miércoles, 11 de octubre de 2017

Diálogo entre líneas


Cuando todo el mundo esperaba una respuesta clara por parte del gobierno español, a lo sucedido ayer por la tarde en el Parlament de Catalunya y las voces de los agoreros reclamaban contundentemente la inmediata aplicación del 155, por considerar que las palabras del President conllevaban la DUI en diferido, Mariano Rajoy comparece ante los medios para informar que en el Consejo de Ministros celebrado con carácter extraordinario esta mañana, su Gobierno ha acordado hacer un requerimiento formal a Puigdemont, para que aclare a la mayor brevedad posible, si  declaró o no la Independencia-
Esto de recurrir a los acertijos, de colocar a la gente en la tesitura de tener que averiguar qué se esconde detrás de cada frase que se lanza desde Catalunya o Madrid y que nos tiene a todos aplicando minuciosamente la oreja, cada vez que alguno de estos políticos hace una declaración, institucional o no, procurando defender sus propuestas, más que aportar un poco de luz a la enrevesada situación que estamos viviendo, ofrece una imagen desoladora de la ineptitud de ambas partes para conseguir una solución al conflicto y daña seriamente la credibilidad que los unos y los otros tienen para unos ciudadanos, atónitos ante las vueltas que se están dando, sin que se atisbe siquiera, la posibilidad de un acuerdo.
Decíamos ayer, que la intervención de Puigdemont había sido generosa e impecable y la impresión que nos quedó, después de oírle, fue que había decidido renunciar a la proclamación de la Independencia, cosa que sin embargo no ha debido quedarle clara al PP, que quizá esperaba una mayor dureza en las palabras del President catalán, para poder aplicar de inmediato el 155, con todas sus terribles consecuencias.
Así, que como en un duelo de aquellos del oeste, Rajoy exige hoy a Puigdemont  que muestre abiertamente las armas que posee y tácitamente, que le dé un motivo real para poder acallar su propia conciencia, si  finalmente decide  suspender la autonomía, empeorando aún más, la situación que estamos viviendo.
En vez de preguntar a Pyuigdemont, quizá debiera haberse dirigido a los cientos de miles de catalanes que ayer se sintieron flagrantemente traicionados, por la tibieza de su Presidente y que se marcharon a casa con la sensación de haber sido estafados, aunque sin comprender que la prudencia de Puigdemont conseguía parar elegantemente el oscuro futuro inmediato que se cernía sobre sus cabezas, si efectivamente hubiera declarado formalmente la independencia.
La pregunta, que sin embargo está hecha con  otras intenciones y que con toda probabilidad ha sido fruto de la sorpresa producida por una intervención que no se ajustó en absoluto al guión que se esperaba en el PP, constituye sin embargo, un arma poderosa que coloca a Puigdemont en una posición aún más difícil ante los suyos, proporcionándole un nuevo quebradero de cabeza, ahora que podía parecer que había conseguido apartar los fantasmas que le acuciaban sin tregua.
De su sensatez y su aplomo, dependerá la contestación que proponga a Madrid y que tendrá que ser milimétricamente estudiada, si no quiere provocar una hecatombe aún mayor que la que se intuía si hubiera actuado de otro modo, por lo que tiene por delante un reto de incalculables consecuencias.
A la espera de la comparecencia de Rajoy, esta tarde en el Parlamento, la paciencia de los ciudadanos empieza a flaquear , cansada de este galimatías en que han convertido el problema de Catalunya, por lo que nos gustaría aclarar que cuando hablamos de dialogar, evidentemente no nos referimos a este intercambio de palabras sin fundamento, que escondiendo mensajes ocultos, emponzoñan un panorama político que por obligación, debía ser para todos nosotros, transparente.
No son estos mensajes cifrados lo que se entendería por negociar.

