La sacudida de violencia que azota Inglaterra y que parece responder a las protestas juveniles contra el sistema económico, acaba de cruzar la peligrosísima línea de la razón, marcada por el Movimiento 15M español, para adentrarse en una espiral de consecuencias imprevisibles y que lleva el terror a las calles de las ciudades británicas, perdiendo cualquier atisbo de razón que pudiera alumbrar este pronunciamiento.
La quema de edificios y saqueos de comercios, la amenaza a los ciudadanos durante la noche, más recuerda a episodios protagonizados por las huestes del nazismo, que a la lícita lucha por los derechos de los humildes, que pretende cambiar el sistema existente, por otro más justo en el reparto de la justicia y la riqueza.
La violencia gratuita practicada anárquicamente al amparo de la nocturnidad y que trasmite un paisaje desolador, parecido a las secuelas de un bombardeo y sin explicación alguna, daña sensiblemente las pretensiones de las llamadas revoluciones ciudadanas y consiguen crear, con su dureza, una idea general contraria a la posibilidad de un avance en la consecución de metas, que da motivo a los gobiernos para reprimir cualquier acto que se produzca de ahora en adelante.
La contestación a reste tipo de acciones, por parte de los movimientos asamblearios europeos, debe ser inmediata y contundente. Conviene desligarse con prontitud de los violentos y hacer ver que el camino mayoritariamente elegido por las clases trabajadoras es absolutamente distinto al que tratan de trazar, con su barbarismo, los que asumen como suyos este tipo de actos terroristas, que no representan ningún bien para el resto de la población, sino que destruyen por medio de la fuerza, incluso los humildes negocios que regenta.
Nadie duda de que la indignación está alcanzando el techo permitido por la dignidad humana, ni que desde luego, este sistema aliena a las masas con su insufrible presión diaria y sus recortes sociales, que dejan en la indigencia a miles de familias, pero el espíritu del 15M es, claramente, pacifista y se basa en la unidad como medida de fuerza y en el diálogo como vehículo, para llegar a un entendimiento que nos permita remontar del bache en que nos ha sumido la clase política.
La sinrazón de destruir las ciudades y atacar directamente a sus habitantes o las posesiones de éstos, hace prácticamente imposible un acuerdo e incide en las heridas que padecemos, agrandando las preocupaciones que nos afligen, sin encontrar una solución práctica que nos saque de la miseria.
Si la violencia llegara a extenderse a otras ciudades europeas, pronto encontrarían los políticos un motivo de peso para prohibir cualquier manifestación de protesta en las calles y el camino recorrido hasta llegar aquí, sería un sacrificio inútil para los ciudadanos que lo iniciaron y que tanto apostaron porque su éxito fuera factible.
La quema de edificios y saqueos de comercios, la amenaza a los ciudadanos durante la noche, más recuerda a episodios protagonizados por las huestes del nazismo, que a la lícita lucha por los derechos de los humildes, que pretende cambiar el sistema existente, por otro más justo en el reparto de la justicia y la riqueza.
La violencia gratuita practicada anárquicamente al amparo de la nocturnidad y que trasmite un paisaje desolador, parecido a las secuelas de un bombardeo y sin explicación alguna, daña sensiblemente las pretensiones de las llamadas revoluciones ciudadanas y consiguen crear, con su dureza, una idea general contraria a la posibilidad de un avance en la consecución de metas, que da motivo a los gobiernos para reprimir cualquier acto que se produzca de ahora en adelante.
La contestación a reste tipo de acciones, por parte de los movimientos asamblearios europeos, debe ser inmediata y contundente. Conviene desligarse con prontitud de los violentos y hacer ver que el camino mayoritariamente elegido por las clases trabajadoras es absolutamente distinto al que tratan de trazar, con su barbarismo, los que asumen como suyos este tipo de actos terroristas, que no representan ningún bien para el resto de la población, sino que destruyen por medio de la fuerza, incluso los humildes negocios que regenta.
Nadie duda de que la indignación está alcanzando el techo permitido por la dignidad humana, ni que desde luego, este sistema aliena a las masas con su insufrible presión diaria y sus recortes sociales, que dejan en la indigencia a miles de familias, pero el espíritu del 15M es, claramente, pacifista y se basa en la unidad como medida de fuerza y en el diálogo como vehículo, para llegar a un entendimiento que nos permita remontar del bache en que nos ha sumido la clase política.
La sinrazón de destruir las ciudades y atacar directamente a sus habitantes o las posesiones de éstos, hace prácticamente imposible un acuerdo e incide en las heridas que padecemos, agrandando las preocupaciones que nos afligen, sin encontrar una solución práctica que nos saque de la miseria.
Si la violencia llegara a extenderse a otras ciudades europeas, pronto encontrarían los políticos un motivo de peso para prohibir cualquier manifestación de protesta en las calles y el camino recorrido hasta llegar aquí, sería un sacrificio inútil para los ciudadanos que lo iniciaron y que tanto apostaron porque su éxito fuera factible.

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