La varita mágica con la que Rajoy anunciaba, en su campaña electoral, una salida para la crisis, se está empezando a derretir dejando al descubierto quiénes serán los que pagarán los excesos de la especulación de la Banca.
La vileza de congelar el salario mínimo interprofesional, uno de los más bajos de Europa, constituye un ataque directo contra los más desfavorecidos y agrava su ya difícil situación para hacer frente a los gastos que se precisan, para cubrir las necesidades primarias.
Precisamente el mismo día en que conocemos la partida destinada a sufragar los gastos de la familia Real, realmente muy por encima de los que cualquier español medio podría obtener con duras horas de trabajo, se anticipa la intención de esta medida, que atenta contra las clases humildes, favoreciendo de nuevo los intereses de un tipo de empresarios sin escrúpulos, nada interesados en encontrar un camino para salir del atolladero en que estamos metidos y que buscan ahora, en la figura del líder de la derecha, un apoyo total para canalizar su avidez de obtener beneficios, sin ofrecer prestaciones a cambio.
Naturalmente, la congelación del salario mínimo no es más que la antesala de la instauración de los mini empleos de cuatrocientos euros, sugeridos por Europa, y que acabarán por aceptar los desempleados de larga duración, si se les aprietan convenientemente las tuercas, acabando de esta manera con la estabilidad del mercado laboral español y estableciendo un abismo entre clases, desconocido para los ciudadanos de nuestro país, desde hace por lo menos, cincuenta años.
Estamos asistiendo, por capítulos, a un desmoronamiento progresivo de la ilusión creada en las clases medias durante los años de bienestar, que alimentaba la idea ficticia de acercarse a la riqueza y que ha desembocado finalmente, por la sórdida actitud de los que manejan el dinero en el mundo, en una situación de amargura extrema, que escenifica el abandono real en que nos encontramos los que basamos nuestra vida en el esfuerzo de nuestro trabajo.
Se ha convertido en cotidiano el hecho de ver cómo las empresas se deshacen de los trabajadores más antiguos para, sin que ninguna institución se atreva a remediarlo, nutrirse de nuevo personal al que obligan a firmar contratos basura, bajo la obligación de aceptar horarios maratonianos y al que poder despedir sin costo alguno, con la aquiescencia del nuevo gobierno conservador.
Nada esperamos ya los trabajadores de las negociaciones que puedan llevar a cabo nuestros subvencionados Sindicatos, que en lugar de establecer medidas drásticas de lucha que contrarresten las aspiraciones a la asiática de la patronal, no hacen otra cosa que admitir cada vez más recortes, con tal de no perder la situación de privilegio en que se encuentran los que tienen la suerte de ocupar, en sus filas, un puesto de liberado, que les coloca en el bando de los que no han de vérselas con las largas colas del INEM.
Lo peor es que el hambre empieza a anestesiar las ideologías, con su sombra implacable, y que para los que rozan el umbral de la más absoluta pobreza, el caramelo envenenado de un contrato, de la clase que sea, se convierte en un pequeño sostén, que palia en cierto modo su situación de miseria.
Aterrorizada por la perspectiva de fatalidad que extienden nuestros políticos en sus discursos, la población se está dejando llevar como un rebaño, a las puertas de un matadero que terminará por aniquilar sus derechos, colocándola en peor posición, incluso, que la de los obreros de siglos atrás, cuando eran esclavizados en las fábricas de los abuelos de estos magnates de ahora.
Y sin embargo, si no somos capaces de alzar la cabeza en defensa de nuestra dignidad, y aceptamos cualquier condición impuesta que convierta nuestras vidas en un infierno sin retorno, el espíritu de lucha que nos había colocado en una situación de igualdad, al entablar negociaciones con los dueños del capital, habrá muerto.
Ya ni siquiera importa formar parte de una sociedad civilizada, ni poseer ciertas dosis de cultura o educación, o que nos gobierne una supuesta democracia. El fantasma del capital, amenazándonos con sus garras, del modo más sibilino conocido hasta ahora en la historia, nos amordaza consiguiendo vencernos y no hacemos nada por evitarlo.
No se debe esperar más. Es indispensable hacer saber al gobierno Rajoy nuestro descontento con estas medidas que atentan directamente contra la médula espinal del pueblo y hacerlo, de una manera sonora y contundente, sin contar con la pantomima sindical que nos ofrece el panorama desolador de la desesperanza que nos hace llegar lo que vemos.