Esfuércense un poco más, por favor, o nos veremos obligados a pensar que hace tiempo que perdieron su inteligencia.

martes, 10 de octubre de 2017

Proclama y suspensión


Con una hora de retraso con respecto al programa previsto, Carles Puigdemont se situaba esta tarde en la tribuna del Parlament iniciando un discurso, que desde el principio ha resultado sorpresivamente impecable y en un tono respetuoso, comedido y ciertamente moderado, ha ido enumerando las circunstancias que desde el punto de vista de un buen número de catalanes, nos han traído hasta aquí, culpabilizando al Estado español, aunque debió simplemente  referirse al PP que lo lidera, del gravísimo desencuentro que se ha producido entre la sociedades catalana y española y muy fundamentalmente de la reiterada negativa a negociar una vía para la celebración de un Referendum pactado, que se ha pedido insistentemente.
En clara discrepancia con la CUP, que hasta esta misma tarde le ha estado acompañando en todas las acciones emprendidas y quizá desprendiéndose conscientemente de la mochila de radicalidad que representaba su pertinaz empeño en que hoy se declarase la DUI, Puigdemont ha optado por una fórmula mucho más contenida, declarando primero la intención de proclamar la independencia y suspendiéndola inmediatamente después, sine die,  ofreciendo la mano abierta a la mediación y el diálogo con el Gobierno español, al que por cierto, no ha dado motivos para la aplicación del 155.
Contando, al menos en apariencia con la aquiescencia de Oriol Junqueras, la vía elegida por Puigdemont ha conseguido efectivamente poner un punto y aparte en la tensión que se ha estado viviendo durante los últimos días  y vuelve a poner la pelota, sin aspavientos y con tintes de buena voluntad, en el tejado de Mariano Rajoy, al que deja ahora la responsabilidad de la resolución de un problema, que de hecho, siempre fue responsabilidad exclusivamente suya.
El mensaje de Ada Colau, llamando a la sensatez y la cordura y la huida apresurada de las grandes empresas catalanes, hacia otros destinos más estables, unidos a la  clara división de la sociedad catalana que se ha podido ver estos días, parecen haber dado estos frutos y hemos de decir que se agradece este paréntesis sugerido por el President esta tarde y que esperamos una respuesta acorde, desde el Gobierno de Madrid.
Desatascar la situación, propiciar la recuperación de la convivencia pacífica entre los ciudadanos, perdida por causa de extremos y fanatismos, resulta ser indispensable para arbitrar una pronta solución del problema catalán, que muchos de los que no vivimos allí, consideramos también como nuestro.
No era  momento, como decía Colau, ni de venganzas, ni de reproches, sino de propiciar el entendimiento. A través de la mediación, ya lo hemos dicho y poniendo buena voluntad, todo es posible y en este sentido, la salida por la que ha optado Puigdemont, no merece ningún reproche.

Habrá que analizar sus propuestas con más profundidad, pero de momento, hemos recuperado el aliento.

