domingo, 29 de octubre de 2017

Una realidad paralela


Dicen los expertos, que la gestualidad que acompaña a las manifestaciones orales de la gente, puede revelar, si se observa, los grandes secretos que guarda cada cual y que en los momentos de mayor tensión que vivimos, esa gestualidad puede ayudar a encontrar las claves de la verdad que se esconde en lo más profundo de las personas, pudiendo leerse de este modo en ellas, mucho más allá de lo que sugieren sus palabras.
Después de unos meses de extrema tensión y una vez conocido el final de la dolorosa historia que hemos vivido los catalanes y españoles, he de confesar que ayer noche, nada me apetecía más que procurarme algún momento de relax, aunque la curiosidad, que suele ser mala consejera, me condujo inconscientemente hasta el llamado Debate de la Sexta, en dónde se continuaba discutiendo sobre el tema de máxima actualidad, que había alcanzado su punto álgido con la DUI y el principio de la aplicación del artículo 155.
La sorpresa llegó, cuando me encontré discutiendo en pantalla a representantes de todas las Formaciones políticas, incluidos dos declarados independentistas de PdeCat y Esquerra Republicana, cuyas actitudes, si se tiene en cuenta la gravedad del momento, me parecieron, permítanme decirlo, incomprensiblemente sosegadas y muy fundamentalmente, cargadas de una especie de halo de complaciente superioridad que parecía infravalorar la inteligencia de los demás interlocutores, como si la contundencia de los argumentos que esgrimían, no sólo no admitiera ningún tipo de crítica o discusión, sino que además anulara sistemáticamente y sin oposición, la diversidad natural  de las opiniones de los otros.
He de reconocer, que me quedé inmediatamente petrificada, sin poder creer realmente lo que mis ojos estaban viendo y que el desarrollo de la conversación, las sonrisas grabadas como a fuego en el rostro de los nacionalistas y su permanente rechazo a la aceptación de unos hechos consumados que habían empezado a producirse en Catalunya, ya de madrugada, no hicieron, sino corroborar la teoría de que se hallaban, como abducidos por una corriente ideológica mil veces repetida y ensayada, que les robaba cualquier posibilidad de ver más allá, de una línea marcada en la estrechez de miras de su propio horizonte.
 Esa gestualidad, que podría describirse simplemente como un aprendizaje concienzudo cuya última finalidad sería la de poder dotar a las masas de un profundo convencimiento y de convertir, a esa doctrina aceptada con devoción, en una religión ineludible, por la que uno podría llegar a renunciar incluso a las más profundas querencias, coincidía y sólo habría que prestar atención a las imágenes que hemos estado viendo estos días en todos los medios, incluido el momento en el que se proclamara la Independencia, con la actitud demostrada también, por todos los líderes secesionistas y si me apuran, hasta por la multitud que les ha venido acompañando durante su periplo, produciendo a quiénes miramos desde fuera, la escalofriante sensación de haber estado asistiendo al nacimiento de una extraña secta, cuyos partidarios ignoran su propia inmolación, en pos de una causa primera que les empequeñece convirtiéndoles en individuos absolutamente alienables.
No sé por qué, recordé nuevamente una escena de la que ya les hablé con anterioridad, no recuerdo hace cuánto tiempo, perteneciente a la película Cabaret, en la que un joven de estética aria,  vestido con el uniforme de las juventudes hitlerianas, empieza a entonar, con el brazo en alto, en un merendero lleno de un público entregado a consumir salchichas y cervezas, una canción titulada “Tomorrow belongs to me”, a la que primero, nadie presta demasiada atención, pero a la que después se van sumando, uno a uno, todos los comensales, hasta convertirla en una especie de clamorosa manifestación simbólica del arraigo popular de  un fascismo, que poco después se convertiría en imparable, trayendo para todos, las terribles consecuencias que conocemos sobradamente, a través de la Historia.
Ese recuerdo inconsciente, que permaneció anclado a mi memoria durante toda la noche y la reiteración machacona de los mismos argumentos, esgrimidos incluso por un reconocido economista, con un ictus de idéntica complacencia, no pudo, sino prolongar ese sentimiento de durísima incertidumbre ante el futuro que se abre ante nosotros y la indeseada sensación de que una buena parte de catalanes está decidido a vivir una realidad paralela, en ese paraíso feliz fabricado para tal fin, no se sabe por quién ni con qué intenciones, pero que finalmente, chocará de manera inevitablemente violenta con la crudeza de la legalidad que acompaña al poder y que cuenta con la aquiescencia de  todo un  mundo globalizado, que no dudará en destrozar sin reparos, la esencia de este sueño.
A esos dos millones y pico de personas, que creyeron sinceramente en la grandeza de su idea y que aún hoy, celebran con júbilo la proclamación de una República virtual que se les ha venido presentando como la quimera del oro, frente a la siniestralidad de un Estado imperfecto, convendría quizá prevenirles de que los espejismos, que parecen reales ante los ojos y que nos atraen poderosamente hacia la frescura de los oasis, en medio del desierto, terminan por desvanecerse ante nosotros, aumentando la angustia por la sed y sólo aquello que es verdaderamente tangible, puede proporcionarnos algún breve instante de felicidad, pues nada en esta vida es absoluto, ni dura, para nuestra desgracia, para siempre.
Será la suya, la crónica de una desilusión anunciada por la rotundidad de una verdad, que apoyada en esa legalidad que los suyos abandonaron precipitadamente, sin contar con las consecuencias que traen este tipo de acciones irresponsables, de cara al porvenir de la gente, acabará por imponerse sin remisión y reflexionar sobre los propios errores, podría ser quizá el primer paso, para volver a intentar un entendimiento.


