sábado, 21 de octubre de 2017

Vértigo


No recuerdo una sola vez, en la historia de este país, desde que abandonamos la oscuridad de la dictadura franquista, en la que hubiéramos tenido la impresión de encontrarnos ante un acontecimiento capaz de dividir a la sociedad en dos bandos irreconciliables, ni una ocasión que nos produjera una sensación de vértigo, como la que estamos viviendo hoy, mientras tratamos de digerir cómo afectará la aplicación efectiva de este artículo 155, que acaba de suspender, de facto, los poderes  de la Autonomía en Catalunya.
He necesitado unas horas para digerir el discurso pronunciado por Rajoy, sobre la una y media de la tarde y mientras escribo estas líneas, una  ingente multitud de ciudadanos se manifiesta en las calles de Barcelona, en apoyo del Gobierno al que eligieron para dirigir su destino, aterrorizada por lo que pudiera ocurrir a partir de ahora y claramente en contra de la aplicación de unas medidas de excepcionalidad, que nunca supondrán la superación de los terribles momentos que nos afligen, sino que con toda seguridad, profundizarán en una herida que parece estar destinada a convertirse en incurable, irremediablemente.
Pero la suerte está echada y el Gobierno central ha decidido finalmente arriesgar la estabilidad de todos los españoles, reventando las ilusiones que muchos de nosotros albergábamos en el diálogo para el entendimiento y ha puesto en marcha una maquinaria desconocida y por lo tanto, para todos impredecible, que sin embargo, pone en manos de los Ministros del Partido Popular, el manejo absoluto de todas las Instituciones en Catalunya, otorgándoles un poder que sistemáticamente les fue negado siempre allí, a través de las urnas y sin que se haya aclarado suficientemente, cuánto tiempo real durará esta pavorosa situación, que supone para la mayoría de los catalanes, independentistas o no, una especie de ocupación tiránica  de su territorio, impuesta por la fuerza.
Puede  que la legalidad constitucional avale estas acciones apoyadas por PSOE y Ciudadanos, sin cuya colaboración hubieran sido para Rajoy, totalmente imposibles, pero la realidad, que se cierne sobre nosotros inexorablemente, es  que con su llegada se ha perdido  toda esperanza de reconciliación, poniendo ante nuestros ojos la evidencia, otra vez, de esas dos Españas que sin haber superado jamás su espantoso pasado, vuelven ahora a renacer, de otro modo y en otro tiempo, pero con idéntica desmoralización, por no haber sido después de tantos años, capaces de corregir errores para iniciar un único camino de paz y de esperanza.
Este de hoy, es un día triste para todos los que apostamos desde un primer momento por la negociación y que lo hicimos convencidos de que el paso del tiempo habría tenido que aumentar, necesariamente, nuestra capacidad de raciocinio, porque a la vista de estas circunstancias, que sobrepasan todos los límites que hubiéramos podido imaginar, comprendemos que continuamos anclados a esa especie de maldición que no nos permite entendernos y que nos aboca irremediablemente a una violencia emocional y a la aplicación de la fuerza bruta, como si no hubiéramos aprendido nada de nuestra propia Historia pasada, ni de nuestro  sufrimiento.
Qué podemos esperar a partir de ahora, es una incógnita que posiblemente  empezará a despejarse esta misma noche cuando Puigdemont comparezca ante los medios, pero tenemos la impresión de que su aparición no será la de una persona rendida y derrotada por lo ocurrido, sino dispuesto, por lo que vemos en las calles, a luchar hasta las últimas consecuencias por lo que defendió y que probablemente, hoy sí, se atreva a declarar la Independencia.
Y si esto ocurre ¿qué hará Rajoy?. En su discurso institucional de esta mañana, esta posibilidad no se ha contemplado, ni siquiera por un momento. ¿Detener a la Generalitat al completo? ¿Volver a lanzar a la policía contra los manifestantes de la calle, generando nueva violencia? ¿Declarar un estado de excepción en Catalunya que anule de  las libertades expresión y manifestación, hasta que sus ministros se hagan con la situación, por medio de la fuerza?. Quizá  sí, apelando a esa legalidad a la que suele referirse últimamente con tanta frecuencia y que tan poco parece haber importado, por cierto, a innumerables miembros de su Partido, en los muchísimos casos de corrupción en que se han visto envueltos, durante tanto tiempo.
Esas respuestas, que han sido conscientemente obviadas en la intervención del Presidente y que son, sin embargo, las que preocupan hondamente, no solo a la sociedad catalana, sino a todos los españoles, constituyen, no obstante, la máxima intranquilidad del momento.
Ni siquiera aquel veintitrés de Febrero, de infausto recuerdo,  tuvimos esta espantosa sensación de vacío, ni esta inquietud indomable por el destino que aguarda a esos catalanes, a los que consideramos en general, gente de paz y por tanto, merecedora de respeto.