lunes, 9 de octubre de 2017

División familiar


La convocatoria que la Sociedad Civil Catalana  para ayer Domingo y que contó con el apoyo tácito de PP, Ciudadanos y algunos líderes socialistas que encabezados por Josep Borrell, se sumaron a ella individualmente, sacó a la calle a un buen número de catalanes, que la guerra de cifras, impide seriamente calcular y que envueltos en banderas nacionales, reclamaron insistentemente la unidad de España, demostrando con ello la gravísima división familiar que ha provocado en su tierra el asunto del Referendum.
La evidencia de esta confrontación, casi  a tres bandas, pues en pocos días han desfilado por los mismos lugares, independentistas, partidarios de la negociación y unionistas, que hasta ahora al menos aparentemente, eran capaces de convivir pacíficamente los unos con los otros, queda netamente reflejada en los mensajes contrapuestos y muy a pesar nuestro, también en la intolerancia que esgrimen contra sus propios conciudadanos, obviando que el derecho a la libertad de pensamiento, exige, para con los demás, unas mínimas dosis de respeto.
Pero las espadas están en alto y la crispación parece haber llegado a un límite tal, que nubla el entendimiento, fundamentalmente, porque los políticos, que tendrían que ser precisamente los encargados de ofrecer obligatoriamente un ejemplo de tolerancia para con sus adversarios más directos, han perdido, en este asunto de Cataluña, el norte y no hacen otra cosa más que avivar un fuego que terminará por devastar su propio territorio, en el que ya nunca volverá a ser igual el trato entre conciudadanos, después de la terrible exaltación de estos tristes momentos.
La pelota está ahora en manos del Presidente Puigdemont y de quiénes le acompañan en el que se podría definir como su sueño y la península entera, contiene la respiración esperando con impaciencia el discurso que pronunciará mañana en el Parlament, esperando sin demasiada confianza, un atisbo de grandeza política, que le haga reconsiderar que no todos los que habitan su tierra piensan como él, a la vista de las multitudinarias manifestaciones que se han producido, también delante de sus ojos.
Tampoco Rajoy puede ni debe olvidar los dos millones de personas que acompañan a Puigdemont en esta aventura y que han puesto todas sus ilusiones en que la Independencia constituye una panacea que les librará de todos los peligros, por lo que no vendría nada mal un gesto de generosidad por su parte, para enmendar los gravísimos errores que ha venido cometiendo durante años y que nos ha traído hasta dónde nos encontramos ahora, los unos y los otros.
Sin conocer la hoja de ruta que los independentistas guardan celosamente, en previsión de ser aplastados, antes de mañana, por la aplicación directa del 155 o por la Ley de Seguridad ciudadana, con la que se amenaza también desde Madrid, la incertidumbre se ha convertido en la tónica general que se palpa en todos los ambientes y sólo un milagro de última hora, podría corregir la marcha desenfrenada que ha tomado esta historia rocambolesca que sin quererlo afecta a la Sociedad entera y no sólo a los que viven en Catalunya.
Entretanto, las Empresas continúan su huída hacia adelante, más que por el bien de los que dependen de su funcionamiento, por salvaguardar sus capitales y una especie de histeria colectiva ha entrado a complicar un escenario, que ya no resulta ser tan idílico como lo pintaban los promotores del Referendum, pues estas entidades no tienen ni tendrán la menor intención de retornar, hasta que la situación no se estabilice del todo, a su muy amada y ahora también temida, Catalunya.
Todos los actores de la obra, caminan en estos instantes por una cuerda floja a punto de romperse y sólo el azar se encargará de decidir quién será el que provoque su fractura, mientras los aguerridos patriotas de uno y otro bando se lanzan reiteradamente acusaciones y reproches mutuos, que sólo consiguen poner de manifiesto su ineptitud para gestionar una situación que se les ha escapado de las manos, sin que ahora sepan cómo deshacerse del monstruo que han creado y que seguramente les perseguirá para siempre.
Cansados de esperar a que la baraja se rompa y agotados por la devastadora lucha que se libra en este improvisado campo de batalla, hasta ayer apacible, los ciudadanos permanecen anclados a esa angustia destructora que mina los cimientos de la convivencia, sacando de su interior a seres irreconocibles que actúan  fuera de toda sensatez, probablemente porque los nervios son ahora prisioneros de los fantasmas del fanatismo.
Y aunque lo peor podría estar aún por llegar, uno tiene la sensación de haber vivido cien años en sólo unos días, envejeciendo íntimamente y sin remisión, como si una apisonadora nos hubiera pasado por encima aplastando toda nuestra capacidad de raciocinio y ya no nos quedaran más que las ganas de  que todo termine cuanto antes, rogando, eso sí, que haya suerte.

Algún día, la Historia se encargará de demandar a éstos que nos trajeron hasta aquí, su responsabilidad en estos hechos y ya les digo yo, que la verdad es tozuda en perseguir a los hombres durante toda su vida, hasta terminar por imponerse implacablemente, sobre todos y cada uno de nosotros.