sábado, 28 de octubre de 2017

Tiempos de utopía


La proclamación de la República Catalana se consumó ayer a medio día en un Parlament  sólo ocupado por los grupos secesionistas y Podemos, levantando una ola de entusiasmo entre los miles de personas que aguardaban un momento de tal trascendencia ante el Palacio de San Jaume  y un sentimiento de tristeza y preocupación en la población que presenciaba el acto sin poder creer lo que sucedía ante sus ojos.
Se cerraba así, un periodo de incertidumbre que nos había tenido a todos imaginando desenlaces distintos para un mismo acontecimiento y se rompía toda esperanza de que el diálogo y la negociación, por la que habíamos apostado hasta el último instante, acabaran por suavizar el encarnizado enfrentamiento entre los protagonistas de un conflicto, que finalmente no pudieron o no quisieron llegar a ningún tipo de acuerdo.
Sólo unas horas más tarde de que los nacionalistas catalanes hicieran tangible sus sueños, el Presidente Mariano Rajoy celebraba un consejo de ministros extraordinario, en el que daba curso a la aplicación del artículo 155, aprobada por el Senado y comenzaba a poner en marcha las primeras medidas propuestas por su Gobierno, comenzando con la destitución  al completo del Govern de la Generalitat y el cierre de un Parlament, en el que continuaban los festejos, por la llegada de la independencia.
Al mismo tiempo, convocaba sorpresivamente elecciones autonómicas para el próximo 21 de Diciembre, destituía al director de los mosssos de escuadra y a los delegados de la Generalitat  catalána  en Madrid y Bruselas y cerraba las llamadas embajadas que el Govern había estado instalando durante años, como un anuncio de su intención de independencia.
El día, que había comenzado con la incertidumbre de no saber aún cuáles eran las intenciones de Puigdemont y la propagación de las ofertas que aún le hacían los socialistas de Iceta para que reconsiderara la opción de acudir al Senado para defender sus argumentos, fue despejando dudas en cuanto se anunció el comienzo de un pleno, en el que de modo similar a lo que ocurriera el pasado Septiembre, se fueron rechazando una a una las propuestas que vinieron de parte de la oposición y aprobando las que provenían de los integrantes de los Partidos secesionistas, hasta el punto de que al final, se logró que la votación en la que se decidía la proclamación de la República fuera en urna y secreta, por lo que nunca podremos saber quiénes fueron los que propiciaron el triunfo del SI, cosa que complica enormemente la posible actuación contra ellos de la justicia.
En el momento de la votación, los parlamentarios de PP, Ciudadanos y PSC, abandonaron la sala y sólo los de Podemos permanecieron en sus asientos, mostrando, salvo en tres excepciones, las papeletas del NO, antes de introducirlas en la urna que se exponía en el centro del recinto.
 Se consumaba así, algo que una buena parte de la Sociedad catalana deseaba con todas sus fuerzas y otra parte temía con igual vehemencia, quedando demostrado con un realismo casi patético, la enorme fractura que se ha venido gestando en Catalunya durante los últimos años y que con toda probabilidad, perdurará por encima de lo que pueda ocurrir en el futuro, por mucho, mucho tiempo.
