domingo, 5 de agosto de 2012

Licencia para mentir


No existe en el contrato tácito que firman un político y sus votantes, ningún apartado que otorgue al candidato, si fuere elegido, licencia para mentir.

Es más, a un político se le presupone caballerosidad e inteligencia y un espíritu cumplidor que asegure que cada una de sus promesas serán, al menos, como una guía que marque el camino de su mandato, otorgando así satisfacción a sus electores, que confiaron en su palabra y su programa, cuando se acercaron hasta las urnas.

La decencia implica además, cuando llega la hora de tomar decisiones difíciles, tener la valentía de afrontarlas respetando la verdad y no crear falsas esperanzas en la sociedad lanzando mensajes ilusorios para determinados colectivos, si más pronto que tarde, uno va a desdecirse de lo anunciado, incidiendo precisamente en aquello que se negó, de manera manipuladora y alevosa.

Mariano Rajoy no debió entender nunca que estos principios han de ser piedra fundamental en la que asentar un mandato político y desde el mismo momento en que supo que sería investido Presidente de la Nación, ha convertido en costumbre faltar estrepitosamente a la verdad, estafando la buena voluntad de los que le llevaron hasta el cargo, ilusionados por unas promesas de cambio absolutamente distintas a las que viene ofreciendo bajo la tutela de una Europa, a la que quizá nunca debimos acceder a pertenecer.

Los más de siete millones de pensionistas que malviven en este país, empiezan a ver de cerca la cara de los recortes, desde que Rajoy ha comenzado a negar, en sus pocas intervenciones públicas, que entren dentro de las próximas medidas que piensa adoptar, acuciado por el terrible fantasma de las deudas.

Hasta ahora, este colectivo estaba siendo el único al que no se había aplicado la dura vara de medir que tiene el gobierno entre sus manos, y a pesar de que sus emolumentos ya se habían visto afectados por la subida del IRPF y aún perderán más poder adquisitivo en cuanto entre en vigor la del IVA, no habían sido víctimas de ninguna bajada directa de sueldo, ni se les había privado de alguna paga extraordinaria, como es el caso de los funcionarios y los trabajadores que, como ellos, dependen directamente de las arcas del Estado.

Pero si se sigue atentamente la trayectoria de las apariciones públicas de Rajoy, se puede comprobar que siempre que ha mencionado que no tiene intención de tomar una decisión de carácter lesivo contra un colectivo determinado, tal decisión acaba por hacerse realidad transcurridos sólo unos días, e incluso sobrepasan las expectativas de los que ya la esperábamos, en vista del talante adoptado por el Partido Popular, desde que pisara la Moncloa.

También nos tememos para un día de éstos la petición de rescate, que de momento, ha sido igualmente negada por el Presidente, aunque todos sabemos que está presente en su agenda, y que probablemente espera el momento más oportuno para sorprendernos con ella, ahora que muchos de nosotros estamos en tránsito, debido al periodo vacacional.

Naturalmente, acciones como éstas van socavando la imagen de quienes las protagonizan y dejando un poso en la memoria de los electores, que sin duda aflorará en la próxima ocasión en que tengan que acudir a las urnas.

La mentira y el intento de manipulación son, con diferencia, los peores enemigos que puede tener un político y suelen traer consecuencias de contundencia aplastante, para quién como nuestro Presidente, hace de ellas una bandera en su forma de gobernar, en detrimento del pueblo que lo colocó, exactamente donde ahora se encuentra.

Vayan pues contando nuestros pensionistas con alguna bajada de sueldo, o con perder la paga de Navidad, si Dios no lo remedia.

Y vayamos contando los españoles con entrar en el club de los hipotecados de por vida, que pierden su entidad nacional, a favor de las multinacionales del dinero y de los estados con afanes colonialistas, como Alemania, que acabarán poseyendo este nuestro, gracias a la ineptitud de quienes prefieren gobernar con las reglas de la banca, que con las de la voluntad de sus pueblos.

Pero que todo esto suceda, no significa que fuera inevitable. Hay otros caminos por los que transitar y otras maneras de entender la política en el mundo moderno.

Líderes como Hollande, están empezando a demostrar que es posible y pueblos como el islandés, se han deshecho para siempre de la especulación y la mentira, con sólo la fortaleza de su unión.

Todo es una cuestión de compromiso y de poner en claro de una vez para siempre, que los estafadores electorales no tienen ni tendrán jamás, cabida entre nosotros.











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