martes, 4 de marzo de 2014

Tambores de guerra


El fantasma del belicismo pulula por la vieja Europa, trayendo a la memoria heridas demasiado profundas para que puedan ser cicatrizadas, en toda una vida.
Los hombres, que no aprenden de sus propios errores, caen una y otra vez en la tentación de intentar someter a sus semejantes por medio de la fuerza, sin permitir que cada cual conserve para sí la intacta belleza de su territorio, ni la magnanimidad de los frutos que produce, casi siempre provocando la envidia de los que carecen de ellos.
Esta crisis, profunda y destructiva como ninguna, devastadora para los derechos y las voluntades de aquellos a los que esclaviza, quizá conllevaba un deseo oculto de provocación a una guerra que limpie las calles de las legiones de hambrientos que ha traído la agresividad de la política económica, que para nosotros ideó el nefasto neocapitalismo y en el fondo, era esto y no otra cosa, lo que se buscaba para un mejor reparto de la riqueza, a costa del sacrificio de vidas que nada importa a los que detentan el poder, en su imparable camino hacia la consecución de sus metas.
Ha sido Ucrania, como podía haber sido España o Portugal, Irlanda  o Grecia, todas ellas acogotadas por la violencia tácita, aunque clara que hace dependiente nuestra existencia y que atenaza nuestras voces con el garrote devastador del miedo a la pobreza, cuando ya nos habíamos acostumbrado a vivir de forma relajada, únicamente gracias al fruto de nuestro trabajo.
Ha sido Ucrania, aunque al otro lado del mundo, también en Venezuela se adivina la manipulación oculta de otro gigante y el ambiente se hace igualmente irrespirable, para los mismos pobres, aunque hablen otro idioma y practiquen otras costumbres, igualmente nocivas para los intereses de los que mueven las riendas de este maldito mundo y que no se resignan a la idea de tener necesariamente que compartir, ni siquiera con otro sólo, la rentabilidad de los beneficios.
La vorágine belicista que envuelve con su maraña pegajosa a los desheredados de la tierra, a los que no resulta difícil convencer de la necesidad de la violencia para que su destino mejore, dado que nada poseen, se instala demoledoramente en los corazones de los oprimidos, sólo porque la estudiada estrategia de los poderosos ofrece a sus ojos, un poco de la esperanza perdida de poder levantar la cabeza con dignidad, después de haber tocado un fondo, cuya negrura hace presentir la presencia de una nada que no puede ofrecer sino desolación, para los que cayeron de bruces en ella.
Desarmados por el contundente argumento de las más elementales carencias, la disposición a la lucha llega a ser más que una imposición, un convencimiento profundo, una necesidad perentoria que otros se encargan de vender como la panacea prodigiosa que logrará terminar con nuestro sufrimiento.
Y sin embargo, ejemplos anteriores indican que nunca la salvación llegó de la mano de ninguno de esos conflictos y que las guerras constituyen, para todos, una irrecuperable pérdida que afecta por igual a quienes las ganan o las pierden y que dejan impresa en los corazones una huella maldita y un estigma del que será imposible escapar, si se conserva un mínimo de humanidad, cuando habiendo llegado lo que cuando empezaron era futuro, se es incapaz de mirar a los ojos de los demás, sin sentir el remordimiento de haber destrozado los sueños de los que combatieron al otro lado y los nuestros propios, tras haber conocido en primera persona, el fragor de la contienda.
Es por eso que nuestra obligación es evitar que se llegue a ese tipo de enfrentamiento y también, intentar por todos los medios que la fuerza de las palabras consiga imponerse a la irracionalidad de las armas.
En Crimea, en Venezuela o en cualquier otro de los muchos lugares que hoy se encuentran al borde de un mismo precipicio, la importancia de que se imponga la inteligencia sobre la fuerza bruta, no puede ser más urgente.
Viviendo y dejando vivir, evitando que la grandilocuencia del poder consiga alienarnos el pensamiento con el resonar de sus tambores lejanos, seremos mucho más fuertes y libres.
Nunca los salvadores de las Patrias hicieron por la población civil nada más, que utilizar maliciosamente y en su propio favor, el envilecimiento provocado de sus acciones.
Volver a caer en sus redes, sería pues, la mayor necedad que podría cometer quien ya sabe por experiencias anteriores, que las guerras no cambian jamás la historia de los que menos tienen.