La noche, que transcurrió en las calles, en un ambiente festivo, lleno de fuegos de artificio y miles de personas envueltas en esteladas que reclamaban insistentemente que se retiraran las banderas españolas de los edificios públicos,  sirvió también, para que se publicaran en el BOE las medidas aprobadas por el Gobierno de Rajoy y para que se destituyera a Pere Soler y Trapero, cabezas visibles de los mossos de esquadra, fulminantemente.
El relato de los hechos, que podría definirse como ciertamente esperpéntico y en el que parecían convivir dos realidades diametralmente opuestas, supone sin embargo, una de las acciones de mayor gravedad con las que se haya enfrentado la Sociedad desde la muerte del Dictador y abre un periodo en el que cualquier cosa pudiera ocurrir, si la Generalitat se negara a cumplir las órdenes del Gobierno español y una buena parte de la Sociedad catalana optara por la desobediencia civil, haciendo frente a la aplicación del 155, aunque fuera de manera pacífica.
¿Cuenta el Estado español con los instrumentos necesarios para la aplicación de estas medidas propuestas? La verdad es que al no existir precedentes que puedan ofrecernos la seguridad de que todo el entramado que conlleva la aplicación del 155, puede llevarse a cabo de manera eficiente, sólo el paso de los días nos irá relatando lo que pueda ocurrir en Catalunya, en un futuro que se presenta ciertamente incierto.
Verdad es, que el hecho  de que la República no haya sido reconocida por ningún país del mundo, al menos hasta el momento y que las más grandes potencias se hayan posicionado abiertamente al lado de Rajoy, no facilita para nada el comienzo de una nueva nación, pero la realidad es que a los partidarios de la secesión, poco o nada parece importar, si no es la idea de continuar adelante con sus sueños.
Muchos catalanes, empezaban anoche a romper sus carnets de identidad y sus pasaportes, como gesto simbólico de la ruptura con el país que han venido considerando como su represor, sin querer creer que  la llegada de la República que celebraban, consistía en una mera utopía, carente de cualquier reconocimiento.
Era, como si una ceguera colectiva se hubiera apoderado de la gente, impidiéndoles distinguir cualquier viso de realidad que pudiera alejarles, ni una micra, de los argumentos que se han ido grabando a fuego en sus mentes, durante los últimos tiempos.
Cómo gestionarían su amada República quiénes les han traído hasta aquí, aislados del mundo, sin medios, sin recursos, sin empresas, sin empleos y por tanto, sin sueldos, no cupo nunca de sus planteamientos.
El despertar, será seguramente amargo de asimilar y es probable que muchos  de ellos se pregunten cómo consintieron en ser arrastrados hasta aquí, sin que nadie les advirtiera de los peligros que conllevaba construir este sueño.
Nada hay peor, que tener que ver cómo las ilusiones se hacen añicos, cuando las cosas se hicieron con buena voluntad, aunque sin contar de antemano con que el Poder, con mayúsculas, casi nunca pierde.
Bueno, quizá haya algo  peor: tener que abordar la reconstrucción de todos los apegos que se rompieron durante la elaboración de este proceso. Algunas de estas heridas, abiertas en su mayoría por la intolerancia de los unos contra los otros, quizá hayan matado para siempre los valores que propiciaban una convivencia pacífica entre ciudadanos, amigos  e incluso familias, que no fueron capaces de separar la ideología de los afectos.
Lo que haya de pasar, pasará, pero este tiempo de utopía, ha dejado sin embargo, en muchos de nosotros, un amargo recuerdo.



