domingo, 30 de septiembre de 2012

Ceguera incurable




Dice el refrán, con razón, que no hay peor ciego que el que no quiere ver y esta máxima se está cumpliendo religiosamente, en el caso de nuestro Presidente del Gobierno.
Iniciando una nueva etapa mitinera en Galicia y rodeado por los halagos de unos incondicionales, a los que parece haber venido de perlas su gestión, centra su discurso en la economía, como no podía ser de otra manera, pero obviando intencionadamente el clamor popular que está reclamando en la calle su dimisión y que en los últimos días ha incrementado considerablemente su número, tras las terribles cargas policiales de Madrid y las alusiones que a la mayoría silenciosa se hacen continuamente, como justificación a los inaceptables recortes.
Con la espalda cubierta por un despliegue inusitado de fuerzas del orden, perfectamente entrenadas para no dejar una sola rendija que permita la cercanía física con la clase política y negándose a oír las verdades que a nivel personal, los ciudadanos expresan sobre la gravísima situación que atraviesan, ahora solo interesa volver a encantar a la sociedad con mensajes dulzones y promesas inalcanzables, para obtener su voto en las próximas elecciones de Euskadi, Cataluña y Galicia.
Le ha venido bien al Presidente la algarabía levantada por el ansia independentista, para avivar el espíritu patriotero de un nacionalismo español, hábilmente orientado durante mucho tiempo, en contra de los catalanes y olvidar las continuas lesiones que se están infringiendo sobre todos nosotros, a causa de las medidas adoptadas en estos diez meses de gobierno y para ocultar celosamente las que aún vendrán, una vez superadas las elecciones, y según el resultado que se obtenga.
Pero a la mayoría de los españoles, francamente, le importa un carajo la cuestión independentista y lo que realmente les gustaría saber es qué se hará para mejorar el desastroso panorama laboral que tenemos encima y cuándo podrán abandonar las colas del INEM y el subsidio de 400 euros, para volver a ser útiles para el País y recuperar la dignidad robada por el desgobierno de los que detentan el poder.
Es más, si el pueblo catalán fuera consultado en uno de esos referendums que nunca se convocan, sobre si preferirían ser independientes o acabar con el paro de manera fulminante, me atrevo a pensar que la segunda opción ganaría por mayoría escandalosa y la cuestión quedaría zanjada, al menos por un largo periodo de tiempo.
Poco importan las fronteras cuando hay necesidades básicas que cubrir, porque entonces cada cual suele decantarse por aquellos que ofrecen a corto plazo soluciones tangibles para los problemas personales que le acucian y los grandes temas ideológicos quedan relegados a un segundo lugar, prefiriéndose el bienestar anímico y físico de los protagonistas de las historias, aunque respetando el pensamiento múltiple, en una convivencia pacífica, lejos de los conflictos.
La ceguera de Rajoy, probablemente tampoco le permite ver estas cosas. Es lo que tiene vivir aislado en una burbuja blindada, sin implicación personal en la realidad latente de la nación y despreciar a los que te contradicen, creyéndote en posesión de una verdad que sólo cosecha fracaso tras fracaso.
Pero hay determinada clase de gente que únicamente baja a nivel de calle, en defensa de cruzadas carpetovetónicas hace ya tiempo superadas y en compañía de ilustres miembros de la Religión a la que pertenecen, clamando por el derecho a la vida de los no nacidos y utilizando descaradamente a los disminuidos físicos y psíquicos de sus familias, como demostración de una bondad, que luego se tambalea, cuando se trata de amparar a las clases humildes de la sociedad, como si vivir para ellos, no constituyera también un derecho.
Las manifestaciones populares, que en este caso particular se hallan absolutamente desligadas de tintes políticos y que cuentan con la participación de todos los estamentos de una sociedad vapuleada hasta el hartazgo, no son sin embargo, dignas de ser tenidas en cuenta por todo un señor Presidente de la Nación, que vuelve a jugar a ser “honesto”, en cuanto se le proporciona la oportunidad de hacer discurso, en su propio interés electoral y el de su partido.
Si yo fuera presidente y el grito unánime de la ciudadanía reclamara con contundencia mi dimisión y la de los míos, creo que al menos me sentaría a reflexionar, para dilucidar en qué momento se me torcieron los caminos y trataría de buscar una solución digna para encontrar una sintonía con los que me colocaron en el lugar que ocupo.
Pero no es mi honradez la que ahora está en tela de juicio, ni yo he perjudicado en mi vida, a nadie, dando la espalda a lo que se me pide.