lunes, 3 de marzo de 2014

Saber y callar


Muchos españoles esperábamos impacientes la entrevista de Jordi Évole a Pedro J. Ramírez (Salvados, la sexta, el pasado Sábado), con la esperanza de que el recientemente cesado director de El Mundo, abriera la caja de los truenos de toda la información que con toda probabilidad, ha ido acumulando durante sus años de acercamiento al PP,  para poner al corriente a la opinión pública de  aquello que guardó en un cajón, a pesar de saber que podía constituir una  bomba de relojería, para los principios en que han cimentado su ascensión al poder, precisamente quiénes hoy lo detentan.
Pero como dice el refrán, más sabe el diablo por viejo que por diablo y la pericia adquirida durante tantos años de oficio, ha debido enseñar a Ramírez que en determinados asuntos, uno vale más por lo que calla que por lo que dice.
Enrocado en un falso pundonor y escudándose en un secreto profesional que nunca resulta imperativo cuando se trata de conversaciones personales, el ex director ni siquiera se permitió demostrar el innegable disgusto que ha debido provocarle su fulminante cese y no atacó, más que en asuntos nimios y sin ninguna importancia, ni a los miembros del gobierno que todo el mundo intuye como presuntamente culpable de su marcha, ni a ninguno de los políticos actualmente en ejercicio, ni de un signo, ni de otro, a pesar de reconocer tácitamente le enorme desilusión que se había llevado con el poder, llegando incluso a poner en duda si su voto en las próximas elecciones europeas, podría cambiar radicalmente de signo.
Solo la vieja cruzada personal que mantiene con Felipe González, afloró, como siempre, dejando claro que sus diferencias a raíz del caso de los Gal, no han quedado resueltas  y evidenciando que desde entonces hasta hoy, no han dejado de ser enemigos, a pesar del acercamiento que Padro J. protagonizó después con Zapatero, según él, siempre en contra de la opinión del otro ex Presidente Socialista.
De nada sirvió la mordacidad natural de Évole, al que  la enorme experiencia del ex director de El Mundo, le hizo parecer en todo momento, un principiante asustado ante el elemento de poder que tenía enfrente y que no le dejó oportunidad de abrir ni un pequeño resquicio por el que entrar en las profundidades oscuras del ambiente en que se ha movido el periodista, durante sus años de apoyo a los conservadores.
Saber y callar, es la baza que guarda celosamente Pedro J. debajo de su manga, seguramente a la espera del momento oportuno para negociar el destino de toda la información comprometida que posee, en la esperanza de poder volver a trabajar en cualquier otro medio, cuestión que no tiene fácil, al haberse implicado tanto con una determinada ideología, que ahora le ha dejado, en el más absoluto abandono.
 Ni las partidas de padle con Áznar,ni sostener durante tantísimo tiempo la teoría de que ETA estuvo detrás del atentado del 11M ( cosa que puso en duda ahora, en la entrevista), han servido absolutamente para nada a Ramírez, en cuanto se ha atrevido a elegir otra facción del PP, distinta a la que ahora gobierna este país y que no entiende de lealtades.
Solo, al menos en apariencia, frente a la maquinaria del poder, la conveniencia de guardar silencio parece necesaria para que otras fuerzas no decidan que debe ser condenado a un ostracismo aún mayor que al que ahora le condenan Rajoy y los suyos, claramente indignados por el apoyo demostrado por el periodista, al sector que encabeza Esperanza Aguirre.
Como a todos los que adoptan esta postura, los españoles le pedimos, que hable. No encaja la concepción de periodismo libre que dice defender durante la entrevista, con el inexpugnable silencio que vierte después sobre todos aquellos temas que tienen que ver, probablemente, más con la corrupción que con la política y que todos tenemos derecho, como ciudadanos, a conocer.

