jueves, 29 de abril de 2010

El campo sedante



Ayer no se hablaba de otra cosa. Como si por una suerte de magia, todos nuestros problemas hubieran desaparecido. El fútbol volvía a copar las primeras páginas de los periódicos y abría los telediarios obligándonos a soportar una información monotemática y a olvidar cualquier posibilidad de interesarnos por otras cuestiones.
Viene siendo una norma esta maniobra de distracción frente a los tiempos difíciles. Las carencias son sistemáticamente anestesiadas por la retransmisión, casi a diario, de encuentros entre equipos con mayor o menor rivalidad.
Esto que llamamos de manera equivocada deporte, no es más que uno de los mayores negocios de la historia y esas aficiones que claman en los estadios adorando a sus ídolos no son más que meros contribuyentes a que ese negocio funcione.
Causa cierto dolor que los esforzados trabajadores del país no se cuestionen siquiera el funcionamiento de este circo colaborando en su continuidad sin mirar el trasfondo de lo que se mueve a su alrededor,aupando a los protagonistas de esta historia a la categoría de dioses.
La cruda realidad del asunto es que mientras que un español medio maneja un sueldo de mil euros (muchos de ellos con formación universitaria), un futbolista de primera división se mueve en los ambientes de la jet set cobrando un salario millonario, la mayoría sin ninguna formación.
Pero el fútbol es la excusa perfecta para que no se piense en otra cosa. Nada tiene que ver con la justicia social y mucho con la manipulación política. Adormecer las conciencias con el espectáculo no es nuevo. Ya lo hacían los emperadores romanos con otra clase de circo.
Sin embargo valdría la pena preguntarse si el trabajo de estos deportistas vale lo que se paga por el y sobre todo, si lo que representa el fútbol es suficiente para comprar nuestro silencio. Contestaré que no.
Dejarnos alienar por el buen funcionamiento de este negocio sólo demostraría nuestra incapacidad para ahondar en la profundidad de nuestros problemas y nuestra poca disposición para afrontar de cara la resolución de éstos. Sentarnos embobados ante las pantallas de televisión a contemplar la evolución de dos equipos en un campo, no puede convertirse en la droga que adormece nuestros espíritus si no nos damos cuenta de que no es más que una evasión descarada de nuestra propia realidad.
Desde luego, conviene a los gobiernos acallar nuestro pensamiento. Por eso, la inversión nunca resulta exagerada si los resultados son rentables a las políticas de turno.
Más claramente, mientras pensamos en fútbol, no pensamos en el paro ni las hipotecas. Mientras discutimos de fútbol, no damos importancia a la corrupción ni a la inseguridad ciudadana. Mientras miramos el fútbol, no somos en fin, un peligro para la estabilidad política ni nos manifestamos en las calles.
Por eso, rogaría una reflexión sobre nuestras posturas de inmovilidad y fanatismo y que cada cual se mirara al espejo cuando se quede a solas. A lo mejor, le asustaba el reflejo de su imagen y empezaba a construir otros caminos.