domingo, 8 de octubre de 2017

En el centro de la tormenta


Mientras independentistas y unionistas continúan librando sus batallas particulares, en las calles y en las Instituciones políticas, a las puertas de los Ayuntamientos de todos los pueblos y ciudades, se congregó ayer una marea blanca de personas, que reclamando diálogo, cordura y reflexión, daban una lección impecable a todos aquellos que hacen de la intolerancia y el inmovilismo, una doctrina fanática que nos ha colocado en el centro de una tormenta, que bien pudiera convertirse en un huracán imparable.
Estas personas, entre las que me cuento, sin que me dé rubor el confesarlo y cuya lealtad unos y otros se atribuyen sin tenerla, considerándonos como una mayoría silenciosa, sin entender que nuestra voz no coincide en este caso, con el mensaje que transmiten ninguna de las dos partes que protagonizan el conflicto, es sin embargo, la única que apela seriamente a terminar con la sinrazón que conduce a un camino sin ninguna salida y que clama por el derecho expresar también una opinión que pretende quedar al margen de la contienda, pero que probablemente por ser mayoritaria, debería democráticamente anular las propuestas lanzadas por los secesionistas y los españolistas, potenciando un diálogo negociador, partiendo desde luego, de cero.
Hay que entender que muchos de nosotros no podemos, porque no nos lo permitiría la conciencia, colocarnos sistemáticamente en contra de los catalanes, ni tampoco compartir ese patrioterismo barato de los españolistas que convierten los símbolos del Estado  en un estandarte en propiedad con el que promocionar otro nacionalismo encubierto, con el que no podemos estar de acuerdo, por lanzar un mensaje de xenofobia que aterroriza en general a la gente normal, que creemos más bien, en la igualdad de todos los individuos.
Está claro, que nosotros no disponemos de un recuento de votos, legales o no, que constituyan una postura de fuerza con la que respaldar nuestro criterio, ni del poder que poseen los Organismos oficiales para combatir lo que ellos llaman insurrección de los pueblos, pero podría avalarnos la obviedad de que las posturas encontradas de unos y de otros no están conduciendo, ni conducirán a ninguna parte, más que a un enfrentamiento aún mayor, mientras que el camino no explorado que proponemos  y que no es otro que el de empezar a hablar, para intentar alcanzar un consenso, bien podría agilizar una salida digna a este esperpento que retransmitido en directo al resto del mundo, ofrece una imagen de nación o naciones, ya da igual, incapaces de pensar en otra cosa que en sus propios y recalcitrantes argumentos.
No ha habido, en ningún momento, por ninguna de las dos partes, la más mínima intención de pararse a escuchar lo que la otra tiene que decir y menos aún, la de procurar entender cómo se ha llegado hasta aquí y qué parte de responsabilidad real tiene cada cuál en este terrible desencuentro.
Endiosados, los  unos en la movilización conseguida, tras años de reiterado adoctrinamiento y los otros, en una férrea legalidad que indiscutiblemente es susceptible de ser cambiada, como desgraciadamente se ha hecho antes, con alevosía y nocturnidad, para desgracia nuestra, ambos bandos han empezado a creer ilusoriamente, que cuentan con el respaldo de toda la Sociedad, olvidando que ésta se compone de individuos que no han, forzosamente, de compartir un único pensamiento y cuya inteligencia les permite la capacidad de elegir una vía propia por la que transitar, lejos de malas y buenas influencias.
Vestirnos de blanco, era un modo de dar a entender, incluso a los más cerriles, que somos dueños de esa libertad de pensamiento y que ni las banderas, ni las canciones, ni los autoritarismos ni las incongruencias propuestas hasta ahora, representan en absoluto nuestra voluntad, que quiere permanecer al margen del cariz que están tomando los acontecimientos.
A ello apelamos, cuando levantamos las manos como símbolo de inocencia y cuando desterramos banderas y colores de las protestas que protagonizamos y que exigen, de unos y de otros, volver a la senda de la racionalidad que nos distingue de las bestias y que ha de ser la única capaz de redireccionar este conflicto estancado, por la inoperancia demostrada de sus dirigentes.
Y aunque cada uno de nosotros pueda efectivamente defender en su ámbito privado, la ideología que creyere oportuna, ahora es el momento de procurar el retorno al sendero del respeto perdido hace ya tanto tiempo y que con toda seguridad, podría y debería recuperarse con la propensión sincera al diálogo y sobre todo, a la negociación que tanto echamos en falta, durante estos tiempos de locura y desasosiego.

Puede, que al no ostentar cargos de importancia en ningún Organismo relevante, al ser gente normal y  no hacer alarde alguno de desenfrenados patriotismos, no se nos considere siquiera, como parte  interesada en el problema que nos ocupa, pero resulta imposible obviar, créanme, que esta neutralidad real representada por el blanco que simboliza la paz, arrastra el apoyo tácito o manifiesto de una gran parte de la Sociedad y que tiene por tanto, derecho a ser tenida en cuenta, sobre todo porque no se corresponde con el egocentrismo demostrado por los que lideran los bandos de esta guerra, sino con la inocencia manifiesta de una ciudadanía que no alcanza a comprender que no se haya optado por hablar, en lugar de poner en práctica una testarudez, directamente huera.