  


domingo, 2 de marzo de 2014

Memoria de un poeta


A los  setenta y cinco años de su muerte, los versos del poeta Antonio Machado, una víctima más de las muchas que trajo nuestra guerra civil, continúan conservando una vigencia, que parecería inexplicable, si este país nuestro hubiera conseguido consolidar una evolución real y no hubiera asentado en cimientos de barro, los principios de progreso por los que se ha luchado denodadamente, desde la llegada de nuestra joven Democracia.
Forzosamente exiliado, hasta en la muerte, descansando en su humilde tumba de Colliure, junto a su madre, todo el mérito que su trayectoria merece, parece anulado impíamente por un terror aún hoy insuperado, que no sólo condenó a los perdedores de la contienda a elegir entre el ajusticiamiento o la huída, sino que se empeñó en sepultar en el silencio su memoria, sin que  se hayan podido recuperar, ni muchos de sus restos esparcidos por la geografía nacional, ni la libertad de pronunciar abiertamente sus nombres, sin ser inmediatamente respondidos por los hijos de los vencedores, reclamando una concordia que nunca será posible, hasta que cada cual haya recuperado su lugar familiar y su sitio en la historia mal contada que se nos impuso durante demasiado tiempo.
Recordar a Antonio Machado, tener el placer de releer sus versos, es necesariamente emocionarse, sin poder entender qué puede llevar a los hombres a comportarse de un modo tan vil con sus semejantes, independientemente de las discrepancias que puedan existir entre unos y otros, en el plano ideológico que los seres humanos eligen según su conciencia y sin la pretensión de hacer daño a los que no piensan como él, al menos inicialmente.
La Universalidad de este poeta ha hecho imposible, como se pretendió durante la dictadura, silenciar su memoria y aquello que escribió, sigue hoy conmoviendo a millones de personas en todo el planeta, sin que la animadversión que se intentó crear hacia él, por sus creencias, haya podido enterrar el valioso tesoro de sus palabras. 
Aquel tiempo convulso que también a él tocó vivir y la decisión de ponerse al lado de los que gobernaban legalmente, a pesar de que no se conoce que jamás hiciera de las armas la fuerza de su razón, fue suficiente para convencer a los partidarios del golpe de Estado, de que Machado era, igual que Lorca, Hernández, Alberti  u otros muchos intelectuales en su misma situación, un elemento no deseado que había que destruir, quizá porque el poder de la palabra no conoce límites ni fronteras y puede persuadir, con más potencia que la más destructiva de las armas, a todos aquellos que simplemente con leerlas, entienden su significado y lo defienden hasta las últimas consecuencias.
Estando como estamos en un periodo difícil de nuestra historia y viendo como vemos, las graves injusticias que se cometen a diario contra todos nosotros, no se me ocurre mejor homenaje que recordar uno de sus poemas, para que todos aquellos que lo lean por primera vez, hagan el ejercicio mental de trasladarlo al día de hoy, para sorprenderse de la vigencia que mantienen sus letras.
Presente entre nosotros a través de su obra, Machado es afortunadamente para quienes le admiramos, inmortal. Amamos su memoria y transmitimos pues, como podemos, sus versos.

El mañana efímero

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.

El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero;
a la moda de Francia realista,
un poco al uso de París pagano,
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.

Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahur, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste
cuando se digna usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.

El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero,
el vacuo ayer dará un mañana huero.

Como la náusea de un borracho ahito
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.

Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.

Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.