miércoles, 28 de abril de 2010

El futuro imperfecto





Hoy se me hace difícil hablar de un mañana esperanzador. Esta maldita crisis, se nos ha acabado instalando en el alma y me faltan palabras de aliento para los cerca de cinco millones de personas que se cansan de llamar sin que se les abra una puerta y cuya vida es igual que la mía, protagonizada por el presente.
Se ha violado el derecho fundamental al trabajo y convertido al mismo tiempo en desocupados, a jóvenes y maduros indiscriminadamente.
Esas filas de rostros serios que se agrupan ante las oficinas de empleo agotando los últimos recursos, antes de caer en un vacío de consecuencias imprevisibles, se me antojan descorazonadoras e irresolubles.
Recuerdan y mucho, las imágenes del gran Crac del veintinueve, la miseria que iguala las clases sociales con su devastadora guadaña. Una y otra vez, se repiten las mismas historias personales de pérdidas, de búsquedas infructuosas, de desesperación y desaliento.
No es solución los subsidios ínfimos que parchean débilmente las situaciones mientras se espera que llegue la sequía devastadora de la total carencia, ni sirven las reuniones de los gabinetes de las que salen medidas para favorecer la macroeconomía, ni las encuestas manipuladas que aseguran que el año que viene todo irá mejor. Ni por supuesto, esa guerra permanente entre partidos políticos disputándose el voto del hambre a la vez que demuestran su incapacidad para encontrar una respuesta.
Sabemos que no existen los milagros, pero ya no es posible la espera.
Hay que encontrar un camino para la ocupación, a ser posible, un atajo que nos devuelva en poco tiempo a la estabilidad emocional y a una rutina laboral a la que tenemos derecho.
Curiosamente, la Banca ha sido socorrida con celeridad para evitar su descalabro, a pesar de su evidente culpabilidad en este conflicto, de su afán de posesión y su desmesurada avaricia por multiplicar beneficios a costa de hipotecar la vida de los ciudadanos fomentando el afán de posesión y un estado de bienestar ficticio que a todas luces, era insostenible.
Ellos no perderán. Aunque en el mundo se globalice la pobreza, sus arcas permanecerán intactas aún a costa del sacrificio de las familias y los Estados.
Envanecidos por su demostración de poder, someten a los dirigentes, los exprimen exigiendo sus recursos, y borran todo atisbo de necesidad maltratando a aquellos mismos a los que animaron a aventurar sus bienes bajo su tutela.
Pero ya no nos queda mucho que perder. Se ha enredado la maraña hasta un punto en el que la desesperación se ha convertido en compañera y nuestras voces han de ir encaminadas hacia un cambio radical en las políticas de nuestros pueblos gritando con valentía que no queremos otro futuro con las mismas reglas de juego.
La forma deplorable en que nuestros dirigentes han gestionado esta crisis, reclama una dirección más socializada del reparto de la riqueza. No podemos cifrar toda nuestra esperanza en la economía desahogada de unos pocos, ni tolerar una dominación oculta de sus mecanismos sobre nuestra vida cotidiana.
Hay que exigir, sin posibilidad de discusión, un discurso distinto. Reclamar que terminen categóricamente las ayudas a la banca y se empleen los recursos en la creación de empleo. Porque el capitalismo ha de asumir su parte de la pérdida y resignarse a los números rojos y hasta hundirse, de la misma manera que los sufridos ciudadanos padecen sin compasión situaciones extremas.
Puede que así el futuro sea menos imperfecto demostrando que una vez aprendimos la lección y supimos poner en marcha la maquinaria de un mundo nuevo en el que por fin, nosotros seamos los protagonistas,

martes, 27 de abril de 2010

La conciencia excluyente




Conseguir la unanimidad en las cuestiones llamadas de conciencia resulta una tarea casi imposible. Entendiendo que la diversidad de opiniones lleva consigo posturas diametralmente opuestas, alcanzar un consenso en todo lo que tenga que ver con la ideología o las creencias es labor de titanes y cuando se consigue legislar con el apoyo de las mayorías, incluso se hace difícil el cumplimiento de las normas por los que desde el principio se opusieron a ellas.
Este ámbito, que debiera cernirse a lo estrictamente personal e íntimo, suele llevar a movilizaciones casi siempre encabezadas por las alas más integristas de las religiones y por los líderes políticos más recalcitrantes. Y no habría nada que objetar si no trataran desaforadamente de imponer su postura a los demás con una retórica rancia que suena a orden dictatorial y no a convencimiento pacífico.
No debiera ser lícito saltarse el cumplimiento de las leyes. El caso de Navarra, que deriva a las mujeres que se acogen a su derecho al aborto a otras comunidades, es un ejemplo claro de intolerancia y raya en la desobediencia civil demostrando una sospechosa cercanía con las teorías del Opus dei, que tantos adeptos tiene en esa comunidad.
La decisión de abortar no suele ser caprichosa, ni resulta agradable para quienes se ven en muchos casos , obligadas a practicarla por motivos tan personales, que no ha lugar a una injerencia y menos a una negativa categórica.
Ha costado mucho esfuerzo establecer este derecho. Es sabido que las prácticas abortivas ilegales se encontraban establecidas en el país y que han segado muchas vidas de mujeres que se sometían a ellas en condiciones médicamente intolerables.
Negar esta evidencia, es negar la realidad, tratar de correr un tupido velo sobre un problema latente en nuestra sociedad para pintarnos un mundo de fantasía casi siempre apoyado en la posibilidad económica de los que más tienen para poder salir del estado si se vieran en esta tesitura. Las clínicas abortivas de Londres han sido visitadas con frecuencia por una suerte de señoritas bien, muchas de las cuales engrosan ahora las filas de los gloriosos apellidos de los que claman en contra de la popularización de las leyes.
Este dar a entender que en la comunidad de Navarra no existen estadísticas de posibles solicitantes de abortos, es una pretensión descarada de disfrazar una verdad latente en todas las sociedades modernas. Es también, negar sistemáticamente el derecho a la decisión de las mujeres, amordazar su libertad, ahogar sus posibilidades de un futuro mejor y relegarlas al último lugar de la geografía u obligarlas a desplazarse a otros comunidades lejos de su ambiente familiar, señalándolas como ovejas negras descarriadas portadoras de un estigma de pecado sin remisión posible.
Que el Estado consienta estas aberraciones representa una vuelta al pasado inconcebible y desdeñable. Porque es su primer deber hacer cumplir a rajatabla las leyes establecidas sin excepciones y hacer llegar a todos los rincones del territorio que gobiernan una igualdad que posibilite un criterio único para todos sus habitantes.
Esta discriminación flagrante revela un sometimiento tácito a unas reglas del juego dictadas por una minoría ultra conservadora que no presenta síntoma alguno de evolución en sus ancladas posturas de ostracismo.
Solo falta poner una letra escarlata en el pecho de estas mujeres y si no remiten en su decisión, quemarlas en la hoguera.

