jueves, 14 de septiembre de 2017

Una vía sin retorno


Más de setecientos Alcaldes catalanes, que ya han manifestado su intención  de prestar Instalaciones municipales para la celebración del Referendum del primero de Octubre, están empezando a ser citados a declarar por la Fiscalía, siendo los primeros, los que encabezan los municipios más grandes, en un intento desesperado del Estado Español por paralizar un Proceso que no parece sin embargo que vaya a tener marcha atrás, a juzgar por la actitud que mantienen, hasta el momento, los líderes independentistas.
Sin tener una idea aún de cuántos de estos Alcaldes acudirán a la llamada y cuántos de ellos se declararán insumisos, los secesionistas continúan con la hoja de ruta marcada  hace tiempo y han anunciado que comienzan esta misma tarde su campaña electoral a favor del Sí, sin que se tenga noción de que los partidarios del No vayan a sumarse a este juego o si piensan o no celebrar actos para defender su postura ante los ciudadanos, aunque sea de manera camuflada y no como si se tratara de unos comicios, de los considerados como legales.
Efectivamente, esta Campaña, montada para el exclusivo lucimiento de los partidarios del separatismo, abre unas cuantas incógnitas que convendría poner en claro a la mayor brevedad posible, pues para empezar, nadie ha aclarado si esos Actos multitudinarios que se esperan son considerados conforme a la Ley por el Gobierno Central, ni si se van a tomar medidas policiales o no, para evitar que se celebren o si se van a permitir en pos de la libertad de expresión que recoge la Consitución, como un derecho de todos.
Porque si finalmente son permitidos y los Partidos Unionistas se abstienen de defender sus posturas, por considerar ilícito el Referendum, difícilmente podrán los catalanes de a pie, que son los verdaderamente importantes en este asunto, sopesar las luces y las sombras que podría traer su participación personal en este Proceso y sobre todo, de saber si aún queda tiempo de intentar alguna otra vía de actuación que les saque del punto muerto en que se encuentran las negociaciones sobre este tema tan peliagudo y que quizá podría solucionarse de un modo menos complicado que éste que estamos viviendo en la actualidad y que tanto preocupa a una sociedad, atónita ante lo que está ocurriendo.
Porque no me negarán que el hecho de que esos setecientos Alcaldes sean llamados a declarar, se aparta y mucho de lo que se podría considerar como normal   y que no debe resultar nada fácil arbitrar los medios necesarios para detener a los desobedientes, cuestión que aunque parezca nimia, no lo es, pues no olvidemos que cualquier medida de apoyo a las fuerzas policiales, supone un esfuerzo para las arcas públicas que todos nutrimos, a través del pago riguroso de nuestros impuestos.
De manera que Rajoy habrá de pensar cuidadosamente cada paso que dé, si no quiere acabar poniendo en su contra a una gran parte de españoles, a los que parecen desmesuradas e inútiles las medidas que está tomando en este conflicto, que le puede pasar, si como se prevé el Referendum termina celebrándose, del modo que sea, una factura que no ha conseguido cobrar, ni la corrupción, ni las inaceptables disposiciones que han caracterizado sus mandatos, no dejándole otra salida, que marcharse, con deshonor, a casa.
Ni unos ni otros, parecen sin embargo preocupados por la situación que vivimos, lo cual, no sólo no consigue tranquilizar a la población, sino que muy al contrario, desata una furiosa indignación, al considerar que las circunstancias merecerían un poco más de seriedad por parte de unos políticos que distan mucho de dar la talla que de ellos se espera, aquí y también en Cataluña.
Tomar a risa las decisiones del Constitucional y exhibirlo, no parece conciliador precisamente y dejarlo todo en manos de la Justicia y la policía, da la impresión, perdónenme, de estar viviendo en un Estado  eminentemente represor que concede gratuitamente a los independentistas, la calificación de mártires de la causa.
Llene pues, el señor Rajoy, las dependencias policiales de Alcaldes, si es ese su deseo, ponga todas las querellas que considere y juzgue, si le viene en ganas y juegue a estar en posesión de la verdad, sin ceder un ápice en su concepción de cómo debe afrontarse este conflicto.
Con todo ello, el problema, no se arreglará. Puigdemont está dispuesto a llegar hasta el final y además, ya no podría hacer ninguna otra cosa, si quiere conservar su prestigio.
Algunas voces, empiezan a hablar de Estado de excepción. Los que ya vivimos algunos en el pasado, no quisiéramos siquiera pensar que aunque sea de manera encubierta, esto sea cierto.




miércoles, 13 de septiembre de 2017

Falsa alarma


Justo en medio de la cruenta batalla que se libra entre Generalitat y Gobierno central, por el asunto del Referéndum, saltaba ayer tarde una alarma relacionada con el terrorismo y los mossos acordonaban el periplo que rodea al  templo de la Sagrada Familia, en Barcelona, a  causa de una furgoneta sospechosa de contener explosivos, aparcada en un lugar cercano.
Estando como estamos, en el nivel cuatro de alerta y con los atentados de La Rambla y  Cambrills frescos en el recuerdo, la noticia, que corrió como la pólvora entre turistas y transeúntes que se encontraron con la Estación del Metro cerrada y las calles tomadas por policías armados hasta los dientes y que no pudieron evitar que les invadiera una sensación de pánico, que aumentó considerablemente cuando los agentes empezaron a aconsejar a los vecinos, que se recluyeran a la mayor prontitud, en sus hogares.
La noticia, que finalmente resultó ser una falsa alarma, paralizó sin embargo durante horas la vida en Barcelona y provocó atascos que acabaron por convertirse en eternos en las carreteras de entrada y salida de la ciudad, que hicieron temer lo peor a una población que todavía no se ha recuperado de lo ocurrido el mes pasado y que tardará tiempo en digerir las consecuencias de la tragedia.
Todo esto, que en otros casos hasta nos complacería, pues toda  protección es poca cuando los países se convierten en objetivos declarados para los terroristas, coincidió sin embargo, con unas declaraciones realizadas sólo unas horas antes por el Conseller de Gobierno de la Generalitat, en las que aclaraba que la misión de los mossos no era precisamente la de buscar o retirar papeletas y urnas, preparadas para el Referendum, sino combatir duramente al terrorismo, como habían demostrado en el tratamiento de los pasados atentados de agosto.
En la misma mañana, el mayor de los mossos de`scuadra, Trapero, era requerido por el Fiscal General de Cataluña para transmitirle las órdenes que debía seguir el Cuerpo que dirige y que decidió más tarde acatar, en contra de la opinión de la Generalitat y de su propio Presidente.
Así que el enorme despliegue policial realizado en Barcelona ayer tarde no puede por menos que resultar presuntamente sospechoso y en opinión de algunos analistas, más pareció una demostración de fuerza orquestada por los dirigentes catalanes, que una respuesta real a un supuesto aviso que procedente de Bruselas, alertaba con la entrada en Europa de cinco nuevas células terroristas, calificadas como extremadamente peligrosas.
La verdad sobre lo ocurrido ayer tarde, seguramente nunca la sabremos y habremos de conformarnos con seguir de cerca los acontecimientos que se vayan produciendo de aquí al 1O, en un sitio y en otro, según nuestro propio criterio y tratando, cosa difícil, de conservar la objetividad que reclama este interminable conflicto que no deja filtrarse ninguna otra noticia de actualidad, aunque estamos  seguros que la vida sigue su curso, como no puede ser de otra manera.
Hemos sabido hoy que Podemos ha pedido la comparecencia inmediata de Rajoy en el Parlamento, para que hable sobre el problema catalán y que PSOE y Ciudadanos han negado su apoyo a la petición, los primeros prefiriendo que esta se produzca después del 1 de octubre y los segundos porque ni siquiera creen que sea necesaria, a pesar del punto en que se encuentra el conflicto.