El panorama que se nos presenta delante de los ojos, nos parece, simplemente desolador. Y lo peor es que esto mismo que tanto nos duele, parece sin embargo complacer y mucho, a una buena parte de nuestros dirigentes. 

viernes, 20 de octubre de 2017

Todo sigue adelante


El Gobierno español parece finalmente decidido a la aplicación del 155 en Catalunya y cuenta para ello con el apoyo incondicional de Ciudadanos y una aquiescencia desganada del PSOE, ignorando absolutamente  la respuesta que ofreciera ayer Puigdemont, en la que a pesar de expresarse en términos parecidos a otras veces, apuntaba que se estaba viendo obligado, por falta del deseo de dialogar, a declarar abiertamente la independencia.
Entretanto, con Sánchez y Cruixat en prisión, la gente sigue en la calle y protagonizando ahora una serie de escraches a miembros del PP, en los que se reclama que Rajoy pare la maquinaria que ha empezado a poner en marcha y acceda a reunirse con  Puigdemont, para explorar nuevas vías de entendimiento.
Ya hay convocada para mañana una manifestación, que se prevé multitudinaria, a favor de la liberación de los que ya se consideran en Catalunya mártires de la causa independentista y las empresas siguen abandonando el territorio catalán, apoyadas ahora por la aprobación de un Decreto, que les permite hacerlo con carácter de urgencia.
Y como si no hubiera bastantes problemas con todo lo que está ocurriendo, sale a escena un José María Áznar, cada vez más identificado con el radicalismo de derechas, criticando, cómo no, duramente la actuación de sus correligionarios del Gobierno y asegurando que de haber sucedido todo esto cuando él ostentaba el poder, no hubiera tenido ningún tipo de contemplaciones con quiénes pretenden romper la unidad de su amada España, por la que tanto hizo.
Horrorizados con la intransigencia que rezuman ambas partes en este espantoso conflicto, un buen número de ciudadanos, quiero pensar que una amplia mayoría, miramos impotentes cómo se van complicando las cosas con cada paso que se da, en un lado y en otro, a través de este género epistolar que han inaugurado Puigdemont y  Rajoy, como si no existiera el teléfono, preguntándonos qué sería necesario para que alguno de estos dos combatientes echase el freno y se parase a reflexionar, qué sería de verdad lo mejor, para no dañar los intereses de esta sociedad que compartimos.
En lugar de eso, ambos continúan  poseídos por la idea imperturbable de querer imponer sus pensamientos sobre los del otro, procurando con todas sus fuerzas lograr una rendición incondicional que de seguro no va a producirse, puede que con un deseo irrefrenable de obtener un puesto en la Historia, como vencedores y mostrándose además, implacables con el contrincante, como si les fuera la vida en ello.
Me pregunto qué pensará cada uno, de todos aquellos que no coincidimos con las opiniones que defienden tan denodadamente y sin resuello, considerando por razones varias que no hay lugar a otro tipo de pensamientos y demostrando fehacientemente con ello que ambos albergan dentro de sí, un  sentimiento ciertamente tiránico que les impide ver más allá de sus propios deseos.
Y sin embargo, somos muchos los que no comulgamos con estos dos nacionalismos exacerbados que se enfrentan en un campo de batalla que resulta ser  el lugar en que todos vivimos y que ha sido repentinamente, como invadido, muy a nuestro pesar, por dos corrientes opuestas que tratan de anular indiscriminadamente nuestra voluntad, como si no formáramos parte de esta tierra, ni tuviéramos derecho a expresar libremente nuestra opinión y menos aún a que fuera tenida también, en cuenta.
Estamos, hastiados de que tensen la cuerda mientras intentamos inútilmente, desde el centro, que no se rompa por ninguna parte y que pueda intentarse una solución pacífica que nos devuelva a la mayor prontitud, un clima de convivencia que para nuestra desgracia y  por las iniciativas de ambas partes, estamos perdiendo irremediablemente.
Todo sigue adelante, como si hubiéramos dejado de existir y ya sólo quedaran en escena aquellos que se desafían, a garrotazos, negándose sistemáticamente a cualquier posibilidad de entendimiento.