jueves, 26 de octubre de 2017

Esperanza en la madrugada


Aunque ayer por la tarde Carles Puigdemont decidía no acudir al Senado y en el ambiente se daba por hecha una Declaración Unilateral de Independencia, de madrugada, saltaba la noticia de que la Generalitat  había enviado una propuesta de pacto a Moncloa, en la que se accedía a convocar elecciones autonómicas anticipadas, a cambio de que se diera marcha atrás en la aplicación del artículo 155, en Catalunya.
A las doce y media de la mañana, aún no se conoce la respuesta de Rajoy y todo el país continúa con la incertidumbre de saber qué pasará finalmente esta tarde en el Parlament y en el Senado, aunque parece haberse abierto una última esperanza de solución, sobre todo porque al PP debe haberle complacido y mucho, que hayan sido los nacionalistas los que en cierto modo, hayan dado marcha atrás en sus aspiraciones, al menos en este momento.
Pero el recuerdo que todos tenemos de las actuaciones de la derecha española, en casos en que se haya cuestionado su poder, no son precisamente tranquilizadores y por tanto, habrá que esperar a ver si son capaces de aparcar, por una vez, su indignación por haber sido saboteados con las votaciones del 1 de octubre, para poner los intereses reales de los ciudadanos por encima de su orgullo herido, tramitando un acuerdo que en cierto modo contentaría momentáneamente a las dos partes, para que volviera reinar entre nosotros, la paz y la concordia.
 Sin embargo, entre la sensación con la que nos acostamos ayer y la que nos acompaña en esta mañana decisiva en que se acumulan las noticias, no es para nada la misma y los que siempre hemos apostado por la vía del diálogo y la negociación, queremos conservar la ilusión de que los milagros de última hora son posibles, por lo que respiramos un poco más aliviados, aunque sabemos que esta solución no terminaría en absoluto con el problema catalán, aunque si supondría un balón de oxigeno para permitir que las cosas se colocaran en su sitio y dentro de la legalidad vigente.
Naturalmente, ya sabemos que si el PP aceptara la propuesta lo haría de manera triunfalista, adjudicándose una baza  que no le corresponde por derecho, pero esas nimiedades, carecen de importancia cuando se trata de evitar un daño mayor y en cierta medida, nos daríamos por satisfechos, si finalmente amainara  la tormenta.
Enganchados a los medios de comunicación y sin pestañear por lo que pudiera suceder en las próximas horas, permanecemos en una calma tensa que lo invade todo y que no nos deja siquiera la posibilidad de pensar en ninguna otra cosa y aunque somos conscientes que de arbitrarse esta vía, muchos catalanes vivirán un momento amargo, por la desilusión que supone para ellos no haber alcanzado su sueño, los inconvenientes que acarrearía para ellos una declaración de independencia se advierten con mucha más claridad desde la distancia y habría que considerar la ventaja que supone trasladar sus reivindicaciones al marco de una legalidad, en la que en pos de la libertad de expresión, podrán exigir, lo que quieran.
Lejos de extremismos absolutamente nefastos para este momento concreto, atisbar un panorama en que por fin termine una confrontación que estaba llegando a extremos insostenibles, debiera ser considerado como una buena noticia, al menos hasta que los ánimos se calmen y seamos, por ambas partes, capaces de racionalizar el problema, de manera sosegada y pacífica.
Ni los catalanes, ni los españoles, merecemos vivir una tensión del calibre de la que hemos tenido soportar en los últimos tiempos y ya les digo yo que si somos capaces de remontar las vastas distancias que se han abierto entre nosotros, habremos ganado un terreno precioso en el que construir nuestra propia libertad, lejos de la violencia y el fanatismo.
Les cuento, que a los que no nos hemos decantado por ninguno de los dos bandos contendientes en esta batalla, no nos ha resultado fácil mantener nuestra postura de neutralidad durante estos días, llegando incluso a ser acusados por unos y por otros de una falta de patriotismo, que nada tiene que ver con la comodidad o la cobardía y mucho con la voluntad de conciliación con que debiera poder resolverse cualquier conflicto político.

Puede que si finalmente las cosas se arreglan, cuando pase el tiempo, se templen las diferencias y vayan sanando las heridas, se comprenda mucho mejor a quienes no quisimos participar en esta lucha encarnizada de nacionalismos contrarios y también que el concepto de patria, que tanto sobrevaloran quienes se envuelven en banderas y  símbolos,  no representa precisamente un modelo de amor hacia la tierra por la que uno tiene querencia, sino un modo de querer poseerla de manera exclusiva y excluyente, que hace a los hombres perder unos valores de universalidad, que debieran ser la base fundamental de toda convivencia.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Un pacto en peligro