jueves, 27 de septiembre de 2012

Rajoy y la realidad española





Aparentemente mucho más preocupado por el problema de Cataluña, que por lo sucedido anteayer en Madrid y volviendo a utilizar a las mayorías silenciosas, creyéndolas, ilusamente, a favor de su política, el Presidente Rajoy, que empieza a parecer una caricatura de sí mismo y que como en todos los sucesos relevantes que nos ocurren, se encontraba fuera del País, reaparece y se niega en redondo a contestar las preguntas de los informadores extranjeros, sobre todo lo ocurrido en la tarde del 25S, y en particular, sobre la dureza policial empleada contra los ciudadanos en las calles de la capital.
Cada vez más encerrado en su inexpugnable caparazón, en el que no parecen penetrar siquiera los ecos del descontento generalizado que sacude nuestros pueblos y ciudades, firme en su empecinamiento de aplicar cualquier tipo de recorte que satisfaga las exigencias de Europa, ya ni siquiera pone un poco de voluntad en cumplir con la obligación que conlleva su cargo, en cuanto a los periodistas nativos se refiere, y da la impresión de haber llegado a un punto en que ni siquiera trata de ocultar sus verdaderas intenciones de continuar en el puesto, sordo al clamor popular que le reclama que se vaya.
Mucho más tranquilo, se supone, tras la dimisión de su enemiga principal Esperanza Aguirre y retomando el discurso patriótico que siempre llevó firmemente anclado en el pecho, vuelve a herir sin recato a los ciudadanos anunciando un recorte del trece por ciento en cultura, una nueva congelación del sueldo de los funcionarios y una reducción del gasto público que se traduce en que no habrá nuevas contrataciones y en que se amortizarán los puestos que vayan quedando vacantes.
Extrañamente, porque nos encontramos en un territorio en paz, estas medidas de austeridad laboral no incluyen al Ministerio de Defensa, ni por supuesto al de Hacienda, en su afán de recaudar cuántos más caudales se puedan de los bolsillos de la ciudadanía, es decir de los que desde el primer momento, venimos pagando la crisis.
Pero si las protestas continúan, como es de prever, y siguen subiendo de tono ante la falta de atención que este ejecutivo presta a las reclamaciones de su pueblo, nadie debiera esperar otra cosa más que un estallido social de envergadura, que probablemente dejará en pañales las exigencias de Mas, por su contundencia.
Puede que los que rodean al Presidente no den importancia a las protestas que en todos los ámbitos se están produciendo, o al menos no la misma que daban a sus salidas a la calle, en compañía de la curia eclesiástica, en contra de los matrimonios homosexuales y la ley del aborto. Claro que entonces eran ellos los indignados y su opinión, como “clase dominante”, debe tener mucha más categoría.
Esto, que hablando claro significa ningunear a la ciudadanía, aplaudiendo a los que no tienen opinión y por tanto, no significan oposición alguna a su mandato, pone de manifiesto que a pesar de sus esfuerzos por bandear el temporal con fingidas sonrisas, la preocupación que los acontecimientos están produciendo en ellos es honda y que rezan porque no se multipliquen las cifras de participantes en las convocatorias venideras.
Porque la verdad es que en un país en crisis, casi nadie puede permitirse un desplazamiento a la capital o a cualquier otro sitio, sin provocar una catástrofe en la justísimo economía familiar, aunque en esencia, les hubiera encantado acompañar anteayer a los manifestantes allí reunidos y están de acuerdo, con todas y cada una de sus reivindicaciones.
Además, si se tomara nota de los asistentes a todas y cada una de las innumerables protestas que se efectúan a diario a lo largo y ancho de nuestra geografía y alguna cámara curiosa recorriera todos los lugares en los que se critica abiertamente la política del gobierno, se podría comprobar con facilidad que la mayoría silenciosa a la que se refiere Rajoy es absolutamente inexistente y que no cuenta con otros apoyos más que los de sus correligionarios y no en todos los casos, pues ya se oyen bastantes voces discordantes.
Pero falta valor para enfrentarse a la auténtica realidad española, esa que tanto asusta mostrar a los socios capitalistas de Europa y para admitir los errores garrafales que nos están llevando al camino de la pobreza y para reconocer que se llegó al poder de manera fraudulenta, aprovechando la inocencia de una parte de la ciudadanía, a la que se timó con promesas electorales que nunca llegaron a cumplirse.
La sociedad no está en silencio, es pobre. Y su pobreza, que ya se ha instalado en todos los estamentos posibles, ha de atribuirse necesariamente a una mala gestión gubernativa llevada a cabo por quienes, en este preciso momento se encuentra en el poder.
Quieran o no admitirlo, la verdad es la que es, España está como está y la indignación está alcanzando ese momento crucial en que todo puede romperse. Sólo cabe esperar que la cordura de la ciudadanía sea mayor que la de sus gobernantes y no traspase la delgada línea que la separa de la violencia.