Sobreponiéndonos a esta impresión y declarándonos absolutamente contrarios a todas las acciones que hasta ahora se han puesto en práctica, en este proceso, sólo nos queda apelar a que la inteligencia pueda finalmente triunfar por encima de la sinrazón que se nos pretende imponer por la fuerza y continuar reclamando esa tercera vía de entendimiento que pasa por hablar. Al fin y al cabo, es esa facultad la que nos diferencia de las bestias.

jueves, 19 de octubre de 2017

El arte de escuchar


Hace ya mucho tiempo que los políticos que gobiernan nuestros destinos debieran haber recibido un curso intensivo sobre el arte de saber escuchar a los demás y  más aún, incluso desde que decidieron que su vocación era dedicarse al servicio público,  habrían tenido que saber lo imprescindible que resulta, si se quiere llegar a buen puerto, ejercer de manera continuada la negociación entre Partidos con ideologías diferentes que ejerciendo libremente su libertad de pensamiento y expresión, pueden legítimamente apostar por las iniciativas que deseen, sin que esto suponga un menoscabo de la  buena marcha del país, sino más bien, un enriquecimiento de la convivencia en la diversidad, en la que desde luego, si se trabaja duro y con buena voluntad, no es difícil alcanzar un consenso.
A la vista de los acontecimientos que vivimos con verdadera intensidad estos días, a todos nos ha quedado meridianamente claro que ni Puigdemont ni Rajoy se encuentran a la altura que requiere la resolución de un conflicto como el de Catalunya, ya que ninguno de los dos ha debido pararse un solo instante a considerar las alternativas que le propone el que tiene enfrente y ambos andan, enrocados en unas posiciones inamovibles, a causa de las presiones que reciben, pero también del propio convencimiento, sin querer admitir que el tira y afloja, el ceder, en definitiva de algún modo a las sugerencias del otro, son y serán el único camino por el que se pueda transitar para lograr un acuerdo, lejos de amenazas y demostraciones de fuerza, que acaban siempre perjudicando y de qué manera, a los mismos, que somos todos los ciudadanos.
No creo yo que el mandato que les otorgamos a ambos, a través de las urnas, supongan una patente de corso para hacer y deshacer a su antojo cosas de un calado tan hondo como las que están sucediendo, ni que haya ninguna necesidad de apostar porque alguno de los dos salga humillado, presentando ante el otro una rendición incondicional, en esta guerra absurda que se han declarado mutuamente y que no tiene visos de terminar, si continúan cegados por esas ideas que no están dando más que unos espantosos resultados que no logran sacarnos, ni a unos ni a otros, del laberinto en que estamos inmersos.
Ya les adelanto yo, que los problemas nunca se solucionaron con amenazas y evasivas, como parece pretender Puigdemon y menos aún, con la aplicación de medidas represivas que no harán desaparecer de las calles a los dos millones y pico de catalanes que apuestan por el camino de la independencia, sino que ambas cosas, irán irremediablemente enquistando unos sentimientos que empiezan a parecerse peligrosamente a una xenofobia exacerbada, que no puede generar más que violencia.
Hay que hablar. No podemos cansarnos de repetirlo y hacerlo pronto, frente a frente y sin condiciones previas que condicionen el resultado de una negociación que se presenta tremendamente dificultosa, pero ya lo hemos dicho otras veces, la capacidad de superar los obstáculos, por enormes que sean, marca a diferencia sustancial entre pequeños y grandes políticos  y en estos momentos difíciles, no queda otro remedio que rogar que ambos contendientes consigan dar la talla que merece la Sociedad. Así debemos exigirlo.


