martes, 9 de octubre de 2012

Cambiar de rumbo





Reventando todas las previsiones del gobierno Rajoy, Europa cae como una losa sobre la conciencia de los españoles, que no consiguen comprender cómo a pesar de cumplir religiosamente con la agresiva política de recortes, el PP no logra sacarnos del pozo en que nos encontramos, sino que ayuda a hundirnos aún más, sin querer reconocer sus errores.
La contundencia de unas cifras de paro que el próximo año sobrepasará el veinticinco por ciento, juega absolutamente en contra en este partido, en el que el bando de los políticos se ha empecinado en apostar por leyes que ayudan a despedir impunemente, en lugar de potenciar una reactivación del sector laboral, que reavive el consumo, al mismo tiempo que el bienestar en el seno de las familias, ahora desesperadas por la pobreza.
Si es verdad que en Galicia, los populares se vuelven a hacer con la mayoría absoluta en las próximas elecciones, habrá que deducir que una locura colectiva se ha apoderado de esos españoles, que aún no han comprendido del todo quiénes son realmente, los que nos han llevado al punto en que nos encontramos y que no han sido capaces de encontrar ni una sola salida a nuestra situación, en diez larguísimos meses de práctica de un poder absoluto, en el que no se cuenta con la opinión del pueblo.
Un rescate que ya se da por imposible desde los organismos financieros de Europa, tampoco parece que pudiera paliar la tremenda crisis que nos azota y sin embargo, ninguno de nuestros gobernantes contempla siquiera la posibilidad de cambiar sus líneas de actuación, invirtiendo lo poco que nos queda, en pos de un desarrollo real que solo se consigue fomentando el trabajo.
Ya es duro que las políticas salariales nos hayan igualado con los mercados asiáticos y que el retroceso en derechos laborales sea de cincuenta años, pero los recortes anunciados podrían llevarnos mucho más lejos aún, obligando al grueso de la población a trabajar a cambio de la comida, si no se pone freno a este disparate incomprensible y se planta cara de una vez, a las exigencias de la avaricia capitalista.
Buscar otros caminos no es, para nada, una deshonra para los miembros de ningún gobierno. Es más, podría ser hasta beneficioso en las urnas para quienes reconociendo su fracaso, hablaran directamente con los españoles, oyendo al menos sus propuestas y reflexionando sobre otros contenidos que no fueran únicamente la terquedad de continuar por este sendero de catastróficas desdichas.
Es tan grande la soledad en que nos dejan todos aquellos socios cuyo deber sería el de ayudarnos a reflotar sin condiciones, que tenemos todas las razones posibles para romper cualquier pacto que se hubiera establecido con anterioridad, e incluso para volar libres como el viento, lejos de la nociva influencia de esta mala madre que es Europa.
No debe extrañar pues a los conservadores, que partes concretas de la península quieran a toda costa desligarse del yugo que les atenaza, en la esperanza de alcanzar cualquier tipo de mejoría, en la enfermedad incurable que nos abate.
Con su intransigencia, potencian este tipo de actitudes fundamentalistas y roban a la gente la poca esperanza que les quedaba, porque apelan a una solidaridad que no puede darse en tiempos de tantas carencias.
El espejo de su propio horror les devuelve la imagen terrible de la desolación que han creado y refleja con toda nitidez la silueta de los fantasmas que les persiguen, en forma de un estallido social, que les pisa los talones exigiendo su marcha.
Y es que no hay otra recompensa para quien trae desgracia, que acabar viéndose involucrado en ella, en la misma mediada en que la provocó y a veces incluso, con mayor contundencia.
Nada descubre Europa al pueblo español cuando le habla de su ruina. Todos la padecemos en carne propia y sabemos que nuestra tierra sangra herida de muerte, desahuciada por su enfermedad. Por eso estamos en la calle.
El único que no parece enterarse es nuestro Presidente, Nunca hubo nadie más inútil en el panorama político español.