miércoles, 26 de septiembre de 2012

Violenta represión en Madrid




La doble moral del Gobierno español, que le permite criticar con dureza lo que sucede en las calles de Siria, exigiendo junto con sus socios europeos la inmediata dimisión del tirano, justifica a la vez las órdenes dadas a los antidisturbios de Madrid, que convirtieron la manifestación ciudadana de la tarde de ayer, en una película de terror, en la que la represión se cebaba con todas sus fuerzas contra los inocentes.
Entretanto, amparados por el blindaje inexpugnable que los parapetaba dentro del Congreso, los parlamentarios españoles celebraban una sesión de aparente normalidad, sin querer escuchar las reivindicaciones de la voz popular, que exigía mientras era brutalmente apaleada, la inmediata dimisión de Rajoy.
Pero el dispositivo preparado alrededor de este acontecimiento y la aparente intranquilidad que reflejaban las caras de sus señorías, eran una demostración flagrante de que en el fondo les acuciaba el miedo a tener que mirar a los ojos a todos aquellos a los que han venido mancillando con alevosía, en estos últimos años de auténtico desgobierno.
Decía Cayo Lara, que fue el único líder en atreverse a llegar hasta el mismo límite de las vallas de seguridad, que si un político teme a su pueblo, tiene perdidas todas las batallas, pero habría que añadir que si además de temerle desobedece el mandato que el pueblo le encomienda y actúa en su contra elaborando leyes y medidas que lesionan gravemente su bienestar, debiera por ello presentar de inmediato la dimisión y dedicarse a otro oficio que requiera menos dedicación, aunque pierda con ello todos los privilegios obtenidos por el mero hecho de ostentar un cargo de importancia.
Ésta sería la postura de honradez que merecen los ciudadanos de un País de parte de los que supuestamente les representan y a la vez, ahorraría sufrimiento a quienes por su mala gestión lo padecen, proporcionándoles el derecho de escribir una historia distinta, protagonizada por otros mas aptos para gobernar una nación.
Pero si hemos llegado al extremo de que cada protesta se convierte en una batalla campal, en la que la policía en lugar de proteger la integridad de los ciudadanos, no hace otra cosa que seguir el mandato represor y tiránico de los políticos, habría que llegar a la conclusión de que se ha abandonado el camino de la Democracia y se ha instaurado entre nosotros, de nuevo, un régimen dictatorial en el que las fuerzas de seguridad han dejado de formar parte del pueblo, para ser esbirros del opresor y con el único fin de mantener su integridad física y la hegemonía de unos ideales impuestos.
Los sesenta y cinco heridos de ayer en Madrid son hoy la demostración flagrante del tipo de política que el PP piensa practicar contra quien se le oponga y una vergüenza nacional que mancha el curso de la convivencia pacífica, intentando disuadir a los españoles de su protesta, con toda una serie de armas modernas que van desde la porra tradicional, a otros artilugios menos conocidos.
El hecho de que además, haya policías infiltrados en las manifestaciones, disfrazados con indumentarias similares a las que suelen vestir los jóvenes de la indignación y que los agentes uniformados se nieguen reiterativamente a identificarse ante los ciudadanos que así lo reclaman, no hace más que agravar la situación en la que nos vemos obligados a vivir, convirtiéndose en una nueva reivindicación, al chocar frontalmente con nuestros más fundamentales derechos.
Familias que acudieron ayer a la manifestación, y que trataron de huir de los altercados, en muchos casos acompañadas de niños pequeños, fueron también perseguidas con ferocidad hasta las bocas de metro y reprimidas allí por estas fuerzas de desorden, con toda la contundencia que les permite el poder de su superioridad.
Nadie se libró ayer de la violencia. Jóvenes o mayores, mujeres, hombres y niños, periodistas en cumplimiento de sus funciones, e incluso empleados de reparto que trabajaban por la zona, fueron indiscriminadamente agredidos, por el mero hecho de manifestar su indignación y ejercer su libertad de expresión, pidiendo la dimisión del Gobierno.
Al Presidente, fuera del País, lo único que parece importarle es la imagen que España pueda dar, allende nuestras fronteras.
Pues bien, esta es la imagen real que España presenta en estos momentos, el desastre emocional que nos ha traído, con su política, el Partido Popular, con Rajoy a la cabeza.
También esta situación nuestra debe preocupar a la opinión internacional, en la misma medida en que lo hace la situación Siria y en que lo hicieron, en su momento, los movimientos populares de los países árabes. Cuando las voces de los pueblos se alzan en contra de una determinada manera de gobernar, siempre subyace en el subsuelo un tufo de injusticia que hace a los ciudadanos cambiar la comodidad del hogar, por el riesgo de la protesta en las calles.
Y esto no ha hecho más que empezar. La gente, que ya nada tiene que perder, está perdiendo el miedo.