jueves, 5 de octubre de 2017

Noticias asombrosas


Empiezan a movilizarse los partidarios del NO en Catalunya, tácitamente convocados por PP y Ciudadanos, arropando a las Fuerzas de Seguridad del Estado que aún ayer permanecían allí y que incluso estaban siendo avitualladas por material procedente del ejército, en previsión de que finalmente hubiera que habilitar barracones para su alojamiento, tras ser expulsados por  los hoteleros de la zona, que denunciaban fuertes presiones de grupos de separatistas, en este aspecto.
Envueltos en a bandera española, en contraposición a la estelada que tanto hemos visto estos días, esa otra parte del pueblo catalán, que más que reclamar un diálogo abierto se limitaba a vitorear a policías y guardias civiles, gritándoles que no estaban solos, pedía a la vez, la inmediata dimisión de Puigdemont y la convocatoria de nuevas elecciones al Parlament, que clarificarían, según ellos, el panorama real que se vive en los pueblos y ciudades de Catalunya, al no haber participado los unionistas, en el Referendum.
Al mismo tiempo, el President de la Generalitat realizaba una declaración institucional, en la que se reafirmaba en su idea de proclamar el lunes la independencia y en la que se quejaba, muy especialmente de lo que calificó como el discurso partidista del Rey, esta vez sí, apelando a la neutralidad que exige la Constitución española al Monarca, aunque curiosamente, hace sólo unos días, Puigdemont y los suyos, decidían libremente, no obedecerla.
En esta tesitura y ante las escenas de pánico que se vivieron ayer en la bolsa, los principales bancos catalanes estudian hoy la posibilidad de un inminente traslado de sus sedes, pues, en palabras textuales, su obligación no es otra que velar por los intereses de sus clientes, que podrían, según ellos, verse seriamente dañados, si se proclama la Independencia.
Entretanto, Oriol Yunqueras, Rajoy y hasta el mismísimo Pablo Iglesias, se reunían con sendos Arzobispos de la Iglesia católica, buscando una vía de mediación, quizá porque la desesperación hace curiosos amigos y estos interlocutores podrían ser los únicos que tal vez aceptase el PP, que al contrario de los líderes de ER y Podemos, siempre declaró su ardoroso catolicismo.
El contenido de las entrevistas, naturalmente no ha trascendido, pero las especulaciones que han surgido después de estos inquietantes encuentros, parece dar un soplo de esperanza a los que piensan que el conflicto aún podría solucionarse de manera pacífica, rebajando la tensión que se cuece a un lado y al otro de esta línea roja que nos han marcado los fanatismos, las últimas semanas.
Mano en esto de templar gaitas, si que tiene la Iglesia, pues a lo largo de su Historia, como todos sabemos, ha sabido siempre salir bien parada de toda clase de situaciones extremas, eso sí, tradicionalmente, tomando partido por el ganador, aunque igual nos sorprende realizando una buena gestión ahora, cosa que agradeceríamos infinito.
No tengo yo muy claro qué se puede esperar de estos contactos, ni de la intermediación de la que se habla, pues algo querrán estos improvisados interlocutores, a cambio de su trabajo y no se me ocurre otra cosa que pudiera ser realmente valiosa para ellos, más que la prolongación sine die del Concordato que tienen firmado con el Estado español y que les otorga, como de todos es conocido, jugosos privilegios que podrían perder de inmediato, si Fuerzas como la CUP llegaran al poder, a través de la declaración de Independencia.
Así que se abren nuevos frentes que reclaman toda nuestra atención y aunque no vemos visos de que los principales contendientes de esta batalla estén dispuestos a retroceder de sus posiciones iniciales, al menos parece que la búsqueda de otros caminos no está definitivamente cerrada, sobre todo, tras conocerse el giro que en asuntos económicos se está empezando a producir en Catalunya y que no es precisamente favorable, para las aspiraciones independentistas.
Al no haber existido históricamente hechos comparables a los que estamos viviendo estos días, resulta difícil predecir qué ocurrirá siquiera, en las horas que faltan hasta la publicación de este humilde artículo.
Ya quisiera yo, tener el don de la premonición, al menos, para adelantarles en primicia, la certeza de que todo tiene solución, aunque en algunos casos sea peliaguda e incluso sorprendente.