lunes, 8 de octubre de 2012

Anónimos



La bonanza del tiempo, que hace que las cosas parezcan menos difíciles, resulta anímicamente reconfortante para el espíritu y ayuda a ir desterrando el pesimismo que se ha instalado entre nosotros de forma permanente, transformando la alegría natural de los españoles, en un estado de crispación cuya cura, a largo plazo, se presume ardua y costosa.
El hartazgo de estar escribiendo un día tras otro, únicamente malas noticias, termina por exterminar cualquier posibilidad personal de volver la vista hacia la esperanza y va minando las fuerzas, llevándome irremediablemente a pensar, que empiezo a cansar a los lectores con tanto catastrofismo.
Pero, afortunadamente, también suceden a nuestro alrededor acontecimientos que confirman la buena voluntad de la gente para con sus semejantes y que merecen la pena ser vividos, aunque sólo sea para ahuyentar los fantasmas que pululan sobre nuestras cabezas y que con su tono amenazante, a veces nos hacen olvidar que todavía somos humanos y que nos merecemos otra oportunidad.
Podríamos por ejemplo, fijarnos en todos aquellos que dedican su tiempo libre a colaborar con los más necesitados, trabajando para poder nutrir de existencias a los comedores sociales, que tanto bien están haciendo en este momento en el país, y que a veces se enfrentan a situaciones difíciles al tener que soportar las negativas de los posibles proveedores, a causa de su reiterativa insistencia.
O en los miles de trabajadores que, dedicados profesionalmente a tareas relacionadas con lo social, continúan heroicamente desarrollando su labor en los centros, a pesar de no percibir salario alguno desde hace varios meses, a causa de las deudas millonarias que arrastran las Comunidades Autónomas, para las que trabajan.
O en los valientes que a pesar de la dificultad para conseguir préstamos, se animan a invertir el ahorro de toda una vida en montar un negocio, con la esperanza de poder ofrecer algún que otro puesto de trabajo a unos cuantos de esos españoles subsidiados, que no encuentran salida a sus expectativas laborales, tras la reforma aprobada por este gobierno.
O en los artistas, que a pesar de haber sido abandonados por la Administración, hacen de tripas corazón y suben a los escenarios dejándose el alma en ofrecer un poco de diversión al resto de los mortales, aliviando en parte el anhelo por evadirnos, que todos llevamos a cuestas, junto con las pesadas cargas que soportamos en la vida diaria.
O en esa marea verde de profesores, que siguen brindando a sus alumnos lo mejor de sí mismos, ofreciéndoles la oportunidad de ser educados en igualdad, incluso después de haber sido víctimas directas de los recortes y sin dar un paso atrás en sus reclamaciones, siempre más a favor del bienestar de nuestros jóvenes, que en el suyo propio.
O en los abuelos, que con enorme esfuerzo están sacando la economía familiar adelante, acogiendo a los hijos que el paro llevó a la desesperación y el desahucio, sacrificando sus años de retiro a las necesidades de los demás, e incluso sacando fuerzas para estar los primeros, en cualquier manifestación a favor de los derechos robados, mirando más por el futuro de su descendencia, que por su bienestar personal.
O en las siempre prudentes amas de casa, que sin hacer ningún curso de economía, consiguen manejar los pocos recursos a su alcance y hacer con ellos auténticos milagros, que para sí quisieran los ministros de cualquier nación, plantando cara a la crisis y sin ninguna queja.
O en todos los que a pesar de sufrir represión e incomprensión y a ser injuriados hasta la saciedad desde las instancias del poder, continúan empeñados en encontrar otro camino menos doloroso por el que salir del abismo y luchan contra viento y marea por demostrar que las utopías son posibles, si no se desiste del intento.
O en los que desafiando la censura impuesta por los gobernantes, se atreven a escribir la verdad sin maquillaje y a lanzarla al mundo, comprendiendo que el miedo nunca fue un consejero con el que convivir y sí el culpable del sometimiento de los pueblos.
O en los miles de seres humanos que se niegan a ser engullidos por la guerra de cifras que parece ser el motor del mundo y siguen pensando que con voluntad, es posible cambiar el curso de todas las historias.
Hoy quería yo homenajear a esta gente y olvidar, aunque sólo sea por un rato, lo ofendida que estoy por el mal hacer de quienes me gobiernan`. También es noticia que la sociedad siga teniendo alma y que su resistencia sea, precisamente, la semilla que asegura que habrá otra primavera.







Un clamor popular



Mientras se van gestando los resultados de los próximos comicios autonómicos y los políticos se dedican a hacer campaña para intentar sacar partido de la apatía circundante, en cincuenta y siete ciudades españolas, miles de ciudadanos se suben a la tribuna de la calle, reclamando al gobierno una consulta sobre las medidas que está llevando a cabo, sin el consentimiento de los españoles.
La idea del Referéndum, que se está convirtiendo en un clamor popular al que Rajoy no parece dispuesto a atender, empieza a considerarse como imprescindible, al intuir que cualquier determinación que a partir de ahora tome el partido en el poder, irá de nuevo en contra del bienestar de las mayorías.
Ninguno de los Gobiernos de la Democracia española había cosechado jamás tal profusión de actos de protesta, ni conseguido con su manera de actuar una unanimidad mayor en las consignas de los manifestantes, que en este caso particular, han aparcado sus diferencias ideológicas, para protagonizar una lucha sine díe, sólo a favor de sus maltratados derechos.
Este clamor popular, que aparentemente no inquieta a los conservadores, pero que está consiguiendo cambiar las tendencias de la ciudadanía, por primera vez a favor de un cambio de Sistema y no de una alternancia de color en el gobierno, es sin embargo, una fuente de influencia infinita y de seguir así, terminará por conseguir sus objetivos más pronto que tarde, forzando la dimisión de un ejecutivo muy mermado por sus tendencias ultraconservadoras y la actitud titubeante de su Presidente, que empieza a ser criticada desde los organismos financieros de Europa, como absolutamente inaceptable en un país, con las necesidades del nuestro.
Rajoy tendrá que asumir en algún momento, que vivir a espaldas de la voluntad popular y desoír reiteradamente lo que los ciudadanos reclaman, tiene un precio. Y ese precio no es otro que la tremenda soledad en que ahora mismo se encuentra, al no contar con un solo apoyo para su forma de hacer política, ni dentro ni fuera de los territorios nacionales.
Puede que el balón de oxígeno que le proporcionaban las encuestas, proclamándole de antemano ganador en las elecciones gallegas, le hayan hecho creer que sus errores son menores de lo que los ciudadanos pretenden, pero las elecciones, aún por celebrar, no pueden darse por ganadas con antelación, como pasó en el caso de Andalucía, ni las encuestas son infalibles, ni proporcionan a los políticos, más que una probable orientación de la intención de un voto, que no será efectivo hasta el mismo momento de ser introducido en la urna.
Entretanto, Galicia no se libra de las protestas y tampoco sus ciudadanos, que se sepa, se han pronunciado a favor de las medidas de los populares, sino todo lo contrario.
¿Y qué ocurre con Eukadi y Cataluña?. Las previsiones en ambos casos, apuntan un triunfo electoral de los nacionalistas y una hecatombe para los conservadores, que a duras penas mantendrían su ya escasa representación en los dos Parlamentos.
Sin embargo, si se propiciara un intento de entendimiento con las clases populares y se atendieran directamente las necesidades que reclama la sociedad y que empiezan por la urgencia de atacar frontalmente el desempleo, que imposibilita la vida de las familias, el gesto podría ser considerado como un comienzo de vuelta a la normalidad y el resultado de las Autonómicas, perdería una gran parte de su importancia.
Pero el futuro de Rajoy, parece ir estrechamente unido a su pecado de soberbia y el futuro, que se espera más que cargado de protestas y amenazado de varias huelgas generales, como fórmula aclaratoria del sentir popular, se presume más que difícil, para nuestro indeciso Presidente.
Alguien tendría que decirle que, a veces, hay que prescindir, sin más remedio, de ciertos asesores nefastos que no hacen más que dar lugar a cadenas de errores infinitos y prestar atención a lo que verdaderamente es imprescindible en la vida de cualquier político: que su pueblo viva con dignidad, en libertad y con pleno derecho a ser escuchado.













jueves, 4 de octubre de 2012

El milagro de Pedraz




La valentía del Juez Pedraz, negando el enjuiciamiento de los detenidos por los sucesos del 25S en Madrid y culpando a los políticos de ser los únicos responsables de la crispación que sufre el país, trae un soplo de aire fresco al panorama jurídico español y un poco de esperanza a los que ya teníamos totalmente perdida nuestra confianza en este Sistema Judicial, tan devastado por sus propias actuaciones.
Y digo valentía, porque recordando casos como el del Juez Garzón, y a la vista de cómo se toman nuestros gobernantes las pocas críticas que contra ellos públicamente se emiten, alzar la voz desde un puesto de responsabilidad, se ha convertido en una heroicidad, de la que no todos son capaces y que suele acarrear consecuencias.
Esta opinión, que vale su peso en oro para poder aclarar la verdad de lo sucedido en las calles y que abunda además en los abusos policiales cometidos, desechando cualquier responsabilidad de los manifestantes en los hechos, viene a coincidir plenamente con el criterio que ya había expresado la prensa extranjera y coloca al gobierno de Rajoy en la tesitura de tener que dar marcha atrás en sus actitudes y declaraciones futuras, sino quiere perder del todo, la imagen que pretende exportar fuera de España y los pocos amigos que aún le quedan, si es que alguna vez tuvo alguno, que no fuera movido sólo por interés económico.
Sirve también para que los manifestantes reafirmen su inocencia y puedan desprenderse de cuántas acusaciones contra ellos se han estado vertiendo en los últimos tiempos, calificándoles de violentos y facinerosos, provocadores, traicioneros y empeñados en crear conflictos callejeros, para forzar la dimisión de Rajoy, por medio de la fuerza.
Además, niega rotundamente que hubiera el día 25 la más mínima intención de asaltar el Congreso, cosa que de haber sido cierta, habría resultado del todo imposible, a causa del sólido blindaje que las llamadas fuerzas del orden habían llevado a cabo, impidiendo el paso de cualquier transeúnte, e incluso acompañándole a su destino, si se encontraba en cumplimiento de cuestiones relacionadas con el trabajo y no quedaba otro remedio.
La reacción del Gobierno, que no ha sido otra que negarse a comentar la resolución judicial, da una idea del descontento que ha debido provocar su señoría, entre las filas de los populares, últimamente acostumbrados a no ser objeto de crítica entre las clases altas de la Nación y empeñados en la increíble teoría de que cualquiera que se manifiesta en la calle, forma parte de una conspiración izquierdosa, que persigue su inmediato derrocamiento.
Saber qué pasará a partir de ahora con el juez, puede ser un tema digno de ser seguido de cerca por los cazadores de noticias y no sería de extrañar que pronto se viera implicado en algún tipo de acusación, promovida desde las filas de algún organismo minúsculo, de ésos que afloran de vez en cuando a las páginas de los diarios, con el único objeto de dilapidar obstáculos en el camino del poder y que después desaparecen en el silencio, hasta que de nuevo se requiere de su presencia.
Pero en el panorama jurídico español, cuyo descrédito ha alcanzado las cotas más altas hasta ahora conocidas, resulta absolutamente necesaria la presencia de seres humanos, capaces de aferrarse al concepto de justicia y capaces de distinguir la verdad, por muy disfrazada que venga, entre la multitud de trapacerías que nos vemos obligados a soportar, hábilmente maquilladas por la palabrería de los políticos.
Estamos tan acostumbrados a que se intenten manipular nuestras acciones y opiniones, que cuando por fin la justicia ejerce fielmente su cometido y falla a favor de la razón, señalando a los auténticos culpables, nos parece que se ha producido un milagro, y como tal lo celebramos.
Esta resolución, que nos permite seguir el camino emprendido, asentando nuestro inalienable derecho de libre expresión y reunión, deja claro a todos aquellos que ya pretendían regular los derechos de manifestación, alegando desórdenes públicos, que por Ley, nunca podrán pararnos. A ver si aprenden la lección y la próxima vez que su pueblo les hable pacíficamente, no responden con improperios verbales y fuerza bruta, como es su costumbre.





miércoles, 3 de octubre de 2012

Expulsados del paraíso





De todos es conocida la aversión que los conservadores sienten hacia la población extranjera residente en España y los muchos esfuerzos que han hecho, ya desde que eran oposición, por procurar un endurecimiento de las leyes, con la intención de evitar lo que ellos definen como “efecto llamada” y que no es otra cosa, más que un clarísimo cierre de fronteras, para impedir el paso a los sin papeles, que llegan desesperados desde África.
Era de esperar que en la larga lista de recortes que vienen afectando gravemente la economía de la población, alguno estuviera directamente relacionado con la inmigración, buscando una vuelta inmediata a sus países de origen, de todos aquellos que en los momentos de bonanza fueron subempleados en puestos de trabajo que los oriundos desechaban y que ahora ya no son necesarios, al haber aumentado el desempleo nacional, hasta límites que nadie hubiera creído hace tan sólo cinco años.
La vía más rápida que han encontrado para deshacerse del “sobrante humano” que en este momento resulta inservible, es el camino de la salud, retirando las prestaciones que la sanidad pública les prestaba sin exigir la regulación laboral, aunque muchos de ellos se encontraran inmersos en pleno tratamiento contra las enfermedades que padecen y a pesar de que el colectivo médico se ha negado, desde el principio, a ser infiel a su juramento Hipocrático, declarándose en rebeldía y continuando con su atención a los enfermos, independientemente de su nacionalidad.
A la vista de la impopularidad obtenida por la aplicación de estas medidas, hoy aprueban una resolución que permite devolver la tarjeta sanitaria a todos aquellos que desembolsen anualmente 700 euros, si son menores de 65años, y 1800, si sobrepasan esa edad. En ambos casos, los medicamentos correrán a cargo de la persona que los necesite y no de la Seguridad Social, ni siquiera en un porcentaje.
No hace falta ser un lince para pensar que el tipo de inmigración que reside en España al margen de la legalidad, es decir, sin papeles, no han de pertenecer precisamente a los estamentos más altos de la sociedad, ni habrán llegado al país a bordo de un JET privado, con la intención de ser colocados en las largas listas de espera que la Sanidad Pública tiene, para ser finalmente atendidos de cualquier dolencia que padezcan.
Los sin papeles, aclaro a la Ministra Mato, aterrizaron en territorio español, casi en su inmensa mayoría, a bordo de las consabidas pateras que tantas vidas han ahogado en el estrecho y empeñaron cuanto poseían en pagar a las mafias que los trajeron hasta aquí, en las desastrosas condiciones que todos conocemos, y siempre en busca de una esperanza de futuro, absolutamente negada para ellos, en sus lugares de procedencia.
Los sin papeles, que tan bien han servido durante años a los intereses de los empresarios sin escrúpulos, que a costa de su esclavización han eludido sus responsabilidades con la hacienda de todos, han sufrido ahora un nuevo encuentro con la miseria de la que huyeron y han sido los primeros en conocer de cerca los efectos de la crisis, quedando a merced de la caridad, hasta para cubrir sus más elementales necesidades, al verse, ellos también, sin trabajo.
Negar la atención médica al extracto más humilde de la sociedad, ya era un pecado de esos que el catolicismo de nuestros gobernantes consideraría como mortales y una falta de caridad rayana en la indecencia, pero pretender que quien nada tiene, invierta lo que recoge de la misericordia de sus semejantes en contratar un seguro médico privado que lo atienda, en caso de enfermedad, resulta ser la idea más esperpéntica de cuantas han propuesto los populares, en el caso de que creyéramos que no esconde otras razones más sibilinas, que se han olvidado mencionar.
El trasfondo de la cuestión es lograr a la mayor brevedad posible, que los extranjeros abandonen el territorio patrio, abocados a una situación de abandono absoluto, por parte de las mismas instituciones que antes les acogieron, e incluso llegaron a empadronarles en los municipios, para hacer uso de su derecho a votar.
La medida, no puede ser más xenófoba y clasista, pero incluirla en el programa, aunque ya estuviera pensada, hubiera supuesto una acusación inmediata de fascismo, que a los populares empeñados en hacernos creer en su actitud democrática, no hubiera convenido en absoluto, para cosechar un triunfo en las urnas.
Asegurada la mayoría absoluta en el Parlamento, el momento no puede ser más propicio para atajar el problema sin oposición posible y habrán considerado que ha llegado la hora de propiciar un regreso masivo de ilegales a sus países, probablemente con la intención de establecer a continuación, una ley de extremada dureza, que cierre a cal y canto nuestras fronteras.
A la espera de que la nueva resolución se encuentre con una contestación importante, aunque del todo improductiva a nivel práctico, dada la mayoría parlamentaria que detenta el PP, la repulsión que provoca entre los españoles está garantizada. La ruindad de cebarse con los colectivos más necesitados, incidiendo una y otra vez sobre ellos, hasta causar unos estragos irrecuperables entre las personas que los padecen, hieren en lo más hondo la conciencia de la sociedad y coloca aún más lejos de los ciudadanos, a estos gobernantes impíos, que no creemos merecer.
Su actitud deja claro que ni son Demócratas, ni Católicos, ni representan en absoluto la opinión general de su pueblo, que abomina de su deshumanización, poniéndose en la piel de todos aquellos a los que ahorra se destierra.









martes, 2 de octubre de 2012

Volviendo a la oscuridad




Los que nacimos en la negra década de los cincuenta, bajo la acechante mirada de una dictadura que nos impedía cualquier posibilidad de desarrollo personal y que consiguió hacer de nuestra infancia una nebulosa gris en la que nunca penetraba la alegría, tuvimos sin embargo la enorme suerte de aprender a valorar en su justa medida, lo que significan los derechos.
Violentamente despojados de todos ellos y teniendo que convivir diariamente con el insoportable fantasma de la pobreza, nunca nos acostumbramos del todo a perder la esperanza de conseguir con nuestro esfuerzo, un futuro mejor y acabamos por dejarnos la piel en el intento de dar un vuelco a la trayectoria que para nosotros tenían prevista y que en todos los casos, nos negaba cualquier oportunidad de conocer la libertad.
La muerte del dictador acaeció cuando teníamos veintitantos años y para entonces ya habíamos pateado las calles de manera ilegal en demanda de reivindicaciones fundamentales para cualquier ser humano que se precie y conocido la tortura de los opresores que por todos los medios, trataban de imponer su tenebroso silencio.
Nos juramos entonces que fueran cuales fuesen los caminos por recorrer que nos quedaran por delante, nunca permitiríamos que nuestros descendientes conocieran la indignidad de ser abusados por otros, ni cederíamos jamás en ninguna de las bazas arrancadas a la oscuridad de los tiempos, conseguidas con sangre, sudor y lágrimas, en el más estricto significado que conlleva la frase.
Pusimos entonces los cimientos de una sociedad infinitamente más justa, que limó casi a ras, las diferencias entre clases sociales y aquel futuro siniestro que aseguraba la sumisión perpetua del pueblo español, terminó escribiendo una historia infinitamente más limpia, en la que al fin pudimos desprendernos de la maldita ignorancia, para embarcarnos en la excitante aventura de una educación, reservada hasta entonces, sólo a los hijos de los poderosos.
Pudimos salir a la calle sin miedo. Exponer nuestras ideas sin cortapisas, escribirlas, decirlas, gritarlas y hasta exigir que no fueran manipuladas o escindidas, basándonos siempre en el respeto al pensamiento de los demás y aceptándolo como parte del variado abanico de posibilidades que se da, en cualquier convivencia pacífica, entre gente de bien.
No es la crisis la que ha venido a recordarnos que una vuelta al pasado es posible. Quien trata de convencernos con este argumento, yerra de manera absoluta.
La crisis es una situación difícil que puede orientarse de muchas maneras y son quienes nos gobiernan, con nombres y apellidos y a nivel personal, los que se encargan de establecer medidas y de promulgar Leyes.
La terrorífica visión de las cargas policiales de Madrid, la manipulación de los medios de comunicación y las purgas ejercidas en las televisiones de carácter público, a nosotros, nos dan la sensación de haber despertado de repente en aquella década tenebrosa y de que lo vivido en los últimos cuarenta años, ha sido sólo un sueño.
Hoy mismo, la Delegada del Gobierno en Madrid, hacía una propuesta para reformar con carácter de urgencia la Ley de Manifestación, para terminar con lo que calificaba como “desórdenes públicos”, quizá porque realmente no ha llegado nunca a entender que la Constitución que escribimos entonces, garantiza a los ciudadanos el derecho de reunión, como medida de presión, cuando está en desacuerdo con la labor de sus gobernantes.
Paso a paso, con premeditación milimétrica y con verdadera alevosía, se están traspasando límites que hasta ahora se consideraban inviolables, mientras se pretende por la fuerza, someter nuevamente a la sociedad, hurtándole cualquier posibilidad de discrepar con las medidas que tan gravemente le afectan.
Quizá a los jóvenes, por su edad, les resulte difícil percatarse del rumbo que están tomando los acontecimientos y en su bendita inocencia, pues no han conocido otro modo de vivir que el de ser absolutamente libres, quizá creen del todo imposible que sea posible quedarse de pronto, sin derechos.
Pero nosotros, que nacimos y nos criamos sin ellos, que hemos soportado la prepotencia de un régimen autoritario, que hemos vivido estados de excepción y soportado la dureza de los Tribunales de Orden Público, reprimiendo cualquier intento de disidencia, y que hemos madurado a base de golpes en las calles de entonces, ya hemos pasado por los mismos trances y conocemos perfectamente la letra pequeña de los mecanismos.
Por esta y no por otra razón, acudimos a las convocatorias ciudadanas cada vez que se nos requiere. Por esta y no por otra razón, alzamos nuestras voces para alertar de lo que puede venir y no permitimos, en modo alguno, que se nos lleve de nuevo camino del silencio, con la palabrería barata de unos cuantos políticos que deshonran con su actitud la profesión a la que pertenecen, mientras desprecian la voluntad soberana del pueblo que los eligió, tratando de silenciar su voz, por medio de la violencia.
Si la Ley de Manifestación se reforma, la prohibición de cualquier actividad por parte de la ciudadanía será prácticamente abolida, de nuevo, por decreto. Quien lo firmará, no será el concepto abstracto de la crisis, sino el señor Rajoy y sus Ministros.
Les incomodamos…y mucho.









lunes, 1 de octubre de 2012

El valor de los españoles






Las graves acusaciones que se están vertiendo sobre los detenidos en la manifestación del 25S en Madrid y la altanería con que el Gobierno de la Nación trata este tema, después de haber intentado atemorizar a la población con una represión policial inaudita desde los años del franquismo, hace necesaria una inmediata respuesta que aclare, a los ojos de quienes la quieran oír, la verdad de los hechos.
Desde que Mariano Rajoy asumiera el poder, hace tan solo diez meses, la vida del ciudadano medio español se ha visto gravísimamente afectada en las cuestiones de primera necesidad y el ambiente de cierta comodidad que se respiraba en los últimos años, ha dado paso a situaciones de extrema carencia, mientras desde el gobierno se han venido exigiendo cada vez más y más sacrificios.
Después de un incumplimiento total de todas las promesas electorales, que los populares llevaban en el programa que les permitió obtener la mayoría absoluta que ahora disfrutan, se comenzó subiendo el IRPF a todos los contribuyentes, arrancando con ello un jugoso bocado de unos sueldos que, en casos como el de los funcionarios, ya habían sido recortados por el gobierno anterior, para desesperación de los trabajadores.
Un poco después se estableció el copago sanitario y se retiraron de las prestaciones de la Seguridad Social una amplia serie de medicamentos de primera necesidad, sobre todo para personas mayores afectadas de dolencias habituales en determinadas edades.
Se continuó anulando las oposiciones convocadas para el profesorado de la Enseñanza Estatal y despidiendo a masivamente a los interinos que se encargaban de hacer suplencias cuando se producían bajas por enfermedad, en todos y cada uno de los ministerios y se retiró al funcionariado, a base de decreto, el derecho a cobrar la paga de la próxima Navidad, en un claro incumplimiento de contrato por parte de la empresa, que en este caso no es otra que el Estado Español.
Al mismo tiempo, se aprobaba la Ley de Reforma Laboral, que permite con tolda impunidad el despido de cualquier trabajador, dejando los criterios a cargo de la empresa y con indemnizaciones reducidas a la mitad de lo que antes, por derecho correspondía, aunque el despido se considere improcedente.
Amparándose en esta Ley, infinidad de empresas cerraron y el desempleo ha crecido de manera considerable situándose en la cifra de seis millones y en más de un cincuenta por ciento, en el caso de la juventud.
En pleno auge de esta aplicación de medidas, los escándalos bancarios que han ido dejando agujeros negros de miles de millones de deudas, casi todas basadas en la concesión indiscriminada de hipotecas basura que dichos bancos habían estado concediendo en los últimos tiempos, se han venido sucediendo ininterrumpidamente, mientras el gobierno del PP, no sólo inyectaba dinero público para subsanar las deudas de dichos negocios, sino que se ha permitido la opción de acudir a un rescate, por parte de organismos europeos, que han ido en serio detrimento de los españoles, llevándolos al borde de la más espantosa ruina y que somete al Estado a una intervención extranjera, de carácter permanente
Habría que añadir a esta especie de esperpento, que los mismos bancos que han estado saneando sus cuentas con dinero de los contribuyentes, aún se han permitido seguir desahuciando a cientos de miles de parados que, al no poder corresponder al pago de las deudas hipotecarias contraídas, han debido entregar la vivienda como parte de su compromiso, sino que, por ley, han de seguir pagando hasta satisfacer el total, a pesar de haberse quedado en la calle y por periodos de tiempo que en muchos casos, suponen toda una vida.
La Sanidad y la Educación públicas, afectadas de lleno por las partidas de recortes aplicadas, han iniciado un camino hacia una privatización encubierta, a causa de la reducción de personal que probablemente acabará terminando con su buen funcionamiento y los alumnos y enfermos se hacinan en las aulas y los pasillos, mientras el personal sanitario y los maestros, han visto aumentado su horario laboral, amén de la reducción salarial que, como funcionarios, ya habían sufrido en carne propia.
Los comedores sociales han empezado a llenarse de familias de clase media que, sin posibilidad alguna de rehacer su vida laboral, y al haber consumido ya todas las prestaciones estatales por desempleo, no encuentran otra salida que acudir a la caridad para alimentar a sus hijos y poder sobrevivir, sin ningún amparo por parte de la justicia, que les ayude a superar la crítica situación en que se encuentran.
Mientras tanto, una Ley de Amnistía Fiscal, perdonaba la deuda a los evasores de grandes capitales, ofreciéndoles una suerte de ventajas y el anonimato, en el caso de decidir volver a traer lo evadido, de nuevo a territorio español. Se cuentan por miles, los casos de corrupción flagrante, entre la clase política.
Las condiciones laborales de los pocos que siguen conservando su empleo, se han agravado hasta el punto de ver reducido su salario a la mitad bajo amenaza de despido, si las condiciones impuestas por la empresa no son inmediatamente aceptadas y como lógica consecuencia, las tasas de deudas personales se han visto incrementadas en un enorme porcentaje, ante la imposibilidad material que la gente tiene, para hacer frente a los gastos contraídos con anterioridad.
También las aportaciones sociales se han terminado prácticamente para los españoles, por obra de este gobierno. Dependientes físicos y psíquicos, mujeres maltratadas, padres en proceso de adopción, centros de menores e inmigración, ONGS, asilos para la tercera edad, guarderías infantiles y otra innumerable lista de organismos de este tipo, han visto mermadas o desaparecidas las subvenciones que recibían, lesionando y mucho, a las personas que mantenían bajo su protección y que ahora quedan en total abandono, sin ayuda de ninguna clase.
Se ha subido el IVA en todos los productos y las matrículas universitarias, han duplicado su precio, impidiendo el acceso de los más humildes a una educación, hasta ahora asequible a todos los niveles de la sociedad.
El valor del pueblo español, cuando sale a la calle en demanda de sus derechos, cuando pide la dimisión del principal responsable de todo lo anteriormente citado y es recibido con cargas policiales durísimas y comentarios sarcásticos por parte del poder, es sin embargo, no sólo digno de elogio y admiración, sino consecuencia lógica de su prolongado sufrimiento.
Y es de esperar, que cuando una sociedad se encuentra en total desamparo por parte de las instituciones que realmente le deben, al menos, el intento de solucionar sus problemas y procurar el bienestar común, haga uso de su libertad de expresión en demanda de justicia, sobre todo si los políticos a los que eligió y a los que paga escrupulosamente sus elevados salarios, no hacen otra cosa que herir de muerte su supervivencia, y provocar un retraso de cincuenta años, en todos los ámbitos que atañen al bienestar personal.
El valor del pueblo español cuando sale a la calle de manera tenaz y arriesga su integridad física y psíquica, frente a las hordas represoras que su Presidente coloca como parapeto entre él y sus ciudadanos, ha de ser entendido por cualquier persona de bien, en cualquier parte del mundo.
Y no sólo entendido, sino compartido, aceptado, aplaudido y vitoreado sin reservas, por cualquier pueblo que piense que lo que nos está pasando a nosotros, de no pararse, mañana pudiera ser exportado con total impunidad, sin límites de fronteras.
Pero lo que haya que hacer se hará. No le quepa la menor duda ni a Rajoy, ni a su gobierno, ni al PP, ni a ninguno de los que con insana frivolidad juzgan a la ligera el estallido social que se está produciendo aquí. El hambre, física y anímica, siempre termina por tragarse al miedo.