miércoles, 26 de febrero de 2014

La ceguera


Puede que a Mariano Rajoy no le importe la unánime opinión que han manifestado todas las demás fuerzas políticas, contra su manera de manejar las riendas del País y puede que confiando en la seguridad que le otorga su mayoría absoluta, desoiga como viene haciendo desde su llegada al poder, todos y cada uno de los argumentos que se han puesto encima de la mesa en este debate sobre el Estado de la Nación, como si la única realidad que existiera, fuera la de color de rosa que nos ofrecen los líderes populares en todas sus intervenciones y también en la de ayer mismo.
 Puede que creyendo en su infalibilidad, probablemente influido por su ferviente catolicismo, confíe en que no existe ni un pequeño margen de error en su gestión política y hasta puede que esté viviendo un sueño fantástico, en el que sólo oye las voces aduladoras que susurran en sus oídos que es el mejor Presidente que se ha conocido en España.
Puede que condicionado por  la imposibilidad de estar en contacto directo con la calle, no haya llegado a comprender la auténtica dimensión de la angustia que atenaza a millones de españoles y puede que sea tan fuerte el convencimiento ideológico que le embarga, que no sea capaz de concebir otra vía para la humanidad y para esta España en concreto, que la que ofrecen los magnates del capitalismo.
Pero cuando se da la circunstancia de que todas las voces, provengan de la corriente que provengan, coinciden en señalar una y otra vez los mismos errores y basta con mirar alrededor para entender sin tener una privilegiada inteligencia, que las medidas que uno ha estado aplicando no han obtenido otro resultado que el de un estrepitoso fracaso, no debe ser tan difícil llegar a la conclusión de que quién se equivoca es uno mismo, sin que quede otro camino que recurrir a una urgente rectificación, si se considera como cierto, que equivocarse es de sabios.
No cabe mayor vergüenza para un político que la de tener que oír de todos y cada uno de sus adversarios, afirmaciones que ponen en duda la limpieza de su trayectoria personal y menos aún, si abierta o tácitamente, se le llega a relacionar junto con muchos otros miembros de su Partido, en los casos más graves de corrupción acaecidos en este País y que verifican las cifras de imputados del PP que todos conocemos a través de la prensa.
Y sin embargo, la mueca en la cara del Presidente que todos pudimos ver tras la celebración del Debate, ni siquiera delataba un atisbo de mínima preocupación, ni denotaba las heridas que inevitablemente tuvieron que dejar en él, los múltiples ataques personales que acababa de recibir desde el púlpito del Congreso.
 ¿Cree por tanto Mariano Rajoy que su estancia en el poder será eterna, sin que la oposición demostrada por todos los demás ni el serio desgaste sufrido en estos dos años de mandato, puedan pasar factura en las urnas a su mala gestión de la crisis?
Puede que la soberbia le impida adivinar el destino que seguramente le espera, pero el menosprecio aplicado contra sus adversarios políticos, no evitará de ningún modo que la soberana opinión de los españoles termine por colocarlo, exactamente, justo en el sitio que merece y aunque quizá no sea precisamente quién más teme, el más beneficiado de su pérdida, también la división de los votos acaba por derribar al más sólido de los líderes, colocando en su lugar, en muchos casos, a aquel al que menos atención se prestó, e incluso se ninguneó, pensando que no tenía la menor oportunidad de llegar a ser el protagonista de ninguna historia.




martes, 25 de febrero de 2014

El mal estado de la Nación


Un Rubalcaba que recordó al Alfonso Guerra de otros tiempos, trituró ayer las tesis de Mariano Rajoy durante el debate del Estado de la Nación, con la contundencia de un discurso que podría asumir la totalidad de los españoles y que de no ser por el mal recuerdo que todos tenemos de la última etapa de Zapatero, bien podría volver a encumbrar al PSOE hasta el poder, con la contundencia que en tiempos de Felipe González le otorgó la fuerza  de los votos.
Como una apisonadora pasó Rubalcaba  sobre el triunfalismo que Rajoy había intentado transmitir durante su intervención en el Parlamento, restando importancia, incluso, a las medidas fiscales que con afán electoralista anunció el Presidente allí mismo, con carácter de urgencia, mientras fue enumerando, una a una, la infinidad de recortes que se habían aprobado en los dos años de Gobierno de los populares y que han llevado a los ciudadanos a una desesperación que en nada casa, con las “magníficas” perspectivas que oficialmente se auguran para nuestro futuro.
El discurso no pudo ser más realista y no ahorró el líder socialista dramatismo en cada una de sus bien estudiadas palabras, llegando incluso a superar en radicalidad a otros grupos de la izquierda y volviendo a traer a la memoria de los españoles la emoción que en otros tiempos, conseguía mantenerlos pegados a la pantalla del televisor, cuando se celebraban sesiones en el Parlamento.
No hubo lugar a tregua para un Presidente de Gobierno que sorprendido por lo inusual de la situación, no supo responder al reto del veterano que tenía enfrente y que, para desgracia propia, fue vapuleado sin piedad por la fuerza de los argumentos, quedando en evidencia que todas las presunciones que pretendía establecer, nada tenían que ver con la realidad cotidiana que tan bien conocemos los españoles y que debemos agradecer, en su totalidad, a la pésima gestión que los populares han hecho, desde que aterrizaron en la Moncloa, en Noviembre de 2011.
Puede que el tiempo de Alfredo Pérez Rubalcaba haya pasado y que esté pensando seriamente en retirarse de la política, pero de ser así, su marcha no será desde luego por la puerta de atrás, sino avalada por la importancia de este mensaje desgarrador, que prueba que incluso un cadáver político puede, si se lo propone, resurgir un momento de sus propias cenizas, para protagonizar una intervención histórica en un Hemiciclo, absolutamente deteriorado por la inconsistencia de los discursos que allí se han venido vertiendo en los últimos tiempos.
Sin caer en la tentación de ofrecer el voto al PSOE en los próximos comicios europeos, valió la pena ayer escuchar lo que Rubalcaba decía, aunque no fuera más que por saber que los reiterativos argumentos electoralistas de los populares, pueden ser aplastados, con el simple ejercicio de recurrir a la verdad, asumiendo el discurso que desde la calle transmite la sociedad todos los días, con la esperanza de que, como ayer, algún político  lo haga suyo en el Parlamento.
Así que siendo justos, no queda más remedio que agradecer a Rubalcaba que se atreviera a expresar desde la tribuna parlamentaria, todo lo que otros llevamos diciendo y escribiendo desde hace años, desde otras posiciones menos relevantes, pero cargados de la misma razón y con el mismo derecho a ejercer la protesta que pueda asistir a los parlamentarios que, al fin y al cabo, todos elegimos.