martes, 25 de septiembre de 2012

Razones para rodear El Congreso




A los que no podemos estar hoy en Madrid, pero que estamos de acuerdo con todas las reivindicaciones que allí se reclaman, nos invade una sensación de regusto amargo y una especie de complejo de culpabilidad, aunque sabemos que la lejanía y la economía resultan ser la única clave de nuestra ausencia.
Cuando se oye a la Delegada del Gobierno de la Comunidad de Madrid comparar lo de esta tarde con un golpe de Estado y uno piensa que es la ciudadanía quien protagoniza las manifestaciones, en principio de forma pacífica, a la imposibilidad de estar dónde debíamos estar se suma, además, la indignación por que se intente manipular de manera tan sibilina un derecho constitucional, tal cual es el que asiste a la sociedad para manifestar libremente su descontento con el tipo de política que, en su contra, se está practicando y que se demonice tan burdamente la opinión de la ciudadanía, sin ninguna capacidad de autocrítica, con la que reconocer públicamente, la incapacidad de los políticos para gobernar el País y para sacarlo airosamente, de la crisis que corroe sus entrañas.
Y porque no `pertenecemos, aunque no estemos en Madrid, a esa mayoría silenciosa que tanto gusta mencionar a Rajoy, ni estamos dispuestos a que nuestras ideas sean esclavizadas por un puñado de “ilustrísimos ineptos”, cada uno de nosotros demuestra como puede, su apoyo a la concentración convocada y grita su amargo descontento desde el lugar en que se encuentra, uniéndose a la lucha popular emprendida con el afán de establecer un cambio real hacia una política de limpieza y transparencia, que acabe por enterrar la podredumbre y corrupción que se han establecido como naturales, en todos los rincones de la Nación.
No es ya sólo contra los recortes y las reforman que nos ahogan contra lo que estamos batallando, es también y principalmente, por restablecer la confianza absolutamente perdida por la ciudadanía en algo tan simple y fundamental como la honradez a carta cabal de quienes la representan y por hacer entender que el bienestar de los hombres ha de estar, necesariamente, por encima de las bolsas de valores y las cifras, que manejan tiránicamente el mundo, en claro perjuicio de quienes lo habitan.
Es, en justa defensa de una identidad, que nada tiene que ver ni quiere tenerlo, con el patrioterísmo barato y los colores de ninguna bandera, sino con la solidaridad que los hombres deben a su lugar de pertenencia y con el legítimo sueño de dejar la herencia de un futuro mejor a sus descendientes, basada en valores que ahora se están viendo ensuciados con demasiada frecuencia, como la dignidad y el respeto, que nos sumamos hoy a esta cita y a cualquier otra que se convoque, hasta que los problemas se resuelvan.
No valen los torpes intentos de justificar la agresividad con que se nos está tratando, ni las vagas explicaciones proselitistas que se nos ofrecen desde los partidos políticos existentes, tratando cada cuál de obtener mayorías electorales, pero sin moverse de un entorno inválido desde su nacimiento, para los que tenemos esperanza en un mundo distinto.