miércoles, 4 de octubre de 2017

Pánico financiero


Tras declarar Puigdemont su intención de convocar para el próximo lunes, el que ya empieza a denominarse como Pleno de la independencia, las reacciones en el plano económico no se han hecho esperar y  los bancos catalanes, Caixabank y Sabadell, experimentan hoy una fuerte caída en bolsa, a la vez que la prima de riesgo comienza a subir, como siempre que se intuye un ambiente de crisis.
En cuanto al mundo empresarial, que no parece en principio favorable a la secesión propuesta por la Generalitat catalana, pone de manifiesto una honda preocupación, que se evidencia hoy en dos hechos fundamentales y que no son otros que las declaraciones del Presidente  de Mercadona, Juan Roig, que no ha dudado en hablar con la prensa confesando que su grado de incertidumbre va creciendo paulatinamente y la decisión de Orizón, que decide trasladar  su sede en Barcelona, a Madrid, en vista del cariz que están tomando los acontecimientos.
Si a esto añadimos que economistas muy destacados del país, comienzan a considerar seriamente la posibilidad de que se produzca un corralito que congele los ahorros de los clientes con residencia en Catalunya y que el Ministro de Guindos haya tenido que aparecer haciendo un llamamiento a la calma, se podría decir, sin temor a equivocarse, que se está produciendo una escena de pánico financiero, que podría ir en aumento, si el lunes, el Parlament catalán, declara unilateralmente la independencia.
Estas luces de alarma, que por separado no resultarían demasiado inquietantes, dada la gravedad del conflicto que nos afecta, juntas, debieran ser analizadas en profundidad por los líderes catalanes, no vaya a ser que el sueño de libertad que defienden y que ha arrastrado a las calles a más de dos millones de personas, empiece a flaquear cuando la cruda realidad que impone la burda economía, convierta en un efecto búmeran, la ilusión de esa gente que se ha movido porque se les ofrecía la certeza de que todo les iría mucho mejor, si  caminaban lejos de la tutela del Estado español, como durante años hemos venido oyendo.
No ha ayudado en nada la intervención televisada del Rey Felipe VI, que según marcan sus funciones, debiera haberse mantenido al margen en este conflicto, pues no es suya la potestad para resolverlo y mucho más, porque de sus palabras se ha podido intuir un clarísimo apoyo a las decisiones del Gobierno Rajoy y hasta la tácita sugerencia de la necesidad de la aplicación inmediata del artículo 155, como lleva proponiendo Rivera, desde hace varios días.
Verdad es, que tuvo la cautela de no hacer referencia a las cargas policiales del pasado Domingo, pero esa decisión parece haber molestado y mucho, a todos aquellos catalanes que sufrieron en sus carnes la dureza de estas actuaciones, aunque en el fondo ocultara la intención de no echar leña a un fuego, que está adquiriendo dimensiones catastróficas.
Desgraciadamente, vivimos en un mundo globalizado en el que los poderes económicos manejan sin remedio nuestras vidas e ignorar los síntomas que están empezando a surgir tímidamente en los mercados y en el corazón de los potenciales inversores que tienen ya o pensaban tener pronto, su capital en Catalunya, sería cometer, en estos momentos de verdadera incertidumbre, un gravísimo error, que como siempre, terminarían pagando los ciudadanos de a pie, pues con toda seguridad, los poderosos ya se habrán curado en salud, poniendo a buen recaudo sus abultados patrimonios personales, en previsión de que algo salga mal y la añorada independencia traiga consigo finalmente, un desastre monetario.
Bien harían en apaciguar los ánimos de esa gente que ha puesto sinceramente toda su ilusión en el triunfo de este proceso y empezar a contar la verdad de lo que podría ocurrir, pues en muchos casos, las revoluciones suelen conllevar en su esencia, carencias y amargura, que sólo los auténticos idealistas estarían dispuestos a afrontar, manteniendo una integridad de principios, que no casa con el materialismo moderno.
Sin olvidar que las cosas podrían empeorar más aún, si se continúa obviando el camino del diálogo y la negociación, a día de hoy, el panorama se está poniendo, para los independentistas catalanes, oscuro y borrascoso.
Las trabas que de seguro les pondrá el Gobierno Rajoy e incluso la presunta aplicación del 155, por vía rápida, si se declara finalmente la independencia, hace que el sentimiento de tristeza se vaya haciendo mayor, a medida que va pasando el tiempo.
Ojalá y quede tiempo para cambiar la suerte de todos.





