Las circunstancias personales que han llevado a Rajoy al poder han sido tan truculentas, en el seno de su propio partido, que probablemente no le han dejado otra salida que fraguar una sutil venganza contra el núcleo duro que ha tratado continuamente de desbancarle.
La lista ministerial que nos ofrece es más un club de amigos de cuyas lealtades no se puede dudar, que un gabinete de choque contra la dura crisis que azota al país y cuya resolución ha prometido por activa y por pasiva, el recién estrenado presidente.
Se ha librado de un plumazo de gente como Mayor Oreja y Esperanza Aguirre, que constituían para él un permanente azote despiadado, pero puede que falto de otros nombres, ha colocado en puestos decisivos a personajes de dudosa valía y extraña procedencia.
El ministro de economía viene directamente, por ejemplo, de uno de los bancos causantes de la crisis actual y su único aval es el estrepitoso fracaso obtenido por la entidad a la que pertenecía, así que difícilmente encontrará un camino a seguir para librarnos del atolladero en que nos hallamos envueltos y hasta es probable, que sus gestiones tengan cierta similitud con las llevadas a cabo por las entidades que otorgaron hipotecas basura en Estados Unidos y que han puesto al mundo, al borde de la bancarrota.
La incansable Soraya se encuentra ahora con una dosis excesiva de poder, como pago a sus años de fidelidad para con su líder y el titular de educación está recién salido de cualquiera de los debates televisivos en los que se ha dedicado a participar, por cierto, con posiciones más bien cercanas a esa derecha recalcitrante que mira con superioridad a la gente de izquierdas, de la que parece mofarse de forma continua.
La herencia aznarista, personificada en Ana Pastor y Miguel Arias Cañete, persigue a Rajoy como una sombra de la que es imposible zafarse y a la señora Mato aún la acompañan los ecos del estupendo descapotable que la trama Gurtel regaló a su ex marido, a cambio de los favores otorgados y de la que ella trató inútilmente de desligarse.
Al fin alcanza Ruíz Gallardón un buen sitio en el que poder demostrar sus dotes de diplomacia y caballerosidad, lejos del acecho de los populares de Madrid y de las garras siniestras del líder de la radio de la derecha y aunque su marcha deja el Ayuntamiento en manos de la esposa del ex presidente, se nota que respira aliviado por el peso que acaba de quitarse de encima.
Queda, eso si, la capital en manos de dos mujeres cuya ideología se halla más cerca de cierta entidad religiosa que de ninguna corriente política, en detrimento de aquellos madrileños a los que les pareció que el PP se encontraba en una postura ciertamente centrista, pero a veces, poder mirar los acontecimientos sin velos que oculten su intencionalidad, es bueno para descubrir dónde está cada cuál y poder decidir, en un futuro, si se quiere repetir o no la intención de voto.
Borracho aún, por el dulce sabor del triunfo, Rajoy está como pez en el agua rodeado de un grupo de amigos personales que harán lo que puedan porque su proyecto, mejor o peor, nada tenga que temer de los más cercanos, dándole al menos un respiro para que empiece a ser él mismo.
Las crónicas que se escriban de aquí en adelante dependerán pues, únicamente de sus acciones y las de su equipo. Ya no estarán ni Zapatero, ni los verdugos de su casa, para echarles la culpa de nada.
La lista ministerial que nos ofrece es más un club de amigos de cuyas lealtades no se puede dudar, que un gabinete de choque contra la dura crisis que azota al país y cuya resolución ha prometido por activa y por pasiva, el recién estrenado presidente.
Se ha librado de un plumazo de gente como Mayor Oreja y Esperanza Aguirre, que constituían para él un permanente azote despiadado, pero puede que falto de otros nombres, ha colocado en puestos decisivos a personajes de dudosa valía y extraña procedencia.
El ministro de economía viene directamente, por ejemplo, de uno de los bancos causantes de la crisis actual y su único aval es el estrepitoso fracaso obtenido por la entidad a la que pertenecía, así que difícilmente encontrará un camino a seguir para librarnos del atolladero en que nos hallamos envueltos y hasta es probable, que sus gestiones tengan cierta similitud con las llevadas a cabo por las entidades que otorgaron hipotecas basura en Estados Unidos y que han puesto al mundo, al borde de la bancarrota.
La incansable Soraya se encuentra ahora con una dosis excesiva de poder, como pago a sus años de fidelidad para con su líder y el titular de educación está recién salido de cualquiera de los debates televisivos en los que se ha dedicado a participar, por cierto, con posiciones más bien cercanas a esa derecha recalcitrante que mira con superioridad a la gente de izquierdas, de la que parece mofarse de forma continua.
La herencia aznarista, personificada en Ana Pastor y Miguel Arias Cañete, persigue a Rajoy como una sombra de la que es imposible zafarse y a la señora Mato aún la acompañan los ecos del estupendo descapotable que la trama Gurtel regaló a su ex marido, a cambio de los favores otorgados y de la que ella trató inútilmente de desligarse.
Al fin alcanza Ruíz Gallardón un buen sitio en el que poder demostrar sus dotes de diplomacia y caballerosidad, lejos del acecho de los populares de Madrid y de las garras siniestras del líder de la radio de la derecha y aunque su marcha deja el Ayuntamiento en manos de la esposa del ex presidente, se nota que respira aliviado por el peso que acaba de quitarse de encima.
Queda, eso si, la capital en manos de dos mujeres cuya ideología se halla más cerca de cierta entidad religiosa que de ninguna corriente política, en detrimento de aquellos madrileños a los que les pareció que el PP se encontraba en una postura ciertamente centrista, pero a veces, poder mirar los acontecimientos sin velos que oculten su intencionalidad, es bueno para descubrir dónde está cada cuál y poder decidir, en un futuro, si se quiere repetir o no la intención de voto.
Borracho aún, por el dulce sabor del triunfo, Rajoy está como pez en el agua rodeado de un grupo de amigos personales que harán lo que puedan porque su proyecto, mejor o peor, nada tenga que temer de los más cercanos, dándole al menos un respiro para que empiece a ser él mismo.
Las crónicas que se escriban de aquí en adelante dependerán pues, únicamente de sus acciones y las de su equipo. Ya no estarán ni Zapatero, ni los verdugos de su casa, para echarles la culpa de nada.

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