Sea como fuere, hemos nacido acompañados cada cuál de su inteligencia y es de ley que la utilicemos libremente, aceptando la teoría que más se acerque a nuestras convicciones personales, aunque de momento, la ideología que defendemos no responda a los credos establecidos, o diste mucho de parecerse a ninguna de las filosofías hasta ahora escritas.
Los que no estamos en Madrid, para información de nuestro señor Presidente, también gozamos, por fortuna, de esa capacidad de pensar que nos ayuda a elegir el camino que queremos tomar en la vida y no somos, en absoluto, títeres en las manos de ningún manipulador, incluidos sus correligionarios, a quienes tanto gusta atribuir a otros, conspiraciones orquestadas para buscar su derrocamiento.
Queremos que se vayan, sencillamente, porque fracasan en todo lo que emprenden. Como tocados por un destino aciago que embadurna de podredumbre cuanto tocan, el rosario de errores cometidos desde que aterrizaron el poder, ni parecen tener solución, ni tampoco un límite establecido en el que detenerse reconsiderando la posibilidad de una marcha atrás, que mejore, al menos en algo, nuestra vida y nuestra hacienda.
Queremos que se vayan, porque no queda un solo punto de su programa electoral que no haya sido violado o vapuleado sin pudor, dejando al descubierto la gran mentira que se urdió para atraer hasta las urnas a todos aquellos que, sin llegar a los extremos en que ahora se encuentran, ya habían empezado a sufrir los efectos de esta locura bajo el Gobierno Zapatero.
Ya no vale la cantinela de la herencia. Sobre todo cuando a lo que se encontró habría que añadir toda una ristra de intentos fallidos, en forma de medidas y recortes justificados por la “emergencia”, que no han hecho otra cosa que agravar en grado superlativo un estado de malestar, que se ha cebado especialmente con las clases trabajadoras y los más débiles de la sociedad, sin que se haya visto un solo gesto de contundencia hacia los sectores más poderosos, claramente beneficiados por la Reforma Laboral, la Amnistía Fiscal y las inyecciones monetarias a los organismos en los que amasan su dinero, que campan a sus anchas por sus respetos, sin que se ponga freno a su avaricia, ni se censure judicialmente su conducta, como corresponde a derecho.
Los que no estamos en Madrid y los que están, somos en realidad los encargados de mover toda la maquinaria que hace posible la viabilidad de un proyecto político y únicamente nuestra voluntad, y ninguna otra cosa, permite la presencia en las instituciones de quienes asumen la función de representarnos, pero siempre bajo la estrecha supervisión y aceptación de sus electores.
Por eso parece increíble que haya que recurrir a un blindaje policial faraónico para evitar la cercanía física entre nosotros y resulta inaceptable que se nos califique como golpistas, cuando no hacemos otra cosa que procurar que se oigan nuestras voces.
También por eso queremos que se vayan, pues en ninguna parte está escrito que los escaños, en España, sean vitalicios.