lunes, 24 de febrero de 2014

Cómo manipular a una audiencia


Durante casi una hora, el genial Jordi Évole mantuvo a los españoles pegados al televisor, construyendo una curiosa teoría sobre el golpe de Estado de Febrero de 1981, que mientras duró, consiguió echar por tierra las infinitas informaciones que sobre este tema se habían publicado hasta ahora e incluso logró ir provocando en la audiencia un encrespamiento creciente, que sólo se sofocó cuando al final de la emisión, se aclaró que todo había sido un engaño.
La participación en el programa de líderes políticos de todo signo, periodistas e historiadores de primer orden y la de un José Luís Garcí entregado a su papel de colaborador en la preparación de un falso golpe de Estado, confirieron a la ficción unos tintes de credibilidad, que al final dejaron la sensación de que resulta sumamente fácil elaborar una teoría conspirativa y hacerla absolutamente creíble para unos espectadores, proclives a caer de bruces en cualquier manipulación, si se  fabrica con suficiente seriedad, como para que nadie pueda dudar de su veracidad, aunque resulte ser del todo incierta.
Quizá los televidentes de mayor edad, que vivimos en primera persona el curso de los acontecimientos históricos que se dieron previamente al golpe de Tejero, adivinamos enseguida que el programa tenía más que ver con La guerra de los Mundos de Orson Wells, que con una realidad oculta hasta ahora, sobre todo porque conociendo el talante de los españoles, resulta prácticamente imposible creer que sabiendo tanta gente lo que se nos estaba narrando, nadie hubiera tenido durante más de treinta años, la tentación de enriquecerse con un relato de tamaño interés, sobre todo teniendo en cuenta el amor al dinero que han demostrado tener los políticos, a juzgar por los casos de corrupción que hemos ido sufriendo y que no cesan de aparecer a diario, en la prensa.
También podía dar una pista sobre que todo era ficción, el hecho de que viviendo aún líderes de la categoría de Felipe González, Alfonso Guerra y otros muchos que formaron parte de aquel Parlamento, ninguno de ellos apareciera en pantalla apoyando la teoría que se estaba exponiendo y todo recayera en políticos de importancia menor, como es el caso de Alcalá o Vestringe, en relación con los primeros.
Pero los más jóvenes, que no vivieron el momento y cuya visión de los políticos no puede ser otra que la de considerarlos  embaucadores profesionales, por lo que ahora están conociendo, seguramente cayeron del todo en la trampa y creyeron, a pies juntillas, lo que el periodista estaba poniendo en pie durante el programa y que podría haber sido, bien mirado, totalmente cierto.
Puede que a mucha gente le haya molestado esta especie de broma macabra, construida alrededor de un tema tan serio, pero todo cobra un sentido distinto si, como al final del programa se explica y treinta y tres años después de que sucedieran los hechos, todavía los investigadores se ven ante la imposibilidad real de avanzar en el conocimiento de lo que pasó en realidad, puesto que se les impide acceder a documentos e informaciones que se guardan celosamente, sin que se sepa la verdadera causa de este inexplicable silencio.
Sin que aún sepamos por ejemplo, la importancia que tuvieron entonces los que desde la vida civil apoyaron de mil maneras la preparación y ejecución del golpe y ni siquiera todos los nombres de los mismos, cada nuevo aniversario de aquel 23-F, se vuelven a repetir los mismos programas en las mismas cadenas, sin que ninguno de ellos aporte nada nuevo que resulte importante para el esclarecimiento de lo ocurrido, a que los españoles tenemos derecho.
Nadie puede negar pues, a Évole, la genialidad de atreverse a jugar el partido en un campo distinto, ni la osadía de demostrarnos a todos que si alguien quiere y dispone de los medios a su alcance, se puede escribir una historia absolutamente distinta a la que sucede en realidad y convencer a las mayorías de que lo que se está contando es cierto.
Aunque eso ya lo intuimos los españoles cada vez que oímos y vemos al Gobierno Rajoy en sus apariciones televisivas y luego miramos comparando, la realidad que padecemos los ciudadanos, comprendiendo inmediatamente, que es otra bien distinta.