martes, 3 de octubre de 2017

Tensión incontrolable


Decíamos no hace mucho, que el acaloramiento gradual de las masas, promovido por la incapacidad de dialogar que ha venido siendo la característica principal del gobierno que preside Mariano Rajoy no suele traer consigo, más que desgracias y que esas mismas masas, cuando alcanzan  el  punto de ebullición, son muy difíciles de serenar, sobre todo si el motivo que enciende la traca final tiene que ver de cerca con la aplicación desmesurada de la violencia, que no puede generar, más que una respuesta de iguales o mayores dimensiones que convierte a los individuos en incontrolables.
La batalla campal que pudimos ver el Domingo en Cataluña y el exagerado triunfo del SI, en las votaciones que se celebraron, a pesar de los muchos inconvenientes, ha colocado  a los partidarios del independentismo, que hoy celebran una huelga general, en una posición de fuerza que está siendo, peligrosamente similar a la postura que se aplicó contra ellos en las puertas de los colegios electorales y que empieza a dar una imagen catastrófica de una gente, que da la impresión de haber perdido totalmente los nervios, pasando a una venganza directa contra los cuerpos de Seguridad del Estado y también contra los políticos que han estado apoyando el pensamiento impuesto por el PP y que evidentemente, difieren seriamente del cariz que están tomando los acontecimientos.
Acciones como obligar a los dueños de los Hoteles a expulsar de los mismos a los Guardias civiles y policías que en ellos se alojaban  o atacar en tropel a unos cuantos parlamentarios de Ciudadanos, a las puertas de su sede en Barcelona, que han tenido que ser defendidos por ciudadanos de a pie, para evitar un linchamiento, no parece el camino más aconsejable para canalizar la ilusión, sino que mina en profundidad, el sentimiento de los que miramos desde fuera y que en muchos casos hemos defendido hasta la saciedad la celebración de un Referendum pactado, obligándonos a tener que condenar con contundencia, esta radicalidad descontrolada que hace perder la poca o mucha razón que asistiera, al colectivo secesionista.
Esos mismos que exigen el derecho a ser respetados por quienes no piensan como ellos y claman por la libertad de expresión, siendo capaces de desobedecer las leyes marcadas para conservarla, no deben, si verdaderamente quieren que sus demandas sean escuchadas y aceptadas en el resto del mundo, convertir a Catalunya en una caverna donde cohabitar endogámicamente, bajo un pensamiento único e intocable, que no puede, sino recordar trágicamente, a lo que ocurre en todas las dictaduras.
Uno quiere pensar, porque en principio se ha de creer en la bondad de la mayoría de la gente y en que la inteligencia ha de primar en todos los casos, por encima de la sinrazón, que necesariamente, estos actos han debido ser protagonizados por grupos incontrolados que hacen de la barbarie su modus vivendi y que la  generalidad de los catalanes, no quieren en absoluto, comulgar con los que así se comportan, creyendo que su territorio les pertenece en exclusividad, pues mal empezarían, si quisieran crear una Nación, en la que no cupiera nadie que no hubiera nacido en ella o que, aún siendo de allí, tuviera una ideología diferente a la que se propone desde la Generalitat, estos días.
Porque en nombre de la libertad, ni se  pueden ni  se deben cercenar los derechos de todos los individuos, que como tales, han de conservar intacta su capacidad de decidir la ideología que asumen como suya, pudiendo además, expresarla abiertamente y sin censuras, en el lugar y momento que eligieran.
Los malos instantes que todos hemos vivido, seamos o no catalanes, el pasado Domingo y la reciente indignación que aún perdura fresca en nosotros, por lo que tiene de injusta e innecesaria, obligan necesariamente a no caer en la tentación de convertirnos en seres irracionales que entrando en una vorágine de irresponsabilidad, corremos el riesgo de convertir a los enemigos políticos en iconos contra los que cebarse, sin encontrar otra salida que la violencia.
No hay mayor grandeza para los seres humanos, que ser capaces de hacer de la generosidad, un símbolo para  toda la vida. Caer en el error de permitir que el rencor se encone en nosotros, impidiéndonos abrir los horizontes de nuestras miradas y   cerrando  cualquier posibilidad de entendimiento, se convierte en imperdonable, cuando se trata de defender una causa y resta toda esperanza en que todas las diferencias son salvables, cuando se pone en ello, voluntad para hacerlo.

Si nuestros políticos hubieran intentado esa vía, se podría haber ahorrado mucho sufrimiento.