lunes, 26 de abril de 2010

Un giro en la violencia




Desaparece, también con violencia, el último participante en la matanza de Puerto Urraco. Este terrible episodio, que se definió como típico de la denominada España profunda, segó indiscriminadamente varias vidas en las calles de un pequeño pueblo extremeño.
Esa España de rencores eternos y odios enconados relacionados con mínimas fronteras o amores no correspondidos, se suponía íntimamente relacionada con el analfabetismo y la incultura, tan comunes en épocas pasadas.
Los límites morales de las tierras escondidas de nuestra geografía se rompían estrepitosamente cada cierto tiempo, haciendo saltar por los aires toda lógica bien pensante y mostraba venganzas obsoletas teñidas de la sangre de los inocentes, como si las reglas de su juego fueran otras que las que se encontraban plenamente asentadas en las ciudades bulliciosas donde se labraba otro futuro.
Esos crímenes alevosos, rumiados en el silencio ensordecedor de los valles recónditos, perpetrados con armas tradicionalmente de uso familiar y producto de la obcecación de seres primitivos, quedaron enterrados en sus lugares de origen y el panorama delictivo actual va por otros derroteros diametralmente opuestos.
Se ha pasado del desconocimiento más absoluto de cualquier manifestación cultural, al refinamiento, al estudio minucioso de las leyes y sus argucias, entrando en una vorágine de delitos mínimamente pagados por quienes los cometen, como si en estos años ganados al ostracismo, se hubieran también abierto las puertas de la sofisticación para los delincuentes y asesinos.
Ya no hay matanzas como las de Puerto Urraca. Ha desaparecido el apasionamiento de los criminales y se ha instalado en ellos esa frialdad inenarrable que los lleva a ampararse en cualquier recurso legal que disminuya su condena.
Los que matan, ya no son elementos tercermundistas aislados que dan rienda suelta a sus instintos enfermizos bañando de sangre las calles, sino tremendos sibaritas sin ánimo de arrepentimiento que conviven en nuestra sociedad manipulándola a su antojo cuando atraviesan la barrera de una legalidad que ni siquiera entienden en lo más profundo de sus conciencias.
La única similitud entre aquellos crímenes y estos podría cifrarse en la locura de los individuos. Pero es una locura diferente, mucho más compleja la de ahora, pues ni siquiera es asumida como enfermedad por quienes la padecen
La pregunta es si realmente hemos avanzado en el tiempo, si hemos dejado atrás la llamada España profunda o más bien, nos hemos sumido todos en otra profundidad mucho más negra y duradera que la que entonces nos horrorizaba.
Véase el estallido de violencia que a diario nos acompaña. Examínense minuciosamente los móviles por los que se mata y se verá con claridad que ninguno de ellos arrastra heridas de antaño, ni desavenencias vecinales, ni disputas que provengan de divergencias insalvables en un ámbito pequeño.
La modernidad nos ha traído otro tipo de degeneración mucho más absurda, que desprecia la vida hasta el punto de arrebatarla por capricho en una especie de ritual copiado de sociedades mal consideradas como más avanzadas que la nuestra. Falta primero, el respeto personal a uno mismo, la ética que impide traspasar el límite moral de la dominación hacia los otros.
El criminal de nuestros días se considera y es considerado un semidiós con poder de decisión suficiente para llevar a la muerte a los que le rodean en el momento en que se conviertan en un obstáculo para la consecución de sus deseos, sea cuales fueran éstos.
Habrá que cuestionarse este cambio en el patrón de los comportamientos y asumir que si verdaderamente se trataba de un problema de educación, nuestro fracaso ha sido estrepitoso.
Por tanto, si no educamos mejor y nos apeamos a tiempo de estos modelos traídos de otras partes, quizá terminemos lamentando no haberlo corregido a tiempo. Y este país caminará hacia un progreso descorazonador para nuestra propia seguridad de cuerpo y alma.
Puede que más que salir de la profundidad de nuestra historia, la hayamos disfrazado de una indignidad mucho más peligrosa y violenta.