Como si las cosas no estuvieran ya bastante complicadas, parece que el PP se encuentra dispuesto a llevar a cabo la aplicación del 155, en Catalunya, aún en el caso de que Puigdemont  decidiera  finalmente dar marcha atrás y convoca elecciones autonómicas esta tarde, volviendo a la legalidad que abandonó, en un pleno de infausto recuerdo.
Esta medida, que en principio no parece complacer a todo el Gobierno popular, no se ha visto con buenos ojos desde las filas del PSOE, que amenaza con retirar su apoyo al Presidente, alegando que en el caso de los acontecimientos tomasen esa deriva, ya no sería necesario seguir adelante con la intervención y sólo habría que centrarse en preparar una campaña electoral que por cierto, sería difícil.
Pero el ala más conservadora de los populares no está de acuerdo en dejar pasar lo ocurrido en Catalunya en los últimos tiempos y reclama, en pos de ese patrioterismo feroz que suele caracterizarla, una especie de venganza ejemplarizante que haga desistir para siempre a los separatistas de cualquier nuevo intento de declaración de independencia, convenciéndoles de la fuerza de un Estado, dispuesto a llegar dónde se necesario, para preservar la unidad del país.
 Llegados a este punto y tras la intervención que protagonizó ayer por la tarde el ex President Montilla en el Senado, todos aguardamos con impaciencia la decisión final de Puigdemont, un poco ya, sin conservar esa esperanza de que las cosas puedan solucionarse en el último momento y temiéndonos que pueda pasar lo peor, que sería en este caso, que Puigdemont cediera a la convocatoria de elecciones autonómicas y que aún así el PP comenzara la intervención en Catalunya, inmediatamente.
Pero si el PSOE rompiera entonces el acuerdo al que llegaron Sánchez y Rajoy, el nexo que parecía unir a los constitucionalistas saltaría por los aires provocando una situación ciertamente incómoda y extraña, incluso para el propio Presidente, que seguramente había imaginado que los socialistas le apoyarían incondicionalmente, hiciera lo que hiciera y que se va a encontrar con que  esa incondicionalidad no era tal, si oyendo a los dirigentes del PSC, Sánchez no se pliega a las nuevas exigencias de los conservadores.
Ya recalcaba Montila ayer que la situación que se está viviendo en Catalunya, nada tiene que ver con la que se imagina desde Madrid y se quejaba, veladamente, de la dificultad de conocer realmente el corazón del conflicto desde la distancia, llegando casi a rogar, con la preocupación reflejada en el rostro, que se evitara por todos los medios la intervención, sobre todo si se entendía que había buena voluntad por parte del President de la Generalitat , en el caso de que convocara elecciones.
Mucho nos temíamos nosotros que una vez que se pusiera en marcha la maquinaria del 155, iba a resultar casi imposible que Rajoy diera marcha atrás, pues al ataque que ha sufrido su ego, teniendo que ver cómo se votaba en un Referendum prohibido por el Constitucional, habría que sumar la división interna que siempre le acompañó en su Partido y el deseo irrefrenable de poder pasar a la historia como el único vencedor de la contienda, aunque para ello hubiera que humillar a todos los catalanes.
Quiere el PP, en una palabra, derrotar. Sentar las bases de una política distinta en un territorio que nunca le fue favorable en el terreno electoral y hacer patente que la autoridad del Estado, en este caso representado por Rajoy, no solo resulta ser incuestionable, sino que ni le duelen ni le dolerían prendas en utilizar todos los medios a su alcance, con tal de sesgar, de raíz, cualquier posibilidad de que el independentismo catalán vuelva a levantarse.
Pero no es lo mismo contar para esta intervención sólo con el apoyo de Ciudadanos, que hacerlo con la del principal Partido de la oposición, sobre todo, porque la retirada del pacto de los socialistas, bien podría levantar la liebre en Europa, a la que tal vez convendría mucho más que la solución del problema viniera por la vía del entendimiento y la concordia, que por la aplicación de medidas de fuerza.
De manera que mientras esperamos que los acontecimientos sigan ese curso incierto que nos tiene a todos in albis, a Rajoy  y también a Puigdemont, les quedan unas horas para poder reflexionar hondamente y de nuevo,  están solos los dos. Medir sus fuerzas y limpiar las armas con que se enfrentarán a este duelo, debe ser la rutina que están siguiendo, cada cual en su sitio y no puede ser fácil para ninguno, la dureza de este enfrentamiento.
Por el bien de todos, se aconseja cordura y sobre todo, buena voluntad y limpieza de sentimientos. En este caso, ambos han cometido gravísimos errores que sin embargo, se pueden y se deben perdonar, si es en pos de un entendimiento.