miércoles, 18 de octubre de 2017

Medidas desmesuradas


La encarcelación de Sánchez y Cruixat y el futuro incierto que se cierne sobre la cabeza de Trapero, han levantado una oleada de manifestaciones en Catalunya y en Europa, dejando claro que las medidas judiciales y policiales que se están aplicando desde Madrid, no sólo no contribuyen a la resolución del problema, sino que agravan considerablemente el ambiente de crispación,  al ser considerados estos dos detenidos, por mucha gente,  como los primeros presos políticos de nuestra Democracia.
Los delitos de sedición que se les imputan y el riesgo de fuga que se alega para  mantenerles en prisión preventiva, parecen una toma de decisión exagerada, puesto que en ningún momento, estos dos líderes de movimientos ciudadanos dieron muestras de actuar con violencia frente a la legalidad establecida y aunque pudieron incurrir en desobediencia y en agitación callejera, llamando a las masas a manifestarse a favor del separatismo, el derecho a la libertad de expresión que contempla nuestra Constitución, les ampara, por lo que no se entiende demasiado bien este fallo judicial, que les convierte, a los ojos de sus adeptos, en auténticos mártires del movimiento que defienden.
Puede que Rajoy piense que la aplicación del 155, estas detenciones y las que pueden llegar en días venideros y la continua fuga de empresas del territorio catalán, bastarán para remediar el problema, pero la realidad, esos dos millones de personas que permanecen en la calle reclamando la sedición y el Gobierno de la Generalitat, que se ha negado a responder a la pregunta de Madrid, como todos sabemos, le recuerdan constantemente y sin excusas , que el camino emprendido no parece ser el mejor y que la alternativa del diálogo y la negociación, continúan siendo para el Presidente español un estigma del que no quiere o no puede salir, quizá porque su falta de costumbre, se lo impide de manera fehaciente.
Entretanto, mientras que el tiempo corre en su contra y en contra de todos, la maraña va adquiriendo unas dimensiones extraordinarias imposibles de manejar y el clima de tensión generado en el país, se  acrecienta con cada iniciativa que toman los unionistas, generando una indignación incontrolable, en la parte de enfrente.
Miles de catalanes reclamaban  anoche en las calles la libertad de los detenidos, ahora ascendidos a la categoría de héroes y exigían a sus líderes la declaración inmediata de la independencia, negándose a dar pasos atrás y considerando las decisiones de Rajoy como una especie de humillación que no están dispuestos a aceptar, aunque en ello les vaya la libertad, a todos.
No quisiéramos pensar que es ese el objetivo que se ha marcado el Gobierno de Madrid, pues este tipo de acciones suele generar, por lo que tienen de vileza, un efecto búmeran que se vuelve contra quiénes las ponen en práctica, a las claras o veladamente, sembrando unas semillas de odio que no tardarán en germinar y que muy bien pudieran terminar en una oleada de violencia.
Debe Rajoy, primero, desoír los consejos incendiarios que le susurra al oído su socio Rivera y después, pararse por un momento a pensar en si el precio que ya estamos pagando por su negativa al diálogo no resulta demasiado alto para esta Sociedad, que ya está perdiendo su pacífica convivencia.
Puede que así, poniéndose en la piel de los demás y aceptando que Puigdemont no tenga que firmar una rendición incondicional delante de todos los que le siguieron en sus reclamaciones y que se han visto defraudados por sus palabras en el Parlament, se abriera un sendero de esperanza por el que poder transitar, hasta que a través de la palabra se encuentre una solución negociada que satisfaga a los ciudadanos, procedan del lugar que procedan.
Son muchas las voces que solicitan que sea esta la vía elegida para desatascar un conflicto, que está empezando a traspasar nuestras fronteras sin el filtro que imponen algunos medios y que empieza a adquirir dimensiones que exceden del ámbito doméstico que se le ha pretendido adjudicar, dañando gravemente la imagen de España, ahora considerada como represora de pensamientos.
Habría que recordarle a Rajoy, lo mucho que nos costó dejar atrás la memoria de los cuarenta años de dictadura, para iniciar una convivencia que en principio se planteaba muy difícil, por la extensión de las heridas, y el inconmensurable esfuerzo que hicimos los ciudadanos de entonces por empezar a olvidar lo mucho que nos habían arrebatado durante tanto tiempo, para, a través de la palabra, construir un país mejor que el que habíamos conocido hasta entonces, libre de incómodas pesadillas, rencores y malos recuerdos.
Entonces, se logró, por lo que cabría preguntarse si aquella fórmula que  tan bien funcionó, no podría ahora rescatarse, para conseguir un consenso.
Lo esencial es querer y lejos de cualquier otra apreciación, somos los ciudadanos, los protagonistas de esta historia, los que exigimos que se haga el intento.


martes, 17 de octubre de 2017

Arde Galicia


Asolada por más de un centenar de incendios, que están convirtiendo el verdor del paisaje en un escenario dantesco de humo y tiniebla, Galicia parece ir quedando reducida a un escenario ceniciento que hiela las conciencias de la gente de bien, recordándonos a todos que se nos ha venido encima un  problema de mayor gravedad que el que subsiste ahora en Catalunya, si se tiene en cuenta que esta violencia incontrolada, que ya ha dejado tres víctimas mortales, ha sido provocada por la mano del hombre.
Estos delitos de terrorismo medioambiental, no pueden ser calificados de otra manera, suceden con nocturnidad y alevosía, precisamente en el momento en que concurren una serie de circunstancias que potencian el avance del fuego y sólo la esperanza de que las lluvias empiecen en esa parte del país, consuela la desesperada situación que viven cientos de familias que lo han perdido todo y el agotamiento de unos servicios de bomberos, cuyos efectivos parecen ser del todo insuficientes, ante la magnitud de la tragedia.
A pesar del inconmensurable esfuerzo de los vecinos, por contribuir en los operativos que procuran la extinción de los focos activos que se sitúan en todas las provincias gallegas y ahora también en Asturias y Cantabria, la escalofriante dimensión que están tomando los sucesos, hace presagiar que harán falta muchos días, para que empiece a verse un poco de luz, entre las nubes grises que recorren los pueblos y ciudades, inundándolo todo de una espesa niebla.
Entretanto, también Portugal se suma a esta ola salvaje de vandalismo, viviendo uno de los dramas más grandes de cuantos se han conocido en el país hermano en los últimos tiempos, pues en su caso son más de treinta personas las que han sucumbido a la virulencia de los fuegos, convirtiendo a toda la nación en una zona catastrófica, a la que costará años recuperarse.
Habría que asumir que inmersos como estamos, en el conflicto catalán, quizá no hayamos prestado la atención requerida por estos sucesos, hasta que no se han hecho mayestáticamente evidentes y aunque es la actualidad la que mueve en principio, el espíritu de los informadores, a veces conviene entonar el mea culpa, cuando las circunstancias, como en este caso, superan, con mucho, la otra realidad sobre la que están puestos todos los focos, en este momento.
Las impresionantes imágenes que nos llegan desde tierras gallegas, los incontables testimonios de pura desolación y las lágrimas de esa buena gente que ve con absoluta impotencia, cómo las llamas arrasan los lugares en los que habitan y que son, en buena medida, uno de los pulmones imprescindibles para el ecosistema de todo el país, nos hacen hoy, dirigir la mirada única y exclusivamente a esa tierra que tanto amamos y no nos permite otro sentimiento que el de la pura solidaridad, en estos instantes funestos.
Y es precisamente ahora, cuando se advierte con claridad meridiana que todos esos recortes que se han venido aplicando a los efectivos de bomberos y todas esas leyes que se han derogado y que impedían la comercialización de las zonas quemadas, han supuesto uno de los más grandes errores que ha cometido este Gobierno y que los cantos de sirenas que hablan de una recuperación económica, de una salida de la crisis y de vuelta a un estado de bienestar, quedan sencillamente aplastados, por la dureza de los argumentos.
La innegable falta de liquidez, para solucionar problemas como este, la constata la extenuación de las cuadrillas de bomberos que sentados al borde de los caminos, con un paisaje de fuego  al fondo, lloran la imposibilidad de poder hacer más, para cumplir con lo que por norma se les ha encomendado, abrumados por la escasez de medios con los que cuentan.
Nos hemos enterado hoy también, que la Juez ha dictado orden de prisión para los líderes de ANC y Omnium, en Catalunya, pero la verdad,  no quisiera entrar en estas disquisiciones, que empiezan a aburrir hasta la saciedad, sino desear que Galicia se recupere, que es ahora, lo verdaderamente importante.

Ojalá y llueva.

lunes, 16 de octubre de 2017

Cartas iban y venían


Mientras la justicia continúa su camino en el asunto de Cataluña, Puigdemont envía una carta a Rajoy, en la que no sólo no aclara si ha declarado o no la independencia, sino que continúa, en un tono sereno y cordial, reclamando diálogo y urgiendo al Gobierno español a una reunión conjunta, en la que se sienten las bases de una negociación, que de momento queda en el aire, puesto que en Madrid parecen decididos a continuar con esta descafeinada aplicación del artículo 155, por lo que ofrecen un nuevo plazo que terminaría el Jueves, para que el President vuelva a la legalidad establecida, si no quiere que se endurezcan las medidas que en dicho artículo podrían estar previstas.
Quejándose de la represión a la que según él está sometido el pueblo catalán y muy especialmente de las cargas policiales que se sucedieron el pasado 1 de Octubre, Puigdemont, que continúa otorgando validez a los resultados de su peculiar Referendum, deja claro que pone su voluntad de negociar, por encima del supuesto mandato que más de dos millones de catalanes le encomendaron en las urnas, para intentar una vía política que aún estaría por explorar, pero que necesita de la aquiescencia de Madrid, para tener alguna posibilidad de triunfo.
Esta serie de misivas cruzadas, que seguramente contemplará la Historia futura como algo insólito y hasta incoherente, van alargando en el tiempo una situación de gravísima inestabilidad, que encona los sentimientos de rechazo que se han instalado en españoles y catalanes, transformando inexplicablemente su convivencia, en imposible.
No se entiende  y estoy segura de que mucha gente me dará la razón, que en lugar de cruzar documentos en los que ninguno de los dos interlocutores principales se atreve a dar pasos que perjudiquen seriamente la solidez de sus posturas, no se haya producido ya una reunión, cara a cara, entre ellos, en la que cada uno ponga abiertamente sobre la mesa los argumentos que últimamente esgrimen amparándose en la opinión de la calle, en el caso de Puigdemont o en los recursos legales y policiales que le otorga el poder, en el caso de Rajoy, evitando un enfrentamiento estrictamente necesario, que aclare las auténticas intenciones futuras de cada cual y que permita respirar a una ciudadanía que, en general, espera soluciones políticas, con altura de miras.
En esta situación de extrema incertidumbre, resulta enormemente difícil aventurar cuáles serán los pasos que se darán, en una y otra parte, ni siquiera en las próximas horas, mientras el ambiente, que se va calentando más y más, por la falta de valentía de ambos líderes, convierte la situación en insostenible.
¿Hasta cuándo estaremos así? Nadie lo sabe. Si algo han demostrado estos interlocutores caricaturescos es que su tozudez no tiene límites.
Pero entretanto, la gente de a pie, que en pleno siglo XXI espera de sus políticos, al menos, una profesionalidad que garantice la estabilidad y el bienestar de las mayorías, se siente absolutamente defraudada, amén de huérfana, al comprender la incapacidad demostrada que en este conflicto se evidencia por ambas partes y la poca o nula voluntad de solucionar la situación que ambos tienen, coincidiendo plenamente, al menos en esto.
Parece, que hemos llegado a un punto sin retorno en el que no se me ocurre otra posibilidad que forzar urgentemente la marcha de estos dos personajes, ya que son incapaces de entenderse.
A los que tienen prisa por alcanzar la independencia, ya les digo que con esta figura de referencia no sólo no lograrán su propósito, sino que lo que está por llegar, puede que supere con creces, todo lo que poniéndose en lo peor, hubieran imaginado y a los que reclaman la unidad, habría que aclararles que el país idílico que solicitan envueltos en banderas y entonando cánticos obsoletos, hace ya tiempo que dejó de existir y preguntarles si esa indisolubilidad que reclaman, merece el precio que habrá que pagar por ella. Está claro que tampoco Rajoy conseguirá que la pelota caiga en su campo esta vez, a pesar de la inmensa suerte que tiene para que el tiempo resuelva los problemas con su paso.
A la espera de un nuevo capítulo de esta novela por entregas, doy por sentado que en el minuto en que escribo estas letras, las distancias se hacen más grandes.

Si estos políticos no saben dialogar, que se retiren elegantemente de este enfangado campo de batalla y dejen paso a quiénes, con mayor lucidez, sean capaces de sortear el temporal, porque hablando se entiende la gente.

