Ya intuíamos que entre las muchas cualidades de Esperanza Aguirre y Alberto Ruíz Gallardón, estaba el orgullo de pertenecer a un catolicismo militante y que, llegado el momento oportuno, aparcarían sus naturales diferencias para ponerse de acuerdo en agasajar al máximo representante de la Iglesia en el mundo.
Mucho han placeado los dos, comentando a quienes les ha querido oír, las amargas vicisitudes que nos ha traído el Gobierno Zapatero, mientras alardeaban de un compromiso sincero con las causas sociales y su apoyo a los humildes, desde los púlpitos mitineros en que ha sido permitida su intervención.
La visita papal les viene que ni pintada para presumir de las faraónicas obras realizadas en su ciudad y del supuesto apoyo que las masas españolas dan a un pontífice ajeno en su actitud a los problemas traídos por la crisis, pero capaz de aceptar invitaciones financiadas por un erario público, a punto de necesitar un rescate parecido al de Grecia.
No dudan los populares en habilitar cuántos espacios se necesiten para reunir al católico rebaño, que no molesta, como los indignados, con sus evangélicas acampadas en los lugares céntricos de la ciudad, a los que podrán desplazarse a precios módicos, gracias a la enorme rebaja ofrecida por el santísimo ayuntamiento, en los billetes de trasporte público.
A los residentes en la capital, por cierto, les acaban de subir estos mismos billetes un cincuenta por ciento, quizá porque no son capaces de acreditar con fiabilidad su filiación religiosa, ni aunque presenten una cartilla de parado de larga duración o una prueba de que han de sobrevivir con la ayuda de cuatrocientos euros que les tira a la cara el gobierno.
Al mismo tiempo, se prohíbe tajantemente una manifestación laica, anulando el derecho de los ciudadanos que libremente deciden no tener creencias religiosas y se cierra al tráfico el centro de Madrid durante seis días, sin que ahora cause ningún perjuicio a los comerciantes ubicados en la zona, que tanto se quejaron por la presencia de los indignados en sol, cuando reclamaban sus derechos.
Con la Iglesia hemos topado. La frase, no puede tener más vigencia y da una idea de cuánta influencia posee aún en nuestro territorio la curia vaticana y sobre todo de las prioridades que es capaz de establecer el partido popular en las comunidades cuyo gobierno está bajo su mando.
Quizá hacen méritos Aguirre y Gallardón para una beatificación futura, de ésas que agilizan los pasos hacia la santidad y te colocan en la primera división eclesiástica, sin que haga falta haber hecho milagros en vida, ni demostrar una conducta ejemplar mientras pasaste por el mundo.
Los millones de euros gastados en tan ampuloso evento, vendrían estupendamente para la creación de puestos de trabajo, por ejemplo, pero las sandalias del pescador que supuestamente calzó pedro, quedaron hace tiempo desechadas, para ser sustituidas por los mejores zapatos del mercado, a juego con las sotanas de alta costura, que usan los mandatarios vaticanos.
Si el vicario de Cristo quiere realmente tener un detalle con España, nada más fácil que renunciar a la visita, arrancando el compromiso de que el dinero empleado en ella sea inmediatamente repartido entre los muchos necesitados del país, como seguramente hubiera hecho aquel a quien dice representar entre nosotros.
Probablemente entonces recibiría las felicitaciones más cordiales de los ciudadanos, aunque inmediatamente perdería las amistades con personajes como Rouco Varela, loco por estrenar algunas prendas nuevas, de colores diversos, encargadas para la ocasión a los mejores y más caros modistos de élite.
Eso sí que sería un milagro probado y un motivo perfecto para que la figura papal fuera recordada, en consonancia con la doctrina que dice practicar y predica. Pero eso sería vivir como Cristo y no como Dios.

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