miércoles, 3 de agosto de 2011

De mis fobias y miedos ridículos

Mientras mi hija surca los cielos hasta el otro lado del mundo, sucumbo a la desagradable sensación que me invade cuando se trata de los viajes en avión, pues padezco lo que llaman aviatofobia y que en mi caso, creo, proviene de una fuerte acrofobia, es decir, un miedo insuperable a las alturas.
Lo paso francamente mal con estos ataques de pánico y aunque cerebralmente trato de convencerme de lo absurdo de mi estúpida postura, la situación me desborda del todo, si tiene que ver con desplazarse volando, con lo cuál, suelo perder bastantes oportunidades de conocer lugares que me parecen francamente apetecibles.
No sé realmente desde cuando padezco estas fobias, ni cuál es su origen primero, pero me atormenta sobremanera el hecho de no ser capaz de superarlas y me avergüenza mucho confesar que en la época en que vivo, me niego a subir a un avión, a no ser estrictamente necesario y bajo drogadicción severa.
A lo largo de mi vida, lo he hecho varias veces, e incluso he aguantado el tipo mientras permanecía dentro de ellos, aunque la ansiedad por aterrizar me devoraba mientras duraba el trayecto y pensar en la vuelta, me impedía disfrutar del destino, hasta el punto de afectarme al sueño.
La cosa empeora si es uno de los míos el que se desplaza de este modo, pues no puedo en conciencia impedir su afán por conocer otros países y culturas, pero hasta que recibo la llamada que me anuncia que está en tierra firme, una serie de grandes monstruos se apoderan de mi interior desencadenando toda una ristra de temores, sin que pueda llevar a cabo la rutina diaria, o pensar en ninguna otra cosa que me distraiga o reconforte.
Soy consciente de que todo este asunto es, como suele decirse, sólo producto de mi imaginación y me descabala cualquier lógica pensar que no tengo agallas de afrontarlo haciendo uso de la inteligencia, pero las emociones son meramente pasionales y yo bastante visceral, a la hora de vivirlas.
En cierto modo, dicen, todo está estrechamente relacionado con la inseguridad del ser humano y he de confesar que en esta cuestión, la mía queda reducida a niveles mínimos, llegando a causarme estragos, que únicamente desaparecen cuando quién quiera que esté viajando vuelve a casa.
Todo se ha suavizado un poco con la rapidez de las comunicaciones actuales, pues se ahorra el tiempo de tortura que antes suponía llegar hasta un teléfono, e incluso es posible establecer contacto por este medio que utilizo para escribir, aunque el otro se encuentre a miles de kilómetros de distancia.
Mi único consuelo es que no estoy sola con mi miedo y que otras muchas personas, algunas muy ilustres, comparten la estúpida manía del miedo a volar y como yo, conviven con ella.
Resignada a esta realidad, mi deseo de que el viaje de mi hija sea un éxito, suaviza un poco la espera, hasta que me lleguen sus noticias. También ayuda compartir con mis lectores esta debilidad, siendo capaz de confesarla y escribir sobre ella.
Mañana ya estaré recompuesta y volveré a la carga de modo habitual. Ustedes perdonen este ridículo inciso.

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