miércoles, 1 de agosto de 2012

Fantasmas de un pasado terrible



Que en los tiempos que corren, la ciudad de Valencia siga considerando a Franco como alcalde honorario, resulta al menos sencillamente grotesco y en cierto modo, parece como si no hubieran pasado los años y aún siguiéramos viviendo bajo el yugo del dictador, al que había que premiar obligatoriamente con estos cargos, que tanto satisfacían sus desmedidas ansias de notoriedad.

No se sabe muy bien, por qué se ha ido dilatando el momento de apear del nombramiento al tirano, pero considerando que la Comunidad Valenciana se encuentra bajo la estricta tutela del Partido Popular, parece evidente que más que de un olvido, puede tratarse de una oculta intención por perpetuar su recuerdo.

Y aunque es inconcebible que nadie pueda encontrar un motivo para mantener en formol político a tan nefasto personaje, si que es cierto que estos conservadores que nos gobiernan, gustan de recrearse en la memoria de estos fantasmas del pasado y sacar sus esqueletos del armario de vez en cuando, como también ha evidenciado ahora el Ministro Gallardón al mantener el título nobiliario que ostentan los herederos de Queipo de Llano, que tantas perlas macabras dejó en sus intervenciones radiofónicas en Radio Sevilla, cuando arengaba a sus tropas a liquidar a los rojos, y a violar a sus mujeres para que supieran lo que era un hombre de verdad.

No pueden alegar los populares desconocimiento de causa en estas acciones, ya que suelen proceder por línea de consanguinidad de los ganadores de la guerra civil, que tanto tratan de hacer olvidar a las victimas del otro bando, cuando reclaman su derecho a recuperar los cadáveres de sus deudos que quedaron sepultados en loas cunetas de todo el país, por obra y gracia de los ejércitos franquistas.

Pero es que cuando se trata de fantasmas, también ha de mantenerse cierta categoría clasista a la hora de mencionarlos y los procedentes de las clases populares, es decir, de la plebe, no merecen el recuerdo de la sociedad, ni ser agraciados con título alguno, que pudiera equiparar a la gente de a pie, con los descendientes de su rancio abolengo.

La situación, un tanto berlanguiana en su contenido, presenta, no obstante, unos matices dignos de ser estudiados en profundidad por los analistas políticos, pues no concuerda el empeño que ponen los seguidores de Rajoy en convencer a la sociedad de su centrismo ideológico, con estos anacronismos desfasados que no hacen otra cosa que alimentar un rencor que todos hemos tardado demasiado en superar, sin terminar de cerrar las heridas, en muchos casos.

Crispada como está la situación, por motivos que todos conocemos, estas polémicas sustentadas en los protagonistas de una historia terrible, traen consigo la sensación de que todos los cambios que uno creía que se había impuesto la derecha, eran finalmente una milonga electoral para conseguir el voto de los indecisos, y que sigue anclada en las postrimerías de la guerra española, adorando a la casta de machos ibéricos que habían salvado a la nación de caer en manos de la conspiración judeomasónica y otros enemigos diabólicos, a los que se pintaba con cuernos y rabo, en las enciclopedias de la época.

Siguen, como se ve, rindiendo pleitesía a nombres de la feroz contundencia de los mencionados con anterioridad, desafiando todos los principios que puedan constituir una Democracia real, manteniendo en los altares de la beatitud a quienes se hicieron con el poder por medio de la fuerza.

Ni siquiera tienen la decencia de adorarlos en la intimidad, donde cada cual es muy dueño de pensar lo que se le venga en gana, sino que con probada alevosía, airean su recuerdo en el solar patrio con una desfachatez que escandalizaría a la Madre Teresa de Calcuta y firman lo que haga falta, en nombre de todos nosotros, como si el fervor popular por los homenajeados fuera unánime y clamoroso.

¿Quién no quiere olvidar entonces?

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