Ojalá y así suceda.

martes, 24 de octubre de 2017

La intervención de los medios


En este compás de espera trepidante, que nos tiene a todos enganchados a la radio, la televisión o la prensa, con el aliento contenido cada minuto, por si nos encontramos de pronto con alguna noticia novedosa que arroje un poco de luz sobre el panorama desolador que se nos presenta, a uno le queda tiempo para analizar las propuestas que unos y otros vienen poniendo encima de la mesa y hasta  a decidir, en conciencia, si está de acuerdo o no con los pasos que se van dando desde los frentes de batalla, en los que probablemente, como en todos, se están cometiendo una serie de errores imperdonables, que ya veremos si se pagan o no, cuando termine la tormenta.
Verdad es que nos tiene muy preocupados la más que posible aplicación del artículo 155 en Catalunya, ya que siempre nos declaramos favorables al diálogo y la negociación para haber alcanzado un acuerdo, pero si hubiera que denunciar la que nos parece la peor de cuántas medidas fueron anunciadas por Rajoy, hace unos días en rueda de prensa, sin duda nos decantaríamos por la posible intervención de los medios públicos catalanes, quizá porque defendemos con uñas  y dientes, el derecho a una libertad de expresión, que quedaría cuestionada si el hecho llegara a producirse, pues ya tenemos en el ámbito español, ejemplos más que palpables de la presunta manipulación ejercida desde los ambientes políticos, en los organismos dedicados a ofrecer una información, que aparece en multitud de ocasiones, sesgada o claramente favorable, al Partido que nos gobierna.
Para los informadores, el poder expresarse con total libertad, en relación con cualquiera de los temas que  trate cuando elabora una noticia, no sólo resulta absolutamente imprescindible, sino que marca la diferencia entre ofrecer una credibilidad reclamada en todo momento por los receptores de las noticias, que encuentran en la diversidad, una vía por la que poder decidir  por sí mismos dónde se encuentra la verdad, sin ser influidos por el vasallaje que  están dispuestos a  pagar algunos , a determinados Partidos políticos.
Es fundamental que todas las opiniones puedan ser emitidas con objetividad por los encargados de difundir la información con la que todos convivimos y que se pueda confiar en que lo que uno está leyendo, oyendo o viendo en la televisión, no sigue un camino marcado de antemano por personas o Entes, para ser favorecidos por el calado de las noticias.
Así que cualquier intento de intervención, conlleva en sí, un alto riesgo de tergiversación de una realidad que en este caso, concierne a lo que pueda estar ocurriendo en el corazón de Catalunya y que mermaría de manera considerable la posibilidad de que la  sociedad en general, pudiera analizar el problema, desde todos los ángulos posibles.
Ya sabemos que desde hace bastante tiempo, suele decirse con frecuencia que los medios públicos catalanes se hallan claramente  posicionados a favor del separatismo y que una parte de la población, denuncia una manipulación de los contenidos que no les permite analizar el panorama político al completo. Pero esto, que también ocurre en el caso de TVE y de varias televisiones de Autonomías gobernadas por Partidos de distinto signo, no es óbice para poder admitir que una de las primeras medidas que se tomen, si se aplica finalmente el 155, sea la de arrebatar por asalto radios y televisiones catalanas, como si se estuviera dando un golpe de estado militar y se considerara fundamental silenciar a los medios.
Estos hechos, que no garantizarían en absoluto la libertad de expresión en los medios intervenidos, sino que posiblemente potenciarían un cambio diametralmente opuesto en los contenidos que se ofrecieran a partir de entonces, más parecen propios de una república bananera, que de una Democracia occidental y resultan ser, por sí mismos, vergonzosos para cualquiera que se precie de formar parte de este país en que vivimos.
Esperando que nada así llegue a ocurrir y que los contendientes de esta batalla sean capaces de suavizar y mucho, el tono con el que se enfrentan últimamente, no nos queda otro remedio que continuar en alerta permanente, por si se produjera uno de esos milagros que tanto nos gustaría contar, pero que casi nunca suceden.
Nos encantaría poder gozar de unos días de tranquilidad en los que  abordar otros temas menos espinosos y hasta tener tiempo para pararnos a leer otra cosa que nos sea algo relacionado con el asunto que nos mueve.


