La convocatoria de nuevas elecciones ha dejado a los populares sin argumentos, obligándoles a replantear su estrategia de oposición, aunque felices de estar más cerca del poder que llevan ansiando, desde que Aznar lo perdió en 2004, tras las mentiras que siguieron a los atentados de Madrid.
Hacerse público el anuncio y empezar los insultos hacia Rubalcaba, ha sido una misma cosa y enseguida, Dolores de Cospedal ha lanzado la queja de que los españoles no merecen sufrir viejas caras de la política y sí la novedad del triunfo de un Rajoy exultante.
A los que tenemos algunos años, la paradoja que lanza la multiasalariada popular, nos hace cierta gracia, porque si bien tilda de vieja gloria al candidato socialista, parece olvidar que tampoco su líder es precisamente un recién llegado a la escena política y que fue dos veces ministro, en los otros mandatos conservadores, gestionando, entre otras cosas, los vertidos del Prestige, que llegó a calificar como simples “hilillos de plastilina”.
Después de que la frase se hiciera tristemente célebre por el desastre natural que afectó a Galicia y a sus gentes, a uno le surge inevitablemente la pregunta de si tramitará los asuntos de Estado de igual manera que el conflicto antes citado, porque no parece acertada su visión de los problemas, a juzgar por la estimación que hace de ellos cuando habla públicamente.
Aquí cada barco habrá de aguantar su vela y no resulta precisamente atractivo el panorama que se nos viene encima, que huele a continuismo desde lejos, sin que nos sorprenda nada novedoso capaz de atraer nuestra atención tanto como para hacernos volver a las urnas que abandonamos, decepcionados y presos de una indignación que todavía arrastramos como una losa por las plazas de todo el territorio.
Estos dos desmemoriados, que representan el grueso de los votos que decidirán quién ocupará el preciado tesoro del poder en España, no demuestran sin embargo, ningún síntoma de poder recordar sus errores pasados para enmendarlos, a ser posible, en el incierto futuro que nos aguarda. Creen los pobres, que los demás nos tragamos que parten desde cero y que volveremos a pasar por el aro que nos ofrezcan, al precio que nos marquen.
No se han parado a pensar, o no han querido, en que algo se ha revuelto en las conciencias de los ciudadanos. Algo que ha conseguido arrastrarnos en masa a la calle, exigiendo unas normas de conducta que cambien radicalmente el sistema de gobierno y que no estamos dispuestos a volver al ostracismo de los años de bonanza, cuando nos adormeció el brillo del lujo y la buena vida, hasta aniquilar nuestra capacidad de respuesta.
Los oiremos ahora, de una manera diferente a como los hemos estado oyendo desde que nos ganamos a pulso la democracia y lo que hasta hace poco era inactividad y desinterés por los asuntos políticos, se tornará sin duda, en crítica feroz y acción, si se considera que sus propuestas pueden causarnos perjuicio.
Deben entender, que es difícil continuar malviviendo sin levantar la voz contra quienes consideramos causantes de nuestra tragedia y que ya no estamos dispuestos a dar más plazos a la intención de gobierno que puedan traer los unos y los otros.
Se va Zapatero, sin una palabra de aliento a los trabajadores, a los que tuvo la desfachatez de cargar la crisis, en lugar de a los poderosos que la provocaron. No merecemos, al parecer, ni siquiera un amago de autocrítica o una petición de perdón, o una explicación convincente que aclare los motivos de su deserción ideológica.
Tampoco entrará dando explicaciones quien quiera que venga. Quizá por eso nos importa poco quién gane los comicios.

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