siquiera si era verdad o no lo que estaba viviendo.
Despidió a la familia en la puerta, con la mejor de sus sonrisas. Tras cerrarla, se quitó los zapatos y se miró al espejo que colgaba armoniosamente sobre el pequeño mueble de la entrada. Nunca había estado tan radiante.
Sintió como la adrenalina se colaba por los dedos de los pies a raudales, inyectando una savia renovadora que subió por las piernas y se asentó en el pecho proporcionándole una calma desconocida que se mezcló con los latidos de su corazón.
Un punto de luz blanca cruzó la habitación instalándose sobre su frente dando una luminosidad a su rostro que de pronto borró las huellas de su pasado turbulento.
Julia había superado el reto de sus primeras navidades en soledad. Ahora tenía toda la vida por delante para reescribir su novela.
Quisiera desear a mis lectores, con este cuento, felicidad para afrontar el año futuro y esperanza para creer que a pesar de todo, los sueños también son posibles. Gracias por la fidelidad que me demuestran, leyéndome a diario.

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