Un lunes de pereza

Hoy la astenia primaveral parece instalarse entre las paredes de mi casa. Repaso mentalmente el panorama desolador de las noticias cercanas y lejanas, pero me puede la apatía y me falta la fuerza necesaria para abordarlos dejándome atónita ante la blancura inmaculada del papel.
Es uno de esos días en que se relativizan los problemas y la sangre circula con lentitud por las venas aflojando el espíritu y las piernas, generando una desgana insuperable que casi siempre acaba en desaliento.
Esta imposibilidad de escribir que llama a la inspiración sin que acuda provocando un enorme desaliento, suele venir acompañada por una sórdida tristeza inexplicable muy parecida a una sensación de pérdida de identidad a la que no se encuentra una inmediata salida.
Sin embargo, se hace infructuosa la búsqueda y el mero hecho de asumir una disciplina de trabajo es ya todo un triunfo. Aunque sabes en tu interior que no es ahora el momento de conseguir una frase bien construida, ni un titular de altura, ni esa chispa juguetona y caprichosa que roza la genialidad diferenciándote de los demás ahondando en tu estilo propio.
No sirve dejar reposar unas horas tu incapacidad en espera de que se produzca un milagro por el que fluyan las palabras posibilitando un artículo, ni lanzar al azar titulares en un intento desesperado por dar con el que abra la caja de tus tesoros mas ocultos. La parálisis creativa suele prolongarse durante todo el día y sólo el sueño reparador vendrá a restituir los valores perdidos y a conseguir que las musas vuelvan a visitarte con su carga de ilimitada imaginación y destreza.
En esta tesitura de sequía, puede servir abrir el corazón y confesar abiertamente que a pesar de estar atentos a la realidad, de ver los acontecimientos que se suceden a nuestro alrededor y sentirnos parte de ellos, simplemente, hoy no sabemos cómo abordarlos y no nos queda otra opción que permanecer en silencio.
Un run run de cotidianidad sube desde la calle asegurando que la gente va y viene a trabajar después de una semana de frenética fiesta.
Es lunes, está nublado, pasa el tiempo. Sucumbo a la pereza.

viernes, 23 de abril de 2010

El laicismo ignorado






Teóricamente, vivimos en un Estado declarado constitucionalmente laico y aconfesional, supuestamente al margen de cualquier injerencia de tipo religioso que pudiera llevar a definirnos como adeptos a ella.
Pero la realidad cotidiana con la que nos vemos obligados a convivir es otra bien distinta y difiere sobremanera de lo que quedó plasmado en nuestra Carta Magna en franco deterioro para los que auténticamente laicos nos consideramos y sentimos.
Es mucha nuestra tolerancia y a menudo miramos hacia otro lado ante las presiones de la Iglesia católica afincada entre nosotros, más por tradición que por creencia, pero que probadamente incurre en inconstitucionalidad con sus exigencias continuas aferrada a sus principios oxidados incluso vociferando en las calles para imponernos sus creencias.
Cuesta mucho que desaparezcan de las escuelas públicas los símbolos religiosos que se colgaron en un periodo anterior y que observan con su permanencia una inclinación partidista que no se corresponde con la realidad del país.
Ahora, también los islamistas tratan de hacer valer su derecho a entrar a clase con el velo y ejercen su legítima protesta en las puertas de los institutos aludiendo tácitamente a una desigualdad manifiesta.
Pues bien, unos y otros habrán de convenir con la ilegitimidad de sus acciones que socavan en profundidad las bases ideológicas de los que no tenemos creencias y que además invaden permanentemente nuestro terreno excluyéndonos de toda libertad de expresión a sabiendas de que la ley está de nuestra parte.
A nadie parece importar los daños morales que sufrimos ni la rémora que para nosotros supone que nuestros hijos hayan de convivir forzosamente con cualquier símbolo de religiones en las que no creemos. La sociedad, orientada hacia la parafernalia simbologica de una mal entendida fe, se decanta en un lado de la balanza favorable a sus intereses individuales considerándonos una especie de bárbaros sin voz ni voto a los que se puede mancillar y esclavizar a sus costumbres.
Crean en lo que quieran. Su libertad de elección los avala, pero en los ámbitos oportunos para esos ejercicios. Vayan a sus iglesias y hagan su santa voluntad en ellas, pero en los espacios comunes y financiados por todos, sus derechos terminan donde empiezan los míos.
Respeten pues, la aconfesionalidad del Estado y lleven sus ritos a sus altares sin interferir en la pacífica rutina de las aulas que fueron diseñadas para impartir materias y no para hacer adeptos o feligreses de sus dogmas. No son precisamente un ejemplo de la tan cacareada tolerancia que alardean de preconizar, sino la imagen de una tiranización soslayada que trata a todas luces de imponer unos criterios a las masas sin dar lugar a la defensa de otra concepción de la vida.
El nuestro, también es un grito desesperado a favor del respeto, de la conciliación y del cumplimiento de las leyes porque hasta ahora, no hemos visto otra cosa más que una doble moral disfrazada de conceptos como persecución o racismo cuando en realidad, seríamos nosotros los más humillados de esta historia.
Quizás, al carecer de púlpitos desde donde arengar a nuestros adeptos, se toman la licencia de atropellarnos con sus ritos, de segregarnos, de ignorarnos e incluso de herir nuestras conciencias con sus interminables letanías de probada intransigencia.






Los lugares remotos




Mueren los lugares de nuestra infancia de abandono, de olvido, de un desamor sutil apenas perceptible por la razón desaforada de la vida azarosa de las ciudades. Mueren en su silencio ensordecedor sólo roto por las ramas en movimiento de los orgullosos árboles que no se rinden a la batalla de la mejora y la prisa.
Desdibujadas, sus construcciones desaliñadas por el paso del tiempo, traen aromas de antaño grabados a fuego en la memoria y colores de verbena bailan la última danza sobre los adoquines desgastados de lo que fueran sus calles principales y el arco derruido de la plaza.
La huida necesaria hacia el progreso, el irse quedando tácitamente en los cómodos asentamientos urbanos, la pereza, el ansia de volar con nuevas alas hacia destinos más atrayentes, nos fueron dejando poco a poco huérfanos de nuestra identidad, sin querencias.
Los sitios que se han quedado sin nombre, que ya no figuran más que en los mapas de nuestros años felices, son una demostración viva de nuestro propio desarraigo. Estamos solos en ese mundo que nos fascinaba entonces desde lejos, cuando lo imaginábamos milagroso en nuestro afán de aventura insaciable.
Y ahora, que se nos pasó la vida en un suspiro intentando alcanzar el cielo de felicidad sin conseguirlo, cuando hemos caído en la cuenta de que poseíamos todo un universo de pequeñas cosas tan grandes, no tenemos dónde volver. Todo se ha desvanecido como si hubiera sido un sueño, como si la risa sonora de unos cuantos compañeros de juegos, no hubiera existido jamás y fuera sólo el reflejo en el agua de una imagen fabricada en el frescor de una siesta o la invención lacrimógena de quien se va acercando a la senilidad.
Pero mientras recorremos el camino tortuoso que nos lleva al solar que un día habitamos junto a los nuestros, cuando seguimos el cauce del rió deseando mirar al otro lado de la pequeña colina esperando encontrar el pueblo, aún hay algo que nos conmueve agitándonos la conciencia sin que queramos conformarnos con no pertenecer a algún lugar.
Y más que la fantasmagórica visión de la enorme soledad que puebla nuestros campos, nos parece ver el humo de las chimeneas, oler la lluvia a borbotones sobre el tejado de la iglesia y oír las voces de los que tanto quisimos y que permanecerán para siempre jóvenes y vivos en nuestra memoria.