lunes, 23 de octubre de 2017

Socios ocasionales


Ahora que hemos llegado hasta aquí y que los acontecimientos se han desarrollado de  tal suerte que parece casi imposible encontrar una solución para Catalunya, quizá convendría pararse a reflexionar sobre el tema de estos socios ocasionales que forman el frente secesionista, constituido hasta el momento, por PdeCat, ER y CUP, que se unieron, como  todos sabemos, sólo con la intención de convencer al pueblo catalán de la necesidad de proclamar una independencia, que según ellos arreglaría de un modo casi mágico, los graves problemas que viene sufriendo una población, afectada, como todas las demás, por los efectos nefastos de esta crisis.
No vamos a entrar en el argumentario empleado desde que se decidiera dar el primer paso para reclamar un referéndum, ni en todo lo que ha venido aconteciendo después y que es sobradamente conocido por todos aquellos que se preocupan de seguir a diario la actualidad, sino más bien, en lo que podría suceder desde ahora, dado que los intereses de los Partidos que forman esta coalición puntual, creada con un único fin, han de discrepar necesariamente, si se atiende a la ideología que cada uno de ellos representa y que en nada coincide con las de los otros, por lo que el debate está asegurado, al menos hasta que Puigdemont tome la que será la decisión más importante de su vida y que puede no coincidir con los planteamientos de sus socios, provocando la ruptura de los acuerdos.
No  olvidemos que la antigua Convergencia procede directamente de los herederos  de la alta burguesía catalana y que por tanto su pensamiento se encontraría enmarcado claramente en una tendencia de derechas, mientras que ER siempre fue considerada como la izquierda de un nacionalismo catalán, al que la CUP, netamente contraria al sistema y anticapitalista, robó una buena parte de votos, seguramente de todos aquellos que provenían de familias antiguamente afiliadas a la CNT, que no habían encontrado en el panorama político catalán, un sitio dónde ubicarse ideológicamente.
Ya resulta bastante extraño que estas tres corrientes diametralmente opuestas hayan encontrado una vía por la que ponerse de acuerdo y mucho más aún, que esa unión interesada haya sido capaz de perdurar en el tiempo, superando sus profundas diferencias, sin que se hayan producido en ella fisuras de hondo calado, al menos hasta el momento en que Puigdemont no se atrevió a proclamar abiertamente la Independencia, defraudando considerablemente, sobre todo a la CUP, que según palabras textuales, se había presentado a las elecciones, sólo para poder hacer realidad ese sueño.
Así que mirándolo bien, resulta casi lógico que se hayan decidido a reclamar una desobediencia civil, para con la aplicación del artículo 155 y hasta que empiecen a generar algaradas callejeras de cierta  consideración, al haber sido frustradas todas sus esperanzas de ver a Catalunya convertida en Nación y temer que finalmente todo se resuelva con una convocatoria de elecciones, independientemente de quién las convoque.
Dentro del sistema, PdeCat y ER, tampoco parecen coincidir en lo que debiera hacerse a partir de estos trágicos momentos y mientras los afiliados a la antigua Convergencia serían partidarios de una comparecencia de Puigdemont en el Senado, para exponer sus argumentos, los de Esquerra quizá prefieran ir a elecciones, sobre todo si se tienen en cuenta los resultados que para ellos se auguran en las encuestas.
De manera que esa férrea unidad que ha sacado a las calles a más de dos millones de personas empieza a correr un gravísimo riesgo de fractura, que podría materializarse en los próximos días, si un milagro no lo remedia y que esta división, si llegara finalmente a producirse, como se teme, bien podría beneficiar grandemente a Rajoy, adjudicándole una victoria que realmente no se ha ganado con sus actos, como todos sabemos.
Pero así son las guerras entre socios cuando no existen entre ellos demasiadas coincidencias y así, créanme, han conseguido evitarse muchas fricciones a lo largo de toda la Historia, por lo que no sería de extrañar que al final la solución del conflicto catalán viniera  por esta vía del desencuentro.
De momento, el Parlament se reunirá el Jueves, un día antes de que el Senado apruebe la aplicación del 155, propuesta por el gobierno y estos días, cruciales para todo lo que pueda suceder, son los que tiene Puigdemont para decantarse por la postura que considere más coherente, dando quizá en este caso, preferencia a lo que sugiera su Partido, al que tratará de perjudicar lo menos posible, obviamente.
Mucho queda por recorrer en este escasísimo tiempo y las opciones que se abren, según de dónde vengan, ni van a contentar al grueso de la población catalana, ni a satisfacer las aspiraciones reales de ninguno de los grupos que formaron esta coalición, en un primer momento.
La polémica, servida desde hace tiempo, puede concluir en sólo un segundo, si el President no se decanta por declarar el jueves la independencia.

