jueves, 2 de agosto de 2012

Urosa, el leal




A pesar de ocupar una alto cargo en el partido Popular, es obvio que hasta hoy, ninguno de nosotros había oído hablar de Rubén Urosa y así habría seguido siendo, si él no hubiera enviado un comunicado a los empleados del INJUVE, organismo que dirige desde Enero por obra y gracia de la ministra Mato, prohibiéndoles criticar u opinar sobre los recortes del Gobierno, durante el horario laboral.

Hay lealtades que no tienen límite, e individuos capaces de practicarlas sin darse cuenta de que con ello no provocan más que hilaridad, en los que desde fuera les contemplan. Y hay acciones, como la que hoy nos ocupa, que sobrepasan con mucho la obligación que conlleva un cargo, situando al que las comete en una incómoda posición de ridículo, que dice mucho de su valía profesional y de su nivel de inteligencia.

Pero como en este país, los puestos más significativos a menudo suelen ser ocupados por designación dedocrática y no por currículum, es bastante frecuente que quien los ostenta acabe por errar crasamente en lo que debiera ser su oficio, introduciendo estrepitosamente la pata en terrenos pantanosos, de los que cuesta después Dios y ayuda salir, sobre todo si se ha incurrido en falta grave o incluso en inconstitucionalidad manifiesta.

Ordenar a los españoles, funcionarios o no, por medio de un comunicado, en qué deben centrarse sus opiniones y críticas, en horario laboral o fuera de él, constituye un grave atentado contra la libertad de expresión reconocida por la Carta Magna que a todos nos rige, y coloca a quien emite el documento, claramente fuera del ámbito democrático en el que nos movemos, sobre todo si se trata de una defensa a ultranza de un sentimiento personal y partidista que no admite oposición, como en los tiempos de la dictadura.

No se sabe de qué manera ha conseguido el señor Urosa conocer el contenido de las conversaciones de sus empleados, ni qué métodos habrá utilizado para conseguirlo, pero nos consta que entre las funciones de quién dirige el INJUVE no se encuentra la de practicar el espionaje, ya que este organismo nada tiene que ver, que se sepa, con el CNI, ni sus empleados son hasta ahora sospechosos de intento alguno de desestabilización del Estado, o al menos, no se tienen noticias de ello.

Suponemos que el agradecimiento hacia quién le nombró, por parte del señor Urosa, sin duda ha de ser de carácter eterno y tal vez por eso ha dado en desvivirse por intentar que nadie ose en poner en tela de juicio las decisiones del partido al que pertenece, pero a veces, las intentonas por conseguir determinados fines acaban teniendo un efecto bumerang y se vuelven envenenadas contra sus promotores, dejándoles caer de bruces en la soledad del abandono y el olvido.

Si cree Urosa que estar en el puesto que ocupa le garantiza el apoyo del PP en episodios como éste, yerra absolutamente en su suposición, pues torres más altas han caído, como todos hemos podido comprobar, en el transcurso de los últimos tiempos.

Y si sus empleados se empeñan en litigar contra la naturaleza de su comunicado, al sentirse intimidados en su derecho a expresarse libremente, no sería de extrañar que pronto le viéramos abandonar su lujoso despacho, en pos de un retiro forzoso, que suponemos no sería del agrado de quién tanta lealtad demuestra.

Ahora que nos empieza a sonar su nombre, será una obligación seguir escrupulosamente su trayectoria, por si se dieran otras oportunidades de esta categoría en su vida profesional y hubiera que contarlas como hacemos, con todo lo que huele a despotismo, por mucha buena voluntad que se presuma al déspota.

Porque ¿hasta dónde llegaría en su lealtad Urosa, si en un futuro sus empleados decidieran, pongo por caso, acudir a una huelga, por supuesto en horario laboral, en defensa de sus reivindicaciones?

A juzgar por lo visto, hasta podría pasársele por su calenturienta imaginación la posibilidad de expedientar a los huelguistas, albergando la esperanza de despedirlos, para silenciar cualquier tipo de oposición en su feudo.

Aunque en honor a la verdad, creemos que más bien ha debido tratarse de un arrebato de gallardía, asentado tal vez en la ilusión de llamar la atención en las altas esferas y conseguir así, por su abnegación y valor, un puesto de mayor responsabilidad en el aparato del partido.

Pero las líneas son demasiado finas y algunas, es mejor no cruzarlas.



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