lunes, 24 de septiembre de 2012

El ejemplo luso




Contradiciendo a todos aquellos que sostienen que de nada sirve a los pueblos salir a las calles para reclamar sus derechos, los portugueses acaban de comprobar en carne propia, que cuando arrecia el temporal, no hay mejor remedio que combatirlo con todas las fuerzas de que se dispone y no dejar que los elementos acaben llevando a la deriva un barco, gobernado por la ineptitud de algún mal timonel.
En peor circunstancia que nosotros, tras haber comprendido que las exigencias pedidas a cambio del rescate sí que repercuten, y gravemente, sobre el bienestar de los ciudadanos, haciendo un ejercicio de valentía bastante propio de quién ya nada tiene que perder, la sociedad lusa se ha tirado a la calle y se ha mantenido en ella sin rendición, a lo largo de varios días, hasta conseguir que su gobierno haya dado marcha atrás en la dureza de los recortes que ahora preparaba para satisfacer a la usura europea y por vez primera, desde hace mucho tiempo, se ha plantado cara a los todopoderosos, propinándoles una sonora bofetada, en sus sanos y lustrosos cachetes.
Basándose en la experiencia española del 15M, que ya consiguió bastantes adeptos, a partir de su creación, en el país vecino, las constantes agresiones sufridas por la ciudadanía desde que se produjo la petición de rescate y que resultan ser muy similares a las que se nos ha obligado a ir aceptando a los españoles, han tocado fondo acercando peligrosamente a una inmensa mayoría al límite de la pobreza y aún se reclamaba más, ignorando olímpicamente los límites de la avaricia y la decencia.
Para los agoreros que desde los púlpitos del poder siempre se declararon partidarios de no hacer concesiones en su línea de actuación y defendieron que estaban haciendo en todo momento, ”lo que había que hacer”, éste ha debido ser un revulsivo que desbarata la arraigada teoría del colaboracionismo con los fuertes del Continente y que pone en cuestión la proclamada inutilidad de la resistencia, como modo de conseguir abrir un camino distinto, para lograr un fin mejor para todos.
Yerran y mucho, los gobiernos que se consideran intocables y que confían en su perpetuidad por el mero hecho de haber obtenido un amplio triunfo electoral en las urnas, en un momento determinado de la historia, y que después hacen de su victoria un parapeto en el que encriptar sus decisiones, tomadas en contra de la voluntad popular, en un gesto de pura traición a las layes de toda Democracia.
Gobernar sin oír atentamente las voces de la ciudadanía, acaba por pasar facturas de alto coste a quien se atreve a llevarlo adelante y termina por condenar al ostracismo político a los protagonistas de tan descabellada historia, sin volver a conceder jamás otra oportunidad a la fuerza de la que provengan.
Falso es que nada importe que una nación completa tome las calles exigiendo el respeto de sus derechos, pues el miedo, desgraciadamente, suele ser un sentimiento inherente a la raza humana y no hace concesiones cuando se ha de mirar de cerca, ni a políticos, ni a nadie que conserve un ápice de cordura, por muy firme que sea la convicción que lo mueva, o la fe que le asista.
Por otra parte, la función primera de un político ha de ser, sin ningún género de duda, conseguir lo mejor para la mayoría de su pueblo y esto ha de conllevar necesariamente poner por delante los intereses de su propio País, a cualquiera que beneficie los de otro territorio, cuánto más, si se apela, como es costumbre mayoritariamente conservadora, a las connotaciones de la palabra patria, que tan hondo sentimiento despierta, sobre todo cuando hay que defenderla frente a los enemigos.
Y digo bien, porque en los tiempos que vivimos, puede que las guerras hayan cambiado su fisonomía y ya no vengan de las armas, sino de las cifras, aunque los horrores que causen sean, al fin y a la postre, los mismos y la miseria sea también ahora, el fin último que espera a los que las pierden, como es nuestro caso y también el de Portugal, sin ir más lejos.
Como tal, podría considerarse legítima defensa, proteger los derechos de la nación contra quienes desde fuera los atacan y considerar traidor a quien abandona a su suerte el destino de su propio territorio, entregándolo en forma de pagaré, al mejor postor económico y a las inaceptables condiciones que `pone, para hacerse cargo de la deuda.
Nadie está pues obligado a rendirse incondicionalmente y sin presentar lucha, a las veleidades de ningún grupo en el poder, sin recordarle que la voluntad popular puede, si quiere, exigir un cambio inmediato en la cabecera del poder de un Estado, sobre todo si le asiste la razón poderosa de estar siendo conducido a un abismo, del que ya nunca podrá volver a salir.
El ejemplo luso podría ser el primero en establecer que no sólo es posible negociar la manera de ser gobernados, sino que además, también es del todo factible, si se insiste suficientemente en ello, un cambio total en el sistema bajo el cual todos hemos acabado perdiendo algo de incalculable valor para todo ser humano que se precie: la dignidad y el respeto por nosotros mismos.