Dicen las malas lenguas, que ha habido conversaciones secretas con Moncloa. Lo que no aclaran es quiénes son los que han participado en ellas.

domingo, 22 de octubre de 2017

Un momento crucial


Con la resaca del 155 acogotándonos la garganta y una sensación de inquietud instalada en lo más profundo de nuestro espíritu, aguardamos el transcurso de esos próximos días, en los que Carles Puigdemont habrá de tomar la que será la  decisión más importante de su vida y de la que dependerá, sin ningún género de dudas, no sólo lo que pueda deparar el futuro a los ciudadanos catalanes, sino también, a todos los demás habitantes de un territorio que hemos compartido hasta ahora y que  acapara una  diversidad de  querencias que quizá hubiéramos podido compartir, si no estuviéramos inmersos en un clima de intolerancia supina.
Esta decisión que con toda seguridad, no dependerá únicamente de la voluntad personal de Puigdemont , ahora empujado inexorablemente por sus seguidores hacia la obligación de proclamar solemnemente una República Catalana con la que todos soñaron unidos, aunque por razones diversas, constituirá sin embargo, un antes y un después, no sólo en el ámbito territorial que ha presidido desde que Artur Mas tuviera que abandonar su puesto, por razones más que evidentes, sino también en esas relaciones con el Estado español, que se han ido deteriorando hasta llegar al punto en el que ahora nos encontramos y que jamás volverán a recuperar la normalidad, si no se arbitra una solución de última hora que propicie la vuelta a un punto de partida, donde ambos contrincantes tengan necesariamente que renunciar a sus aspiraciones actuales, para partir de cero, aunque en las circunstancias actuales, solo un milagro podría conseguir calmar el clima de absoluta tensión que a todos nos está afectando gravemente.
Muchas veces hemos dicho con anterioridad que los grandes hombres de Estado se distinguen de los políticos mediocres por la genialidad con  que son capaces de afrontar los más terribles desafíos a que les somete su tiempo y que sólo unos cuantos, podrían ser considerados como tocados por ese don, que permite arbitrar soluciones cuando todo parece perdido, encontrando esa luz invisible que permite una clarividencia personal, que consigue rescatar a los demás de la profunda oscuridad en que se hallaban sumidos, sin efectos colaterales añadidos.
Mientras el Senado se prepara para rubricar sin condiciones la aplicación del artículo 155 en Catalunya, ya que la mayoría absoluta del PP no preludia ninguna sorpresa, a Puigdemont le quedan sólo unos días para decantarse por la Declaración de Independencia que le exigen sus socios de la CUP y en menor medida, los de ER  de Oriol Junqueras o por la iniciativa de convocar Nuevas elecciones al Parlament, evitando a los catalanes la humillación de ser intervenidos y gobernados por los Ministros de Rajoy  y a sus consellers,  la vergüenza de ser apeados de sus cargos junto a él mismo y al Vicepresident, arbitrando un tiempo de reflexión que aunque no garantiza la solución del problema, puede resultar imprescindible en estos momentos.
De esta decisión, que al final habrá de afrontar en soledad, pues la responsabilidad de las medidas que se adopten será exclusivamente suya y que seguramente acabará defraudando a una parte u otra de su gente, va a depender, no obstante, lo que ocurra en el futuro que se aproxima con las vidas de esos conciudadanos a los que Puigdemont juró representar y que podrían complicarse de manera impredecible, si finalmente se llevara a cabo la aplicación inmediata del 155, en los términos que ayer relatara el Presidente del Gobierno.
Cabe esperar, que este dilema no termine por resolverse siguiendo los impulsos del corazón y que sea la razón, la que dicte a Puigdemont, en esa soledad indeseada en la que debe encontrarse en estos momentos, aquello que pueda ser mejor para todos los que se encuentran bajo el  amparo del que todavía hoy,  es su Presidente.
Un amigo, me decía esta  misma mañana, que para resolver este problema, todos necesitamos urgentemente dejar a un lado los sentimientos y siento decir que no me queda otro remedio que tener que darle la razón.

El tono de visceralidad con que se han venido desarrollando los acontecimientos, el grado de fascinación que ha supuesto para muchos poder participar en el intento de crear un nuevo país y ese sentido exagerado de una clase de patriotismo trasnochado, de tintes absolutistas y violentos, nos ha nublado a todos la razón y es posible, que sólo regresando a una posición de  racionalidad en la que pudiéramos respetar sin fisuras la opinión de los otros, halláramos un camino de concordia a través del cual sanen  las heridas que ahora nos parecen incurables.