domingo, 15 de octubre de 2017

Deshojando la margarita


Todos esperan  la respuesta que Puigdemont dará, probablemente mañana, al Presidente del Gobierno y deshojan la margarita según les conviene, pues los intereses políticos poco o nada tienen que ver finalmente con los sentimientos de la gente y lo esencial, para Partidos y líderes, suele estar directamente relacionado con aquello que se propusieron como una meta irrenunciable.
Esto del problema catalán, que podría haberse resuelto si se hubiera afrontado desde un principio, sin disfrazar verdades y secretos, por ambas partes y con decidida voluntad de negociar, como suelen hacer las personas inteligentes, cuando entre ellas surge un conflicto, se está convirtiendo sin embargo, en un interminable cruce de opiniones opuestas que van y vienen de un lado a otro, como arrastradas por un viento de irracionalidad y que van horadando, para mal, la convivencia entre ciudadanos que hasta hace bien poco gozaban de buena salud en sus relaciones, ahora seriamente dañada por culpa de esa falta de respeto que solemos exhibir, contra quienes no piensan como nosotros.
A uno le da la impresión, por lo que está viendo estos días, que al final, ni de Rajoy ni de Puigdemont dependerá la deriva que puedan tomar los acontecimientos y que serán don Partidos minoritarios, CUP y los Ciudadanos de Albert Rivera, los que fuercen las decisiones que se tomen en Madrid y Catalunya, cosa que puede complicar y mucho el panorama político en general, pues sus posturas, como todos sabemos, se encuentran enmarcadas en extremos imposibles de coincidir, dentro del arco político.
A nadie puede, sin embargo extrañar, que algo así pueda suceder en un momento como éste, pues infelizmente y gracias a nuestra Ley electoral, llevamos años dependiendo de los escasos diputados que representan a ciertas minorías, pero que por azares del destino, se convierten en la llave de la gobernabilidad y de las decisiones importantes, adquiriendo unas dosis de poder que no les otorgaron las urnas y que por tanto, no merecen.
Así que mientras Rivera, deseoso de forzar unas elecciones en Catalunya, con las que hacerse con la Presidencia de la Generalitat, para su admirada Inés Arrimadas, azuza a su socio Rajoy para la aplicación, por vía de urgencia, del 155, la CUP trata desesperadamente de obligar a Puigdemont a declarar solemnemente la independencia, bajo amenaza de retirar del Parlament a los suyos, dejando de este modo la mayoría en manos de los sectores partidarios de la unidad, con lo que se rompería definitivamente, el ensueño.
Y sin embargo, aún puede ocurrir que Puigdemont devuelva la pelota, sugiriendo a Rajoy que interprete lo que pasó el pasado lunes, como considere oportuno, obligando de este modo al Presidente español a tener que elegir entre lo que aconsejan muchos millones de ciudadanos, diálogo y paciencia, o a seguir la estela marcada por Rivera, aplicando sin más dilación, el 155, a las bravas, poniéndose en contra para siempre a la sociedad catalana en general y a una buena parte de españoles que ven en la vía del diálogo y la negociación, la única salida para este conflicto.
Muy mal deben estar pasándolo hoy uno y otro, sintiéndose absolutamente acosados por los cantos de sirenas que les lanzan quiénes tienen mucho menos que perder, que ellos mismos y porque en esto de las decisiones, cuando se convierten en críticas, parece activarse un resorte que mueve a todo el mundo a opinar, en un sentido u otro, por lo que puede que fuera mejor que los protagonistas de esta historia, actuaran, por una vez, en conciencia.
Porque lo verdaderamente importante ahora es precisamente hallar la manera de sanar las heridas profundas que se han abierto en nuestra sociedad y que no paran de sangrar, vapuleadas por la crudeza del enfrentamiento. Y esto, que puede que a muchos no les importe, por considerar que en política no se debe tener corazón, resulta ser, de cara al futuro de todos, una lacra que arrastraremos y que se irá enquistando irremediablemente hasta convertirse en incurable, si no se encuentra pronto la medicina que nos devuelva la salud y la cordura, que  nos han arrebatado la intolerancia y la falta absoluta de respeto.
Todos desearíamos no sólo que la respuesta de Puigdemont fuera sincera, sino que esa misma sinceridad, fuera aplicada por parte de Mariano Rajoy, más que en forma de contundentes medidas aún desconocidas, en una mesa de negociación y partiendo, por ambas partes, de cero.
Hay, como sea, que borrar de la cabeza los agravios que mutuamente nos hemos infringido los unos a los otros y empezar a comprender que los demás están en su derecho, al opinar de modo diferente.
Jamás se conseguirá nada así, si nos enfrascamos en una guerra de banderas y símbolos patrios que nunca podrán representar, del todo, a todo el mundo.
 Aceptar la diversidad y valorarla como un aliciente, para mejorar nuestra amplitud de miras, es el primer paso que todos debiéramos dar, en estos momentos difíciles. Lo contrario nos retrotraería mucho tiempo atrás y en cierto modo, haría de nosotros, seres primitivos cuya felicidad se reduce a pertenecer a una estrecha franja de tierra.