domingo, 23 de febrero de 2014

La incógnita ucraniana


Como si la guerra fría aún tuviera vigencia y los dos grandes bloques capitalista y comunista permanecieran, cada cual, anclados en sus posiciones más radicales, el estallido social sobrevenido en Ucrania en los últimos días, ha vuelto a colocar en el mapa a esta República ex soviética y dividiendo a sus habitantes en partidarios u opositores de las políticas de su gobierno, con el trasfondo amargo de miseria que también hasta allí han llevado la crisis  y la corrupción, como a otros lugares de Europa.
Siendo ya la violencia incontrolable y habiendo producido un número indeterminado de muertos, la presión popular y la deserción en masa de una gran parte del ejército han dado como resultado la huída y posterior detención del Presidente Yanukovich y la liberación de la lideresa Timoshenko, que se había convertido en la única esperanza para una parte de la población.
Veníamos avisando hace tiempo que no tener nada que perder puede mover a las masas a tomar decisiones que probablemente en tiempos de bonanza, resultarían para ellas del todo inaceptables y que cuando una línea política tensa tanto la cuerda, que los que están al otro lado empiezan a sufrir síntomas de ahogamiento, puede ocurrir cualquier cosa, sobre todo si el contexto cercano ofrece una imagen, muchas veces falsa, de perfecta estabilidad y la información que acaba llegando a través de una publicidad  engañosa, sólo augura un sinfín de beneficios para los que forman parte de un determinado grupo, como podría ser el caso de la Unión Europea, obviando la cara oculta de otra realidad, que en este caso únicamente conocen en carne propia, aquellos grupos sociales que la padecen.
Concretamente en Ucrania, a la que nadie niega estar soportando una situación probablemente insostenible, haber permanecido quizá demasiado tiempo bajo la influencia soviética, le ha reportado un deseo de cambio del todo natural, pero que seguramente se poya en unas determinadas perspectivas, que podrían no ser todo lo halagüeñas que los ucranianos esperan o incluso llegar a colocar a su país, si finalmente se produce su ingreso en la Unión, en escenarios parecidos a los que padecen en la actualidad, Grecia, Portugal, Irlanda o la misma España.
Quizá por eso y porque la rebelión se ha visto fuertemente apoyada por grupos de extrema derecha, la incógnita que abre lo que puede suceder a partir de ahora en Ucrania, se nos antoja, cuando menos, imposible de predecir y ciertamente inquietante, si en el futuro la supuesta dictadura que abandonan, se transformara en otra de signo diametralmente opuesto, pero como todas ellas en general, igualmente nefasta para los ciudadanos de a pie, como suele suceder en todos aquellos lugares donde se asientan ambas.
De la dirección que vayan tomando los acontecimientos y de la madurez que pueda demostrar el pueblo ucraniano en las próximas fechas dependerá en gran parte, el discurrir de su futuro.
Dejarse llevar por las vanas palabras de iluminados  salvadores, dispuestos a prometer la transformación de un erial en un paraíso, suele acarrear, tras un primer periodo de enajenación colectiva, producida por las mieles de lo que se considera un triunfo, una gran decepción, sobre todo si el prometido reparto de la riqueza, termina beneficiando sólo a la élite del poder y a una serie de monopolios que con toda seguridad, estarán deseosos de establecerse, en nuevos territorios que incrementen los horizontes de sus ganancias.
Deseamos al pueblo ucraniano, sensatez para madurar antes de lanzarse al vacío y la cordura necesaria para no dejarse embaucar por el espejismo que ofrecen determinados centros de poder, ávidos por ampliar la circunscripciones que abarcan sus agresivas políticas neocapitalistas, cuyo único deseo resulta ser, al fin y a la postre, el de conseguir que nadie escape a su control y que todos quedemos atrapados bajo el mando tiránico que su forma de protección nos ofrece.