Debemos convencernos de que nuestra soledad termina en cuanto nos acompañan los demás y apoyarnos los unos en los otros para encontrar la fuerza. Es cuanto nos queda para seguir andando.
La vileza de congelar el salario mínimo interprofesional, uno de los más bajos de Europa, constituye un ataque directo contra los más desfavorecidos y agrava su ya difícil situación para hacer frente a los gastos que se precisan, para cubrir las necesidades primarias.
Precisamente el mismo día en que conocemos la partida destinada a sufragar los gastos de la familia Real, realmente muy por encima de los que cualquier español medio podría obtener con duras horas de trabajo, se anticipa la intención de esta medida, que atenta contra las clases humildes, favoreciendo de nuevo los intereses de un tipo de empresarios sin escrúpulos, nada interesados en encontrar un camino para salir del atolladero en que estamos metidos y que buscan ahora, en la figura del líder de la derecha, un apoyo total para canalizar su avidez de obtener beneficios, sin ofrecer prestaciones a cambio.
Naturalmente, la congelación del salario mínimo no es más que la antesala de la instauración de los mini empleos de cuatrocientos euros, sugeridos por Europa, y que acabarán por aceptar los desempleados de larga duración, si se les aprietan convenientemente las tuercas, acabando de esta manera con la estabilidad del mercado laboral español y estableciendo un abismo entre clases, desconocido para los ciudadanos de nuestro país, desde hace por lo menos, cincuenta años.
Estamos asistiendo, por capítulos, a un desmoronamiento progresivo de la ilusión creada en las clases medias durante los años de bienestar, que alimentaba la idea ficticia de acercarse a la riqueza y que ha desembocado finalmente, por la sórdida actitud de los que manejan el dinero en el mundo, en una situación de amargura extrema, que escenifica el abandono real en que nos encontramos los que basamos nuestra vida en el esfuerzo de nuestro trabajo.
Se ha convertido en cotidiano el hecho de ver cómo las empresas se deshacen de los trabajadores más antiguos para, sin que ninguna institución se atreva a remediarlo, nutrirse de nuevo personal al que obligan a firmar contratos basura, bajo la obligación de aceptar horarios maratonianos y al que poder despedir sin costo alguno, con la aquiescencia del nuevo gobierno conservador.
Nada esperamos ya los trabajadores de las negociaciones que puedan llevar a cabo nuestros subvencionados Sindicatos, que en lugar de establecer medidas drásticas de lucha que contrarresten las aspiraciones a la asiática de la patronal, no hacen otra cosa que admitir cada vez más recortes, con tal de no perder la situación de privilegio en que se encuentran los que tienen la suerte de ocupar, en sus filas, un puesto de liberado, que les coloca en el bando de los que no han de vérselas con las largas colas del INEM.
Lo peor es que el hambre empieza a anestesiar las ideologías, con su sombra implacable, y que para los que rozan el umbral de la más absoluta pobreza, el caramelo envenenado de un contrato, de la clase que sea, se convierte en un pequeño sostén, que palia en cierto modo su situación de miseria.
Aterrorizada por la perspectiva de fatalidad que extienden nuestros políticos en sus discursos, la población se está dejando llevar como un rebaño, a las puertas de un matadero que terminará por aniquilar sus derechos, colocándola en peor posición, incluso, que la de los obreros de siglos atrás, cuando eran esclavizados en las fábricas de los abuelos de estos magnates de ahora.
Y sin embargo, si no somos capaces de alzar la cabeza en defensa de nuestra dignidad, y aceptamos cualquier condición impuesta que convierta nuestras vidas en un infierno sin retorno, el espíritu de lucha que nos había colocado en una situación de igualdad, al entablar negociaciones con los dueños del capital, habrá muerto.
Ya ni siquiera importa formar parte de una sociedad civilizada, ni poseer ciertas dosis de cultura o educación, o que nos gobierne una supuesta democracia. El fantasma del capital, amenazándonos con sus garras, del modo más sibilino conocido hasta ahora en la historia, nos amordaza consiguiendo vencernos y no hacemos nada por evitarlo.
No se debe esperar más. Es indispensable hacer saber al gobierno Rajoy nuestro descontento con estas medidas que atentan directamente contra la médula espinal del pueblo y hacerlo, de una manera sonora y contundente, sin contar con la pantomima sindical que nos ofrece el panorama desolador de la desesperanza que nos hace llegar lo que vemos.
Debemos convencernos de que nuestra soledad termina en cuanto nos acompañan los demás y apoyarnos los unos en los otros para encontrar la fuerza. Es cuanto nos queda para seguir andando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario