miércoles, 29 de febrero de 2012

Volver a empezar

Apartado Garzón de cualquier relación con la justicia, los familiares de las víctimas del franquismo se encuentran de nuevo en el punto de partida, ahora que habían empezado a conseguir que se abrieran las cientos de fosas, dispersas por las carreteras de todos los territorios del país.
El rosario de penalidades sufridas por estos herederos de la injusticia se remonta a más de setenta años de tortuoso camino, tras el paso de los cuales, en muchos casos, aún no tienen la más remota idea de dónde fueron depositados los restos de los suyos, a los que perdieron la pista cuando fueron sacados de sus hogares por los franquistas, para no volver jamás.
La esperanza parecía ir por buen camino en los últimos años, ya que se había admitido la apertura de fosas y algunos habían conseguido protagonizar reencuentros largamente esperados durante varias generaciones de lucha, logrando así poder escribir el nombre de sus allegados en algún lugar del cementerio de su localidad.
Algunos restos han sido depositados junto a seres muy próximos de la familia, ya fallecidos también, y otros, simplemente, han venido a cerrar viejas heridas, abiertas durante demasiados años.
Garzón puso un punto y a parte en estas terribles historias de desamparo, convirtiéndose en defensor del derecho que todo ser humano tiene a enterrar a los suyos, y ayudando a escribir la verdad de una parte de la historia de España, que otros se habían propuesto ocultar para siempre, sin dar sosiego a las conciencias de los que perdieron a alguien, simplemente por defender la legalidad de un gobierno elegido democráticamente, frente a los golpistas que, por circunstancias, acabaron ganando la guerra civil.
Nadie nunca les confirmó su muerte y sus más allegados entonces, soportaron una existencia llena de amenazas continuas, vejaciones infinitas y discriminaciones constantes, que perduraron durante los cuarenta años de la dictadura, condenados a un silencio sepulcral, en el que, incluso llegó a prohibírseles, volver a pronunciar aquellos nombres.
A muchos, la edad les impedirá seguramente llegar a tiempo de volver a empezar desde cero, teniendo que recorrer otra vez más y más despachos, en busca de la magnanimidad de algún otro juez que se tome un interés auténtico por su causa y acabarán por resignarse a morir, sin tener la oportunidad de zanjar su propia historia vital, para dejar a sus herederos la verdad de lo que ocurrió en el pasado. Agotados por la incertidumbre que acarrea siempre lo desconocido, sucumbirán ante la imposibilidad de llegar hasta el justo final que merecen, sin ver cumplida la ilusión de recuperar el honor robado por aquella vileza y sin descubrir qué pasó realmente, con aquellos a quienes se despojó de cualquier posibilidad de vivir, sólo por una cuestión ideológica.
Y aunque estos crímenes no prescriban con el paso del tiempo, las nuevas generaciones, quizá, acaben cansándose del litigio y, finalmente, el empeño de los que siempre se opusieron a la investigación de estos casos, consiga arrebatarnos la verdad de la historia, construyendo una falsa, sobre unos restos desperdigados, que nunca verán a la luz.
Y sin embargo, la tenacidad de unos pocos españoles, que no se resignan al olvido y el engaño, no parece haber palidecido con lo sucedido estos últimos días. Siguen en pie. Desamparados y apartados a manotazos por la mano siniestra de los defensores de la oscuridad, pero en pie.
Ni el tiempo ni la adversidad, pese a quién pese, ha conseguido doblegar sus rodillas.

martes, 28 de febrero de 2012

Un puente tranquilo

Paso el tedioso puente del Día de Andalucía, preparando un viaje de fin de semana que tengo previsto y disfrutando de la compañía familiar, que tan grata resulta, en los escasos momentos de reposo, de que dispone el hombre moderno.
Absolutamente saciada del caso Urdangarín y sin esperanzas de que llegue a resolverse con justicia, centro todas mis expectativas en la ilusión de un esperadísimo reencuentro con amigos de esa clase, que tan difícil resulta describir, incluso a los que, como yo, acostumbramos a movernos entre las palabras, intentando buscar los matices que den a las frases emoción, porque, en definitiva, siempre se trata de eso y no de otra cosa.
Mientras el yernísimo pasa horas en los juzgados, tratando de dar una explicación convincente a su desmesurado enriquecimiento y tomando atajos que no lleven, directamente, hasta las mismas puertas de la Zarzuela, yo me dedico a desempolvar maletas y a meter en ellas lo imprescindible, para romper durante dos días con el resto del mundo y embarcarme en un laberinto de conversaciones íntimas, rodeada de gente a la que quiero de corazón y a la que, por desgracia, no puedo ver tan frecuentemente como me gustaría.
Mis paisanos andan haciendo andalucismo, de ese que tanto detesto, poniéndose los tópicos por bandera y entregando medallas, en actos de elevado costo, que no se corresponden con las negras expectativas que corroen el alma de esta tierra nuestra.
Olvidan la universalidad que, afortunadamente, nos caracteriza, para reivindicar durante unas horas un nacionalismo trasnochado, que no ayuda a lavar la imagen desastrosa que nos encasquetó el franquismo, durante sus largos años de mandato y, en lugar de ponerse a la tarea de acabar con las altísimas cifras de paro que nos acompañan, casi desde hace una eternidad, se pierden en ágapes infructuosos y `procesiones anticipadas, que preludian la llegada de una de las primaveras más amargas, de cuántas nos han tocado vivir.
La cercanía de las elecciones autonómicas, da un cariz cómico a los eventos de todos los años, tiñendo con las ansias de poder los discursos de los políticos y, en especial, los de los dos partidos mayoritarios, que convencidos de la fuerza del bipartidismo, aprovechan todas las ocasiones para envilecer las palabras, sacando los trapos sucios del oponente y guardando celosamente los suyos, en uno de esos armarios de los que uno está deseando perder la llave, para no encontrarla jamás.
Los ciudadanos no les prestan la menor atención y aprovechan la bonanza del tiempo para salir a pasear a las calles y hacer burla, con su pasividad, a todo lo que huela a política, y fundamentalmente, a la machaconería reiterativa de los candidatos, que ahora se vuelven a enredar en promesas de dudoso cumplimiento y en sonrisas programadas, frente a cualquiera que pase a su lado.
Les sale una vena patriótica, que bien quisiéramos ver los españoles cuando los caminos se tuercen y nos asfixian desde otras instancias, pero entonces, la obediencia es la máxima que mueve sus actos y todo es, ponerse a bien con los socios capitalistas, que en definitiva, son a los que hay que rendirles todos los honores, si queremos salir del trance en que nos han metido, los mismos que ahora nos prometen la luna, a cambio de nuestros votos.
Los pobres, no se dan cuenta de que su descrédito no puede llegar a una cota más alta, ni de que la ciudadanía, en el fondo, lo que desea es correr lo más lejos posible de cuánto les recuerde lo mal que están las cosas para todos. Unos lo intentan recluyéndose en la soledad de sus hogares y otros, saliendo de la ciudad para perderse de todo contacto informativo, que les pueda aguar los días de vacaciones, con la amargura de nuevas noticias.
Y otros, como yo, prefieren volar con la imaginación a otro tipo de mundo, que en nada se parece a éste que nos ofrecen los mercaderes del siglo veintiuno, y buscan la compañía de la gente sincera, que les aporta estabilidad emocional y fortaleza para enfrentarse a la verdad, sin necesidad de que nadie se la maquille, in tentando que parezca menos atroz.
Al final, como ya hemos dicho tantas veces, lo que auténticamente importa, no es otra cosa que procurarnos unos momentos de felicidad. Para eso vivimos y para eso luchamos todos los días, cuando hacemos el esfuerzo de mirarnos los unos a los otros.



domingo, 26 de febrero de 2012

Lo que se le oculta al lector

Pasará mucho tiempo hasta que puedan aclararse, en su totalidad, los sucesos ocurridos en la manifestación de los estudiantes de Valencia.
Desaparecido del panorama nacional el periódico Público, el único que relataba la verdad, sin adulaciones partidistas, el negro panorama de la prensa española, queda huérfano de la voz que actuaba como revulsivo de una sociedad, desorientada por las monótonas noticias que llegan a sus manos, maquilladas por los intereses que mueven a los auténticos dueños de la información.
Llama un médico valenciano a un programa nocturno de la radio, la misma noche de los enfrentamientos, denunciando la gravedad de las contusiones sufridas por muchos de los estudiantes agredidos, e indignado porque la policía se había personado en el hospital exigiendo los partes de lesiones de los heridos, a pesar de saber que, por ley, éstos sólo corresponden a la intimidad del enfermo tratado.
Negándose el facultativo a facilitarlos, es conminado a dirigir su protesta a la comisaría, por supuesto después de cumplir la extraña petición que se le hace y observando, a la vez, que un grupo de estos policías, se coloca en las puertas para arrebatar a los atendidos, a su salida del Centro, los susodichos partes de lesiones.
No puede haber otra razón para semejante despropósito, que el de borrar cualquier huella de la agresividad practicada esa noche en las calles, ignorando cualquier atisbo de legalidad para conseguir falsear la auténtica gravedad del asunto, no se sabe bien, si siguiendo órdenes de instancias superiores, o por voluntad propia.
Mientras, el Partido Popular, en el gobierno, trata desesperadamente de desviar la atención ciudadana y acusa directamente al Partido Socialista, de movilizar en su contra a la ciudadanía, que se agrupa, indignada, delante de las sedes de los conservadores, reclamando una explicación a la extrema dureza de la carga. Hablan de policías heridos y, como siempre, de extrañas conspiraciones que tratan de desestabilizar su bien asentado poder, con algaradas de incontrolados, manipulados por la izquierda.
Pero la gravedad de los hechos ocurridos en ese hospital valenciano, supera cualquier información que se nos quiera ofrecer desde los púlpitos de la Moncloa y el desamparo en que esta acción de vileza deja a los ciudadanos, no puede ser más absoluta y terrible.
Solos frente a la agresión desmesurada que todos hemos visto por televisión, los estudiantes valencianos, sin partes de lesión que demuestren la categoría de sus heridas, quedan a merced de la palabra de los agresores, que, para mayor escarnio, se suponen defensores de los derechos del pueblo, y no verdugos de la libertad que cercenan con sus armas de asalto.
Sin los partes, no ha lugar a denuncia, ni nada tienen que ofrecer a los medios de comunicación que se ofrezcan a contar sus historias personales, ni es posible una justicia que castigue el abuso de poder cometido contra estos jóvenes, demasiado inexpertos en este tipo de acciones, como para prever una salida diferente, a la de obedecer las órdenes que les da, valiéndose de su miedo, la misma policía a la que han visto actuar en las calles, esa misma tarde.
El abuso de autoridad es manifiesto y pone por encima del bienestar de los ciudadanos, la necesidad de esconder a la opinión pública la realidad de lo sucedido en Valencia.
Al médico que se atreve a llamar a la radio, le parece haber retrocedido hasta los años del franquismo y siente que su trabajo es censurado y su profesionalidad enterrada por una represión psicológica inexplicable en nuestro tiempo.
La noticia, no aparece en ningún medio de comunicación al día siguiente y sólo se recoge en la grabación que del programa, se encuentra en las redes sociales, como si nada de esto hubiera sucedido.
Pero lo que se esconde conscientemente a los lectores, es más propio de un gobierno tiránico que de uno elegido democráticamente en las urnas y avisa de lo que puede sobrevenir a quienes se atrevan a desafiar el omnipotente poder de estos conservadores, de aciaga mayoría absoluta en el parlamento.
Afortunadamente, el boca a boca de los tiempos modernos, funciona con redes perfectamente organizadas, que llegan a todos los rincones del mundo.
Es nuestra obligación, la de los que nos servimos de ellas para expresar libremente nuestra opinión, denunciar hechos como éste y procurar que no pasen desapercibidos para los pueblos.
No sólo suceden estas cosas en países lejanos, sino que, por desgracia, también se están convirtiendo en algo demasiado habitual en el nuestro.
Si nuestros exigentes socios europeos conocen o no esta realidad y la permiten, es otro de los enigmas que se nos ocultan y que trastornan cualquier idea que pudiera tenerse sobre el funcionamiento de las instituciones y su relación con la ciudadanía, pero es fácil imaginar que el atrevimiento de los populares, estará respaldado por sus hermanos mayores, o no se hubieran atrevido a hacerlo.



jueves, 23 de febrero de 2012

Sentencia cumplida

Como decía la hija de Baltasar Garzón, en su escrito, hoy mucha gente habrá brindado en España con Champán y habrán exhalado un suspiro de alivio, al haber conseguido apartar de la carrera judicial, a uno de los jueces más rectos y honestos, que ha dado la última historia del país.
El pueblo, sin embargo, ve marchar al único bastión con que contaba para poner en claro los asuntos escabrosos, de cualquier índole, en la seguridad de que serían examinados con pulcritud y sin ningún tipo de injerencias, afectara a quién afectase.
Aún pendiente de otro veredicto, que dada su repercusión internacional, probablemente será de inocencia, Baltasar Garzón ha sido esta mañana separado por once años de su cargo, con el beneplácito general del Partido en el gobierno y de todos aquellos que, por ideología, siempre estuvieron del lado de los vencedores de la guerra civil.
Les ha costado años encontrar una fisura, en la dilatada carrera del juez, por la que entrar a saco en su intimidad, para conseguir degradarlo, protagonizando una de las sentencias más polémicas en la historia de nuestra democracia y, después de haberlo intentado por tres frentes simultáneos, en la seguridad de que alguno de ellos, funcionaría para conseguir el fin perseguido.
El trasfondo político que subyace en esta atrocidad, no deja lugar a la indiferencia y provoca en los ciudadanos una sensación de hastío, contra los administradores de la ley, que afianza el descrédito que se han labrado a pulso, desde hace tiempo, emitiendo sentencias incomprensibles, que más parecen aplaudir la intención de delinquir, que amparar a las víctimas de cualquier crimen, ya sea de índole personal, o económico, como muchos de los casos que han llegado a los tribunales, a raíz de la corrupción generalizada que azota el país.
Se marcha con Garzón, la esperanza de cientos de familias, que esperan desde hace más de setenta años, recuperar los restos de los suyos, asesinados impunemente durante la etapa de la dictadura. Muchos, octogenarios ya, ven que se les escapa el único hilo que les unía con la verdad y se sientan a esperar su propia muerte, sin un hálito de ilusión por conocer una verdad, escondida durante toda su vida.
Sin embargo, muchos de los protagonistas de las múltiples corruptelas que salpican el territorio nacional, podrán desde hoy, seguir manipulando con mucho más descaro, las cuentas públicas, sin ningún temor, ahora que ha desaparecido la sombra alargada de quien no les daba tregua ni aliento.
Los que, afortunadamente, no tenemos cuentas pendientes con la justicia, contemplamos la marcha del juez con la impotencia de no poder defender nuestros argumentos, delante de ningún organismo internacional, que pudiera establecer un criterio, que colocara a cada cuál donde se merece, por méritos propios.
En espera de que otra suerte acompañe en el recurso al juez, la única baza que nos queda, para que este asunto no caiga en olvido, es la de recordar periódicamente la figura de Garzón y manifestar, porque lo merece, que estamos a su lado. Y emplearnos a fondo en nuestra reivindicación de que hay una urgente necesidad de cambio en un sistema judicial, que provoca un desencanto cada vez mayor en la ciudadanía y da una imagen carpetovetónica de unos magistrados, totalmente cerrados a un inevitable progreso, que acabará llegando, con o sin su aquiescencia.
Tal vez si prestaran atención a los comentarios que suscita su trabajo, a los ojos del mundo, y aceptaran las críticas que, sin piedad, se les hace desde las páginas de todos los periódicos serios de la tierra, entenderían sin demasiada dificultad, que en todos los ámbitos, es necesario avanzar, para no quedar condenados al ostracismo. Puede que así su papel cumpliera la función para la que fue creado: condenar el delito y absolver la inocencia.


miércoles, 22 de febrero de 2012

Con los estudiantes

Como era de esperar, los estudiantes de otras ciudades de España se han puesto en movimiento, en apoyo de sus compañeros agredidos en Valencia, y secundados por ciudadanos de todas las edades, ya que todos somos, en fin, padres, abuelos o familiares de jóvenes a los que afectan, directamente, la reforma de la educación y las cargas policiales de los últimos días.
Lejos de volver a sus casas, los manifestantes han decidido seguir adelante con sus justas reivindicaciones y, por si el gobierno Rajoy había pensado que la represión conseguiría acallar las voces de la indignación, han comenzado una serie de encierros, para exigir la inmediata libertad de los detenidos en las escaramuzas.
El defensor del menor ha pedido explicaciones de la violencia policial en Valencia, avalado por veinte mil firmas, recogidas en solo unas horas, entre la gente anónima.
Naturalmente, pasó el tiempo en que la manipulación de los pueblos, por medio de la violencia, era una norma impuesta que cercenaba todo atisbo de oposición y, afortunadamente, esta juventud ha sido bien aleccionada por el recuerdo nefasto de sus padres y no permite que se juegue con conceptos tan importantes, como la libertad de expresión, o la de reunión, ni se consigue silenciarla con tanta facilidad, como se acostumbraba en los tiempos de la dictadura.
La formación de nuestros jóvenes, por cierto, ha mejorado considerablemente, en buena parte, gracias al esfuerzo de los docentes de la enseñanza pública, por lo que se ha perdido, casi en su totalidad, la ignorancia supina que caracterizaba a sus progenitores cuando tenían su edad y también el terror a exponer las ideas públicamente, aún cuando contradigan los férreos mandatos emitidos últimamente por éstos gobiernos, tan poco defensores de los ciudadanos a los que, teóricamente, representan.
Una nube de protestas, se le ha echado encima al Gobierno Rajoy, recordándole que vivimos en una democracia y que la violencia ejercida sobre los manifestantes, desde que ellos asumieron el poder, recuerda peligrosamente a esa época pasada, que tan empeñados están en hacernos olvidar, por ejemplo, cuando se quieren abrir las fosas del franquismo.
Un compás de espera, flota en el aire, deseando saber qué tipo de acciones emprenderá el Partido Popular, en situaciones similares que, seguro, empezarán a encadenarse en un futuro cercano, en cuanto los trabajadores comiencen a elevar su sonora protesta, contra la reforma laboral que los pone, sin condiciones, al borde de la calle y la ruina.
Si Rajoy da un paso en falso en esta cuestión, se va a encontrar con imágenes similares a las que vimos durante la revolución de los jazmines, o las que acabamos de contemplar, hace sólo unos días, enfrente del Parlamento griego.
Su imagen de pacificador, de salvador de un país llevado a la crisis, por la mala gestión de sus antecesores, quedará muy deteriorada, a sólo dos meses de su elección como Presidente, si las cosas derivan por un mal camino y se le echan encima las masas, en justa reivindicación de sus derechos fundamentales.
Por lo pronto, habrá de despedirse de vencer en los codiciados territorios andaluces, pues la sabiduría popular, para entonces, habrá procesado minuciosamente todo lo acaecido y dará marcha atrás en su intención de voto, que como bien se sabe, puede cambiar en cuestión de segundos, si las circunstancias así lo aconsejan.
Tampoco gustará a Europa, al menos de cara a la galería, hacer amistades con un gobierno que reprime a sus ciudadanos con desmesurada violencia, ya que estas cosas acaban trayendo mala prensa a quienes las apoyan y suelen quedar en la memoria para siempre.
Así que más le vale a nuestro recatado Presidente, hacer funcionar sus neuronas con mucha más rapidez de lo acostumbrado, y urdir un plan distinto al aplicado hasta ahora contra los ciudadanos de bien, porque se está cubriendo de gloria.
Ninguno de los Presidentes de nuestra joven democracia había, en sólo dos meses de mandato, atacado tan frontalmente el bienestar del pueblo, ni cometido tantos errores graves y sin justificación real, seguramente motivados, por la soberbia de creerse un monarca absoluto.
Mal aconsejado por una cohorte ultra conservadora de colaboradores, parece percibir, donde quiera que esté, una realidad muy distinta a la que se vive a pie de calle, e insta con sus acciones a los ciudadanos, a tomar drásticas decisiones de protesta, que no están dispuestos a abandonar, hasta que no sean atendidas sus peticiones o se rompa la balanza.
Hoy son los estudiantes y mañana serán los médicos, los maestros, los farmacéuticos, los trabajadores en general, y hasta las amas de casa, que son las que más de cerca sufren los recortes, cuando agonizan cada mes, para poder cubrir, mínimamente, las necesidades de sus familias.



martes, 21 de febrero de 2012

A degüello

Desde que el Partido Popular ha llegado al poder, parece haberse convertido en costumbre reprimir cualquier manifestación de los ciudadanos, con una dureza que recuerda, en exceso, a las cargas policiales durante los años del franquismo.
Los estudiantes valencianos, que ayer salieron a las calles, en contra de los recortes impuestos en educación, han sido los últimos en comprobar, en propias carnes, la violencia ejercida por las fuerzas del orden, en acatamiento del mandato recibido, desde las instancias superiores del ministerio.
Chicos de Instituto, que aún no han cumplido la mayoría de edad, fueron ayer salvajemente agredidos por la policía, que en un abuso de poder reflejado en imágenes que han dado la vuelta al mundo, cargaron contra ellos, e incluso contra una serie de personas que, casualmente, pasaban por allí, totalmente desprotegidas ante tamaño despropósito.
Apelando a una disciplina férrea, que cercena gravemente la libertad de expresión de los pueblos, el retroceso sufrido en esta nueva etapa de gobierno conservador, se hace insostenible para todos aquellos que decidan oponerse de manera pacífica, a cualquiera de las medidas que decida adoptar el grupo en el poder y los coloca en una tesitura, que más parece cercana a la delincuencia, que a su propio derecho a pensar, de la manera que creyese oportuno.
Ya no se conforman con reprimir reiterativamente a los grupos de indignados que se hacen eco en la calle, de las reivindicaciones de todo un país, sino que van a degüello contra los menores, que miran atónitos cómo se va orientando la educación hacia las manos de los poderosos, viendo esfumarse cualquier oportunidad de formación en las escuelas públicas, hasta ahora de una calidad indiscutible y abierta a las personas de cualquier procedencia social.
Las cifras de heridos y detenidos en las escaramuzas de ayer en Valencia, hablan por sí solas de una vuelta atrás, que aterroriza a quienes, por edad, aún recuerdamos este tipo de enfrentamientos, en los tiempos de la dictadura.
Pero tratar de silenciar las voces populares, no suele traer una pacificación de las calles, sino que potencia de una manera feroz el espíritu de los que se sienten atacados, sin razón, generando brotes de extrema violencia, que pueden terminar en un baño de sangre no deseado, sobre todo cuando los agredidos se hallan aún inmersos en la edad de la inocencia.
Habrán de convenir conmigo en que no es de recibo pretender que los ciudadanos acepten de buen grado y sin rechistar, los ajustes impuestos por Rajoy, en sólo dos meses de mandato, y en que, de alguna forma, habrán de manifestar su oposición a tales recortes, que colocan a los trabajadores al borde de una explotación encubierta y sin recursos frente a una patronal, ávida de empezar a practicar el despido libre, el aumento de horas de trabajo y la reducción de salarios.
Si no nos queda, siquiera, la oportunidad de alzar la voz en los espacios de libre tránsito, para que el clamor popular llegue a oídos de las instancias que fueran menester, ¿a qué época del pasado hemos retrocedido, y qué clase de democracia es ésta, que no permite discrepar de la opinión de quienes detentan el poder y que, cuando lo hacemos, nos revienta con las armas que tienen a su alcance?
¿Tampoco puede reclamarse el sostenimiento de una sanidad y educación públicas, que permitan una socialización real de dos sectores tan necesarios, en un país del supuesto primer mundo?
¿Hemos de conformarnos con la privatización paulatina de sectores que, hasta ahora, han sido la envidia de los países más desarrollados, iniciando una vuelta al pasado que coloque al grueso de la población en la imposibilidad de ser atendida cuando enferme, por cuestiones crematísticas, y regresar a los años del analfabetismo del pasado siglo?
Puede que los conservadores alberguen la esperanza de volver a convertirnos en súbditos, pero cuando se ha conocido y disfrutado el sabor de la libertad, no se pone en bandeja de plata su represión, sin presentar batalla. Estas cosas, acostumbran a tener un efecto bumerang, para los que se deciden a dar pasos demasiado imprudentes, en la creencia de que saldrán victoriosos en sus pretensiones, sin contar con las consecuencias que producirán sus “hazañas” sobre los otros. Y a lo peor, esto que hoy hacen contra la ciudadanía, mañana se vuelve en su contra, al menos, en forma de votos.