domingo, 23 de septiembre de 2012

De mansos y rebeldes





En un fin de semana dominado por la presencia del problema catalán, en el que todos los medios de comunicación no han hecho otra cosa que elucubrar sobre lo que podría suponer que una Comunidad Autónoma española alcanzara la independencia, lo demás parece haberse ralentizado de repente y minimizado su importancia, sin que nadie le preste atención.
Noticias como la dimisión de esperanza Aguirre, se han diluido dando paso a un torrente imparable de opiniones, a favor o en contra de la secesión, dejando a la opinión pública huérfana de información en otras materias, que por su calado social, podrían estar más cerca de los intereses reales de la mayoría, en esta época vertiginosa que nos ha tocado vivir.
El hecho, por ejemplo, de que Bankia vaya a necesitar más de la mitad de los fondos procedentes del rescate o que se hayan dado un par de casos nuevos en la extensa lista de corruptelas políticas que ennegrecen el territorio nacional, han sido tratados de pasada en las páginas interiores de los diarios y sólo el impertérrito tema del fútbol, comparte las portadas con las pretensiones de Mas, igualándole en protagonismo y sedando las conciencias de los ciudadanos, con elevadas dosis de la droga que cada domingo consigue desviar las miradas, de lo que verdaderamente importa.
Entretanto, como si el tiempo se hubiera detenido en los años setenta, la policía pone todo su ahínco en la identificación de personas reunidas en la calle, con la aquiescencia de algún que otro juez, bajo el pretexto de que pueden estar conspirando para la alteración del orden público.
Ante la proximidad de la convocatoria para rodear el Congreso, que está prevista para el 25 del mes en curso, deben pensar que todas las precauciones son pocas para que, de ningún modo, sea perturbada la paz de sus señorías y se ha puesto en marcha un dispositivo absolutamente desproporcionado para la vigilancia del Parlamento, tratando de impedir de todas las maneras posibles, que se produzca una cercanía física entre los posibles manifestantes y esta clase política, cada vez más alejada de su pueblo.
Y aunque nos ampara el derecho constitucional de reunión y al menos de momento, no representamos un peligro inminente para la integridad de nadie, ha comenzado una vigilancia lesiva contra la intimidad personal de la ciudadanía, probablemente con la intención de elaborar una lista de “elementos no deseables”, que en un momento de confusión, pudiera ser la clave para que te suban al furgón policial, o te permitan seguir transitando en libertad por las calles de Madrid, con el título de dócil colgado en la espalda.
Todas estas actitudes represivas, que los mayores ya conocemos de cerca por nuestra experiencia durante los años del franquismo, no son merecedoras sin embargo, ni siquiera de una reseña en los interminables debates televisivos que invaden la programación diaria de todas las cadenas, ni son dignas de ser mencionadas en la prensa escrita de un país, que cada vez parece más alejado de la Democracia y más cerca de una especie de monarquía bananera, en la que ni siquiera se permite a la sociedad tener opinión.
Pero si los ciudadanos reclamáramos también una independencia, esta vez de la clase política que nos gobierna, y tomáramos masivamente las calles el próximo día veinticinco, exigiendo que los parlamentarios pusieran sus cargos a nuestra disposición y que se convocaran nuevas elecciones, con un recuento electoral más justo, la actitud de mansedumbre demostrada por la prensa nacional no tendría otro remedio que prestarnos al menos, la misma atención que al señor Mas y ocuparse de nosotros, con la misma tozudez con que lo hace de otros asuntos, que ni siquiera vienen a resolver uno sólo de los problemas que nos acucian y menos aún, la grave crisis de desempleo que soportamos heroicamente, bajo la ineptitud de nuestros supuestos representantes.
Así que identificados o no, habremos de ganar con nuestra presencia en la calle un hueco en los informativos del país y habrá que hacerlo con seriedad, pertinazmente y animando a los que aún permanecen en silencio, a sumarse a nosotros, abandonando los sillones del miedo, para unir sus voces a las que ya reclaman un cambio urgente en la manera de gobernar que sobre todos se ejerce, en los últimos tiempos.
En ésto, de verdad, nada importa nuestra procedencia, ni nuestro idioma, ni las batallas entre líderes de distinto signo intentando arrancar del pastel un trozo de mayor o menor tamaño, ni límites fronterizos bajo los que sufrir la contundencia de los recortes que en nuestra contra se están practicando.
En ésto importa estar y hacer de la voluntad común una barrera que consiga detener los abusos, la usura y la degradación a que se nos somete, sin contar con nuestra opinión, claramente contraria a un sistema de cifras que se impone sobre lo humano y que nos engulle mancillando nuestro modo de vida.













jueves, 20 de septiembre de 2012

El problema catalán



Como aperitivo de la reunión mantenida entre Artur Mas y Mariano Rajoy, un clamor popular reclamaba la independencia para Cataluña desde las gradas del Nou Camp, dejando claro que la opinión popular acompañaba al líder de Convergencia y Unió, en las aspiraciones que llevaba en cartera, hasta las mismas puertas de la Moncloa.
En un ambiente de crispación nacional, que crece por momentos a causa de la gravísima situación económica que padecemos y una ingente cantidad de colectivos profesionales tomando las calles en justa reivindicación de sus derechos laborales perdidos, el caso catalán viene a sumarse a la larga lista de problemas con que se enfrenta el partido que nos gobierna, abriendo un nuevo frente de presión para la política ultraconservadora con que el Presidente Rajoy trata de gobernar un barco que se le ha ido a la deriva, sin el oficio suficiente para maniobrar con pulso firme, para llevarlo a buen puerto.
Hace sólo diez meses, las mieles de un triunfo electoral que les proporcionó una amplia mayoría absoluta mediante la cual dominar la voluntad del Parlamento, los populares, que se habían comprometido con el pueblo español con una serie de promesas que auguraban el final de recesión y la creación inmediata de puestos de trabajo, contaban con ejercer un gobierno sin oposición, desde el que actuar con tranquilidad plena, cualesquiera que fueren sus auténticos proyectos.
Cometieron entonces el error de empezar a contar con que el viento que les había llevado en volandas hasta el poder, impulsaría también su triunfo aplastante en las elecciones de las Autonomías y empezaron a hacer cábalas con lo que podrían hacer en España, cuando por fin fuera únicamente suya, tras haber conseguido enterrar todos los fantasmas políticos de la izquierda y otras formaciones políticas, que durante años habían impedido teñir la totalidad del territorio, con los colores de su bandera.
Pero en cuanto empezaron a plegarse servilmente a las exigencias europeas y a mostrar más amor a los dictámenes de los mercados que la voluntad soberana del pueblo, las cosas comenzaron a torcerse y la mente voluble del electorado cambió inmediatamente de opinión, forzada por una serie de medidas insólitas, que lesionaban gravemente los intereses de las mayorías y que contradecían en su totalidad, las promesas reiterativas de curación, que se habían desgranado en todos los mítines protagonizados por los conservadores.
Perdieron en Andalucía y en Asturias, en uno de los vuelcos electorales más estrepitosos de la historia de la Democracia, en un cortísimo espacio de tiempo y la soberbia y el desprecio que mostraron hacia la voz de la calle, unidos al fracaso constante de todas las resoluciones tomadas durante estos meses en el poder, propiciaron, además, el adelanto electoral en Euskadi y Galicia, donde previsiblemente también perderán, dada la indignación que los ciudadanos de todo el país, manifiestan diariamente en las calles.
Todo es una cuestión de dinero. La escasez y la pérdida de poder adquisitivo que la sociedad ha experimentado de forma inaceptable desde que Rajoy nos gobierna, sensiblemente incrementada por una situación de desempleo claramente insostenible, naturalmente, tenía que acabar provocando un brote de nacionalismo, como históricamente ha ocurrido, cada vez que la gravedad de los acontecimientos se ha cebado con algún estado del mundo y los ciudadanos han dado en pensar que cuando los recursos son pocos, es mejor no tener que repartirlos, aunque esa actitud no sea, precisamente, solidaria.
Todos estos estallidos siempre han contado con la presencia de un líder que, aprovechando la coyuntura y tratando de desviar hábilmente las miradas de su propia responsabilidad en los
hechos, se ha dedicado a arengar a las masas para producir un levantamiento, apoyado en un sentimiento patriótico, con el que alcanzar una mayor parcela de poder, sobre todo si de poder económico se trata.
En Cataluña, ese líder se llama Artur Mas y su oportuna presencia en el momento preciso, puede ser el principio del fin de la hegemonía popular en el panorama español si, como se espera, se produce un adelanto electoral y Convergencia arrasa en las urnas, contando con la ilusión de su pueblo por constituirse en Nación, incluso sin explicar de qué modo piensa conseguirlo.
Después, ya se verá hasta dónde se puede llegar en la pretensión de independencia, pero para entonces, Mas podrá jactarse de contar con el apoyo real de su pueblo y hacer la política que considere conveniente y de la que, curiosamente, no ha hablado en ninguna de sus sentidas intervenciones de corte estrictamente territorial.
Pero las medidas que se han estado tomando en Cataluña, los recortes en las Instituciones públicas que han afectado directamente a la salud, la educación o las prestaciones sociales que recibían los catalanes, no los ha practicado ningún partido españolista. La bajada de sueldos de funcionarios, el despido de interinos y los conflictos laborales que han llevado a la Comunidad Catalana a la desesperación, han sido aplicados con Artur Mas en la presidencia de la Generalitat y su partido, además, ha sido el único en apoyar las pretensiones económicas de Rajoy, en todo el arco parlamentario, sin otras excepciones.
Así que a alguien ajeno a lo que pueda estarse gestando en Cataluña y sin estar cegado por ilusiones nacionalistas, no le queda más remedio que preguntarse si no estará tratando Mas de ocultar la auténtica participación en los hechos que personalmente ha tenido y de salvaguardar la parcela de poder que su partido ostenta en el presente de Cataluña, bajo la capa de ese sentimiento de profundo amor que dice tener al que considera su país, y que bien pudiera ser en realidad, mera ambición personal y ansias de protagonismo.
Al fin y al cabo, el partido al que pertenece proviene directamente de la alta burguesía catalana, que igual que el PP, bebe de las fuentes del capitalismo promulgado por la derecha y ya se sabe, por experiencia, que la derecha jamás ha hecho nada, ni lo hará, por el bienestar de los trabajadores, sean cuales sean los límites de las fronteras que los acogen.