Así que a la división entre independentistas y unionistas, habría que sumar la que se evidencia entre los Partidos españoles, lo cual puede dar una idea de lo poco dados a la concordia y el diálogo que somos en esta Península que habitamos y lo mucho que nos queda por aprender sobre la  importancia de la diplomacia , en los asuntos políticos.

martes, 12 de septiembre de 2017

A la deriva


Todos los problemas del país, el paro, la corrupción,  la precariedad laboral y los recortes que están llevando al límite la salud de los ciudadanos y su educación, parecen haberse diluido en el flujo continuo que genera el conflicto independentista catalán, que mantiene a la Sociedad con el aliento contenido, mientras Rajoy y Puigdemot, libran su batalla sin consentir en moverse de sus posiciones de fuerza, establecidas como bastiones consolidados, aunque ambos aparenten una ficticia normalidad, absolutamente inexistente para los que tratamos de comprender lo que verdaderamente está ocurriendo.
Interpuestas y ganadas en el Tribunal Constitucional todas las querellas posibles y asumiendo como una realidad palpable que la desobediencia de la Generalitat será un hecho, los continuos reproches y amenazas vertidos de parte a parte, sin mesura y el ensanchamiento de la brecha abierta entre los partidarios del sí y los del no, presentan ante nuestros ojos un panorama desolador, sin que podamos adivinar cuáles serán los próximos movimientos de los unos y los otros, en esta especie de teatro del absurdo que nos sorprende hasta el hartazgo, también por la persistencia machacona de los medios.
Sumidos en un mar de dudas que nadie tiene el valor de resolver, los funcionarios y fuerzas de seguridad asentados en Cataluña, se debaten entre aquello que pueda dictarles su propia conciencia ideológica y la pretendida obligación de obedecer a unas leyes de las que sus propios mandatarios abominan, con la esperanza de que alguien les garantice algo tan fundamental como su propia estabilidad personal, pues al no pertenecer casi ninguno a los más altos estamentos, la imposibilidad de afrontar las sanciones económicas que se les impondrán, si se colocan del bando secesionista, es una obviedad irrefutable, que podría frenar considerablemente su participación en los hechos.
Reafirmando de manera permanente sus planteamientos iníciales, los líderes catalanes parecen haber olvidado que las Naciones se nutren de personas físicas, cuyo derecho inalienable a vivir, habría que garantizar con algo más que palabras que casi siempre suele llevarse el viento y que el sueño del independentismo que albergan y por el que luchan legítimamente, no puede componerse únicamente de enfatizados mensajes salidos del corazón, pues la existencia real de esos millones de ciudadanos que ahora marchan detrás de las banderas, constituye la única baza que finalmente permitirá el triunfo o el fracaso futuro de todas las historias y también de ésta.
Pero el tiempo corre inexorablemente sin que las explicaciones pertinentes aclaren un panorama al que ensombrece este inexplicable silencio y todos aquellos que por su situación profesional o pasiva, como es el caso de los pensionistas, resultan ser directamente dependientes de las Arcas del Estado español, continúan sin conocer a qué se enfrentarán, si el movimiento secesionista es implantado después del primero de Octubre y sobre todo, quién se hará cargo de pagar sus salarios.
La perspectiva, por mucho que se quiera endulzar con reclamaciones de voto y libertad, no puede ser más desesperanzadora, pues las declaraciones institucionales de los líderes catalanes jamás hacen referencia a estas cuestiones de crucial importancia para un buen número de gente, como si el guión establecido no contemplara otra cosa que el deseo irrefrenable de ser Nación, aún a costa de perjudicar gravemente a ciertos colectivos imprescindibles para que cualquier país funcione, viejo o nuevo.
Tampoco el gobierno español quiere hablar del asunto y no sabe o no quiere hacer otra cosa, que apelar a una legalidad, rechazada reiteradamente por los otros actores del conflicto.
No quisiera yo estar en el pellejo de esos mossos, ni tener que tomar la decisión que de ellos exigen ambas partes, pues hagan lo que hagan, el perjuicio está asegurado para ellos.
Verán, los ciudadanos no somos muñecos de los que tirar hasta romperlos, ni entes sin corazón, a los que tratar de manejar, según soplen los vientos. Somos mucho más y apelar a nuestra importancia cuando conviene, para renegar de nosotros cuando seguimos el camino que marca nuestra propia conciencia, resulta ser abominable en todos los casos y un intento de manipulación descarada, inadmisible desde todos los ángulos.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Aquel dulce noviembre


Con una evidente fractura entre Partidos nacionalistas y Unionistas, la celebración de la Diada catalana, en la que han participado cerca de un millón de personas, que se han echado a las calles reclamando el derecho a votar en el Referendum sobre la Independencia, queda suficientemente probado que  las querellas y los mecanismos legales propuestos por el PP, como única vía para solucionar el problema, han fracasado estrepitosamente y  que el estallido popular que hoy se vive en las calles de Barcelona, podría ser la tónica general que nos encontraremos, por lo menos hasta el 1de Octubre, por lo que al Gobierno central le va a resultar prácticamente imposible controlar una situación, a la que se ha llegado fundamentalmente por la inacción y la falta de diálogo que han caracterizado los dos mandatos de un Rajoy, seguramente angustiado por el alud que se le viene encima.
Mucho debe estar arrepintiéndose hoy el Presidente de no haber escuchado a los que le aconsejaban desde otras Formaciones que hallara la manera de legalizar aquella otra consulta celebrada un 9 de Noviembre y a la que decidió no dar ninguna importancia, a pesar de ser secundada por una gran mayoría de catalanes que acudieron a votar aquel día y que, por cierto, decidieron en las urnas, por un estrecho pero valioso margen, continuar formando parte de España, como todos recordaremos, aunque desde entonces haya llovido mucho y las circunstancias hayan propiciado un aumento más que considerable de partidarios de la Independencia, que más que nacionalistas convencidos, son indignados contra un Estado que les ha negado sistemáticamente un derecho a decidir, que resulta mucho más apetecible desde el momento en que se convirtió en una especie de fruta prohibida.
Mirando las imágenes de lo que está ocurriendo en la actualidad, visionando las sesiones parlamentarias acaecidas en Cataluña la semana pasada y oyendo la disposición a desobedecer claramente expresada por el President Puigdemont, en cada una de las intervenciones que protagoniza en los medios y el clamor de una mayoría de la sociedad catalana, que exige votar y que acata sumisamente el mensaje lanzado por la cúpula nacionalista, Mariano Rajoy ha de estar sin duda preguntándose, por qué no aceptaría como legal el otro Referendum , pues a tenor del resultado obtenido en aquella ocasión, todo este problema que se ha convertido en el más grave de cuántos ha tenido que soportar durante su mandato, se habría entonces zanjado, pero las cosas, que nunca tienen desgraciadamente marcha atrás, son en estos momentos como son y el callejón sin salida a que nos ha llevado su incomprensible voluntad de silencio, no preludia un final feliz para esta historia, que en cualquier momento puede pasar del pacifismo festivo a la violencia, pues detener el acaloramiento de cientos de miles de personas, convencidas en su interior de que el 1 de octubre formarán parte de una Nación nueva, no es tarea fácil, para quién tanto tiempo necesita para dar un paso que garantice la estabilidad, como bien sabemos todos los ciudadanos, por lo que llevamos vivido.
No nos cabe la menor duda de que Rajoy y su Gobierno no han parado de cometer gravísimos errores en este asunto desde que asumieron el poder y muy especialmente desde que encontraron apoyo en socios afincados en posiciones aún más conservadoras que las que ellos defienden, como es el caso de Ciudadanos, que no ha hecho más que ahondar en una herida que Rivera ya tenía abierta desde que se decidiera a fundar su Partido, precisamente en Cataluña y en contraposición explícita a los Partidos nacionalistas de los que siempre abominó, con ese viso de  patrioterismo barato que ha solido caracterizar a los líderes de la extrema derecha.
Lo peor, es que Mariano Rajoy, cegado quizá por la adulación permanente de los suyos y de estos aliados que decidieron acompañarle desde el mismo momento en que entraron a formar parte del Parlamento, no ha sabido reconsiderar sus posturas ni aprender de sus equivocaciones pasadas y ese empecinamiento tiránico que lo define, ha terminado por traspasar las líneas de su propia intimidad, trasladando a la calle y en definitiva, a esta sociedad a la que todos pertenecemos, un sentimiento de incertidumbre que  afecta  directamente nuestra manera de vivir y que nos hace temer seriamente por una estabilidad que puede peligrar, si se complican los acontecimientos.
El único triunfo que puede apuntarse el PP es el de haber logrado dividir la opinión de los ciudadanos, abriendo una brecha entre personas que hasta ahora convivían pacíficamente, que será difícil cerrar si continúa aumentando la tensión existente.
Los que creemos en la universalidad, por encima de los territorialismos, en la conciliación más que en las diferencias y en el respeto, por encima de la barbarie, sólo podemos desear que este problema, que nos aflige como nuestro, pueda resolverse sin riesgos de violencia y que la concordia sea posible entre todos, por medio de la palabra y no por la fuerza.

De ahí, que añoremos aquel dulce Noviembre, en el que todo hubiera sido posible, de un modo bien distinto, para esa sociedad plural, de la que formamos parte, simplemente por una cuestión de nacimiento.

domingo, 10 de septiembre de 2017

La euforia incontrolable


Tras los gravísimos acontecimientos acaecidos durante la pasada semana en el Parlament de Cataluña y la durísima batalla legal que se libra en estos momentos, entre el Estado español y los representantes más significativos del movimiento independentista, el peso de una incertidumbre espesa atrapa indefectiblemente a los ciudadanos de aquellas tierras, sumiéndolos en un mar de dudas que ninguno de los principales actores de esta guerra se atreve a descifrar y que no obstante, queda camuflada entre los estallidos de una euforia incontrolable, que mueve a las masas a seguir ciegamente ese deseo de libertad que cuidadosamente se ha venido alimentando durante muchos años y que se ha hecho más evidente desde que  el Gobierno de Rajoy  tensara la cuerda provocando un enfrentamiento despiadado contra los ciudadanos de Cataluña, que se sintieron desde entonces profundamente amenazados  fuera de su territorio natal, hasta que no les quedó otro remedio que convertirse, por mero pundonor, en exacerbados nacionalistas.
Muchas veces hemos avisado de que ésto podría suceder y rogado encarecidamente que se revisara en profundidad la manera de afrontar el diálogo entre los Gobiernos de España y Cataluña, fundamentalmente desde las primeras veces que se empezó a hablar seriamente del Proceso de secesión y se intuyó, por la composición variopinta del nuevo Parlament, que parecía haber llegado el momento en que se daban las circunstancias perfectas para la reclamación de la independencia, aunque la consabida flema de Rajoy, haya ido retrasando el instante de tomar cualquier tipo de decisión al respecto, acorde con su curiosa teoría de que las cosas suelen resolverse, simplemente con el paso del tiempo.
Sin voluntad de diálogo y habiendo dado a lo que pasó el 9N en Cataluña, mucha menos importancia de la que merecía un evento de tal calado social, a Rajoy se le ha venido encima una avalancha  imparable que puede terminar por sepultarlo, si no mide escrupulosamente las decisiones que va a tener que improvisar apresuradamente y mucho nos tememos que el primero de Octubre, sí o sí, millones de catalanes votarán, en las condiciones que sean, en este Referendum que desde el principio debió ser legal, pues de este modo, no sólo se habría aclarado hace tiempo el pensamiento real una sociedad, que al haber sido llevada después a extremos inaceptables por la incompetencia del Gobierno central, ya no concibe otro deseo que cumplir el sueño de participar en el que se ha hecho aparecer como el día más importante de su vida, aunque para ello tenga que optar por una desobediencia descarada y ostentosa, que ahora consideran como un símbolo de patriotismo frente a la represión de un Estado español que tiraniza a los ciudadanos catalanes, negándoles el inalienable derecho de decidir sobre su propio destino.
Rajoy, que continúa sin aclarar que hará el dos de Octubre, cuando las masas enardecidas crean firmemente que se han entrado a formar parte de un Estado de nueva creación en forma de República y que viene dejando en manos de su valiente vicepresidenta cualquier comparecencia ante los españoles, interviniendo únicamente en actos en los que es aclamado por los suyos incondicionalmente, carece sin embargo, de la altura política que se necesitaría para ofrecer soluciones pacíficas a un problema que se ha enquistado precisamente por su inactividad y permanece anclado a la intención de continuar aplicando unas leyes, que naturalmente, pueden ser transgredidas, como ha ocurrido cientos de veces, en conflictos de toda índole.
En esta tesitura, lo ocurrido en el Parlament en días pasados, no dice mucho a favor de quienes pretenden dirigir la desconexión, si es que piensan acometer el gran acontecimiento con la misma falta de democracia política con que se han comportado en las maratonianas sesiones en las que se ha despreciado vilmente la opinión de las minorías, sino que más bien, pone al descubierto una absoluta falta de preparación y sensatez como gobernantes, que hacen temer seriamente por el futuro de Cataluña, pues por muy grandes que sean los sueños, la cruda realidad poco o nada suele tener que ver con aquello que en un principio se imaginó y menos aún, cuando hay que partir de cero y sin apoyos reales, sobre todo en las cuestiones meramente crematísticas.
Así, no parece muy afortunado jugar con la ilusión de la gente, sin haber explicado al detalle cómo piensan afrontar los señores Puigdemont o Junqueras, por ejemplo, lo que será la  vida cotidiana de todos los catalanes, a partir de su declaración unilateral de independencia y aclarando, sin mayor dilación, qué pasará, para empezar, con la deuda de 75.000 millones de euros que tienen con el Estado Español y que habrían de abonar de inmediato, si la desconexión fuera un hecho o de qué modo podría asumir la nueva República que todos los funcionarios ubicados en el territorio pudieran conservar sus puestos y sueldos en idénticas condiciones o cómo se afrontaría el pago de las pensiones correspondientes, si el dinero con el que se contaba hasta ahora procedía en su totalidad de la caja única de una Seguridad Social, cuyos gastos habrían de asumir, igual que los de la Educación y la Sanidad, solos, desde un primer momento.
Arriar señeras, al grito de libertad y alentar a las masas a salir a las calles e incumplir las leyes que al menos hasta el momento, son para todos, está bien y hasta imprime de cierta pátina revolucionaria y progresista el Proces, pero es enorme el peso de las muchísimas preguntas que quedan, desafortunadamente, sin respuesta.
Aquí, ya no se trataría de hacer Patria a base símbolos, idiomas o legítimas reclamaciones de derechos decisorios que a todos nos corresponderían igualitariamente. Se trata, de poder vivir. Y aunque ya saben que reiteradamente hemos apostado por la celebración legal de un Referendum en Cataluña, esta Generalitat actual, con sus luces, sus sombras y sus ansias de inmediata independencia, cueste lo que cueste, no parece ofrecer las garantías necesarias que la gente necesitará, en cuanto pase la euforia incontrolable de este momento.
Causa enorme pesar que se pueda jugar impunemente con los sentimientos de las personas y en esta guerra, éso exactamente, es lo que unos y otros vienen haciendo.



lunes, 4 de septiembre de 2017

Este inexplicable silencio


A sólo un mes de la celebración programada por la Generalitat para el Referéndum catalán, el Presidente Mariano Rajoy mantiene un silencio  desesperanzador sobre el tema, que crispa las conciencias de los ciudadanos provocando en ellos una sensación de estar siendo gobernados por un perfecto inútil, incapaz de afrontar cualquier problema que lo aparte de la senda marcada para nosotros por Europa, a la que poco o nada preocupa lo que ocurra en una parte de la península.
A día de hoy, no sabemos qué clase de medidas se tomarán, de continuar el desafío independentista, al que Rajoy suele referirse sólo de pasada y siempre apelando a unas leyes, que naturalmente, pueden dejar de cumplirse y por supuesto, sin aclarar hasta dónde está dispuesto a llegar si esto finalmente se produjera, ni si se  atreverá o no a retirar la Autonomía a los catalanes, lo que  seguramente provocaría una oleada   a favor de la causa que defienden quiénes se verían obligados a pasar a una clandestinidad, nada deseada en cualquier estado democrático que se precie.
Muchas ideas se le han ofrecido con buena voluntad al Presidente, desde otras Formaciones políticas, en relación con este asunto y todas han sido inmediatamente rechazadas en pos de ese patrioterismo barato que suele exhibir el PP y que no es más que una clase de nacionalismo españolista semi encubierto, siendo la única verdad, que desde el principio el problema catalán le ha venido demasiado grande a Rajoy, quizá por encontrarse demasiado ocupado  con intentar salir airoso de las gravísimas sospechas de corrupción que le persiguen de manera permanente y también, porque mal asesorado, no ha hecho otra cosa que minimizar una idea profundamente arraigada en Cataluña, que ha terminado, gracias a la mala gestión del Gobierno, por rebasar con creces todas las previsiones que se tenían sobre ella, hace solo unos cuantos años.
La incógnita de lo que hará Rajoy, si como todo parece indicar se acaba celebrando un Referendum, legal o no, pero sumamente indicativo de lo que se cuece en el corazón de Cataluña, pesa como una losa, no sólo entre la gente de a pie, sino muy especialmente entre los Partidos que conforman el arco parlamentario y que no saben muy bien a qué carta quedarse, pues es imposible luchar contra lo que no se conoce, aunque se intuya una catástrofe de dimensiones imprevisibles.
Y no basta con criticar cada cosa que ocurre, ni gritar a los cuatro vientos que la Generalitat está siendo secuestrada por radicales extremistas, pues aunque fuera cierto, continuaríamos enfrentándonos a un problema que exigiría igualmente una solución, que a ser posible devolviera la tranquilidad, no sólo a los ciudadanos españoles, sino muy especialmente a los catalanes, que se encuentran directamente en una disyuntiva muy difícil de resolver, pues seguramente se estarán planteando en qué lado de la balanza se encontrará, después del primero de Octubre, la legalidad para ellos y a quiénes obedecer, si se establece una lucha abierta de poderes, entre estos dos bandos irreconciliables.
Creo, sinceramente, que todos merecemos algo mucho mejor, o al menos, que se nos informe debidamente de la hoja de ruta que se ha pensado en recorrer, pues el barco está a punto de zarpar sin que conozcamos, ni siquiera su punto de destino.
Como saben, siempre estuvimos a favor de la celebración de un Referendum legal en Cataluña, que esclarezca las posturas de una vez para siempre y que potencie, al menos, un diálogo continuado entre poderes que a día de hoy no sólo resulta ser inexistente, sino que nos ha llevado a una situación de alerta continua, que no preludia buenos tiempos, ni para unos, ni para los otros.
La grandeza de la Democracia, que está en dejar expresarse libremente a los pueblos, se ha convertido en una pantomima carente de sentido, en un pulso entre dos clases de nacionalismos exacerbados incapaces de ceder un ápice en sus posiciones de fuerza y en una muestra inapelable de ineptitud, por parte de un Gobierno que no merece continuar ejerciendo, a la vista de su incapacidad para solucionar nada de lo que sucede a su alrededor, sino es por medio de la fuerza.
A Rajoy, se le está acabando el tiempo y ese tic tac que mencionara Pablo Iglesias hace unos meses, se ha convertido en el único sonido perceptible cercano a él. Duele y mucho, este inexplicable y largo silencio.



domingo, 3 de septiembre de 2017

Un Agosto sangriento


Nos despide Galicia, con esa lluvia menuda que cubre sus calles y plazas de una melancolía silenciosa que preludia la llegada de un otoño temprano y aconseja a los visitantes que regresen a los lugares desde los que llegaron aquí, para recuperar la vida que dejaron atrás, en un paréntesis esperanzador  que se acaba con el final del verano.
Durante este mes en que no hemos tenido ningún tipo de comunicación, han ocurrido sin embargo muchas cosas y algunas, que no tienen ya vuelta atrás, nos han pillado lejos de casa, recordándonos con inesperada crudeza, que el camino suicida emprendido por los artífices del terror, no sólo no da tregua a este viejo continente nuestro, sino que atrapa entre sus garras, no se sabe por qué extraños mecanismos, a multitud de adolescentes que, a pesar de haber crecido a nuestro lado, nunca debieron encontrar un motivo suficientemente convincente para amar la vida, convirtiendo el desprecio y el odio hacia los demás, en una bandera a la que seguir fanáticamente hasta la muerte, como si los caminos de la razón jamás hubieran existido y los hombres permaneciéramos aún, anclados a la Edad de Piedra.
La matanza de Barcelona, que ha conseguido eclipsar cualquier otra noticia de interés, tiñendo de nuevo con la sangre de los inocentes este cansado país nuestro, inevitable por lo imprevisible de la acción y criminal hasta el punto de habernos hecho reflexionar sobre la fugacidad de nuestra propia existencia, ha servido, no obstante, para recordarnos cuánto puede unir el dolor y que los símbolos, las banderas y hasta el concepto mismo de Patria, nada son cuando la tragedia se apodera  repentinamente del corazón, infringiendo una herida incurable que precisa con urgencia de la solidaridad y el calor de todos, para poder levantar la cabeza de nuevo, pues todo lo demás se convierte en nimio, cuando se roban vidas humanas sin sentido, ofreciendo la peor de las caras que posee el ser humano, al perder la racionalidad que le distingue de los animales, en muchos casos, más misericordes y tiernos.
Deshechos por la magnitud de este drama, que nos afecta de la misma manera de aquel que ocurriera el 11M en Madrid, procuramos retomar la vida que por suerte conservamos intacta, por un mero azar del destino e intentamos aferrarnos, en la medid de lo posible, a la poca o mucha alegría que nos produce el reencuentro con nuestro entorno, que nos espera inmóvil, tal como lo dejamos al partir, aunque después de lo ocurrido, ya no seamos, por desgracia, los mismos.
Nos duele la cobardía de los autores y a la vez, la incompetencia de los gobiernos para atajar con soluciones menos virtuales esta lacra de nuestros tiempos que no hace, sino abrir brechas insalvables entre civilizaciones y aumentar distancias entre hombres sin encontrar un camino común por el que transitar en paz hacia una vida armónica en la que quepamos todos, con nuestras coincidencias y nuestras diferencias y en el que la importancia de los poderes económicos cedan paulatinamente terreno a las necesidades perentorias que abaten a la humanidad, llevándola de la mano hacia su propia destrucción, sino ocurre un milagro que lo remedie.
Pero no queda otro remedio que volver. Con la cabeza alta e intacta la ilusión de poder cambiar el curso de la Historia futura y comprendiendo que la naturaleza del dolor puede convertirse en una fuente inagotable de aprendizaje de la que beber para cometer menos errores y que el miedo ha de ser, necesariamente superado, si no se quiere sucumbir a la barbarie que embrutece a la especie a la que pertenecemos, sumiéndola en la ignorancia supina que nos arrebata, por igual, la libertad y el orgullo de ser partes de la transformación de un todo, que no es otro que este mundo en el que nos ha tocado vivir y por el que debemos obligatoriamente velar, pues es el legado que dejaremos a los que nos sucedan en el transcurso de los tiempos.
Hay pues, que mirar al frente y alegrarse de este reencuentro que protagonizamos hoy, ustedes y yo, apartando las tinieblas en las que nos sumieron los pasados acontecimientos y saludar con júbilo esa vida que conservamos para compartir de nuevo, la verdad de lo bueno y también de lo malo que nos pueda ocurrir, pues recuperar la normalidad, será sin duda el mejor homenaje que podamos ofrecer a las víctimas de los atentados y a esas familias que ahora luchan desesperadamente por paliar los efectos que dejan las ausencias y los malos recuerdos que todos podemos ayudar a reconstruir, centímetro a centímetro, con la fuerza de nuestros sentimientos.

Hace apenas un mes, me despedía de ustedes, mis lectores, con la esperanza de recorrer un camino de sanación mental y espiritual que me permitiera afrontar nuevos retos. La prueba a que nos ha sometido a todos este Agosto sangriento, ha colocado el listón mucho más alto de lo que se pudiera, por lógica, esperar y sin embargo, estoy absolutamente segura de que juntos, venceremos.