lunes, 20 de febrero de 2012

Un toque de frivolidad

De vez en cuando, le sale a una la vena de fémina boba y apetece engancharse, durante un rato, a la pantalla de la caja tonta, para abstraerse de los problemas del mundo, contemplando el glamour que derrochan las estrellas, en la gala de los Goya, por ejemplo.
Está bien no pensar en otra cosa que en criticar desde casa, los modelitos de unas y otras, aunque se tenga claro, que nunca se podrá aspirar a lucir uno de ellos, no sólo por cuestiones obvias de edad, sino también porque, difícilmente, será posible que la inviten a eventos de este porte.
Gusta ponerse al día en las novedades cinematográficas y estar al tanto de quiénes se hacen con los premios, más que nada, porque a menudo cuesta decidir, cuando se va a las salas de proyección, qué historia elegir, sobre todo cuando, por pereza, se frecuentan menos de lo que a una le gustaría.
También es una gozada estar pendiente de los comentarios de los premiados y de los disgustos mayestáticos que, cada año, se llevan los ministros de los respectivos gobiernos, a cuenta de esta gente de la farándula, tan acostumbrada a llamar a las cosas por su nombre, sin el pudor que sería natural, en los que no estamos acostumbrados a defender el pan delante de un público.
Como no podía ser menos, este año, sobre la gala ha planeado el fantasma de la crisis, traído a colación en varias ocasiones, además de otras cuantas reclamaciones, hechas desde el escenario por los premiados, para sofoco permanente del antiguo tertuliano Wert, recién convertido en ministro por Rajoy, y padre de la reforma de una educación, que ha dado por ejemplo, a estos díscolos jóvenes actores, capaces de hacer política, hasta cuando recogen un galardón, en un teatro lleno hasta la bandera.
Porque aunque parezca que las lentejuelas y los cristales semipreciosos que adornan las telas de las largas faldas, no sean, precisamente, el mejor atuendo para hablar de cuestiones serias, cuando llega este día, nadie desaprovecha la ocasión para despotricar abiertamente contra lo que le parece injusto, amén de agradecer a su parentela completa, la concesión de un premio que, en realidad, es únicamente votado por los académicos, sin injerencias de gente ajena a este mundo de fantasía.
Suponemos que Wert se quedó de una pieza cuando Isabel Coixet recogió su premio por un documental titulado “Conversaciones con Garzón” y reivindicó la inocencia del Juez, aludiendo incluso a la injusticia cometida por el tribunal supremo, siendo aplaudida durante varios minutos, por el grueso de la sala.
Y es que a lo mejor, como acaba de aterrizar en estos menesteres, el señor ministro ignoraba, que los actores y directores de este país, suelen cojear del pie izquierdo y no se han hecho para ellos las normas de templanza que suele recomendar el partido popular, que parece haber olvidado demasiado pronto, la que le dieron los artistas, por ejemplo, cuando la guerra de Irak.
Los cámaras, al menos, tuvieron el pudor de no sacar al ministro, durante las intervenciones que apuntaban, directamente, en contra de la política de su gobierno, aunque algunos, yo la primera, hubiéramos dado lo que fuera, por ver qué expresión se pintaba en su rostro, o si vestido de etiqueta, era capaz de soportar estoicamente y sin aspereza, la oposición que se respiraba en el ambiente.
Claro, que una vez vista la sordera demostrada, ante las manifestaciones que por la mañana, habían sacado a la calle a cientos de españoles, en contra de la reforma de la explotación, es de suponer, que reaccionaría con una de esas sonrisas de superioridad con que nos deleitan los conservadores, perdonándonos la supina ignorancia que denotamos los pobres, en cuestiones de alto standing, como la justicia o la economía.
Lo peor, es que fuera como fuese, hubo de escuchar todas y cada una de las críticas, literalmente, pegado a su asiento, pues queda bastante feo, en todo un señor ministro, salir huyendo cuando las cosas se ponen mal para los suyos, o se tuerce una noche que, en principio, se había soñado de glamour y relax, sin ningún contratiempo.
Los premiados, por cierto, bastante predecibles. A mí, en particular, me alegraron los Goya conseguidos por la película de Benito Zambrano “La voz dormida” y, en concreto, el otorgado a la actriz Ana Wagener, que reivindicó la apertura de las fosas del franquismo, para que una de las protagonistas reales de su película, pudiera, a sus ochenta y tantos años, descansar en paz.
En fin, una velada de entretenimiento, no exenta de rabiosa actualidad, que nos ayudó a evadirnos un rato del encabronamiento permanente que sufrimos los españoles, a causa de la inutilidad manifiesta de nuestros políticos.