martes, 6 de septiembre de 2011

El ejemplo del reino animal

Me emociona la incomparable belleza de unas imágenes, que muestran cómo una perra amamanta a una camada de cachorros de cerdo, en un acto de solidaridad irracional, con una especie distinta a la suya y sin que para ello sean necesarias mediaciones diplomáticas ni políticas, sólo el instinto de no abandonar a los más débiles.
Miro a la vez, las caras de los somalíes azotados por la terrible hambruna, desamparados en un mundo exclusivamente preocupado por las economías de mercado, que ignora la cercanía de la muerte para miles de personas, cuya suerte les hizo nacer lejos de la civilización y un progreso que ha terminado asesinado nuestras conciencias.
Me atenaza el corazón la desidia con que somos capaces de seguir con nuestra rutina, mientras ignoramos el drama de los que sufren y cómo el primer mundo se enzarza en discusiones sobre macroeconomía, aún sabiendo que bastaría con las migajas sobrantes de cualquier operación comercial de envergadura, para paliar las carencias de los hijos de la miseria y la desolación, que no tienen otra esperanza que la muerte.
Mientras nuestros jefes de Estado miran con auténtica preocupación los niveles de riesgo que sacuden las arcas de los territorios que gobiernan, la agónica llamada de Somalia, presa de la pobreza, la guerra, la desolación y el abandono, es desoída una y otra vez, con la desfachatez de pretender que el problema no existe y mostrando una dureza de sentimientos, impropia de quienes presumimos de humanidad, sin poseer ni una sola de las cualidades que diferencian a nuestra especie.
Es mucho más humana la perra que impide la muerte de los cachorros de cerdo que nosotros, pues se compadece de la orfandad de los pequeños y les ofrece alimento y cobijo, paliando el abandono que padecen, como si de una persona se tratara.
Al mismo tiempo, nosotros aún somos capaces de sentarnos ante la mesa de la abundancia y degustar manjares exquisitos mientras vemos en la pantalla de la televisión esqueléticos niños devorados por las moscas, con la mirada perdida en el horizonte de la desesperanza y hasta podemos herir mientras hablamos de cualquiera de las nimiedades que nos suceden, como si realmente tuvieran alguna importancia.
No se comprende que situaciones como éstas, no supongan una prioridad en los asuntos del mundo en que vivimos, ni que los que alardean de convicciones religiosas profundas no se personen inmediatamente en los lugares de la desolación ofreciendo los bienes que poseen para un remedio inmediato de las desgracias de los que nada tienen. Ni que los capitalistas sigan socorriendo las veleidades de la Banca mundial, que no deja de ser un ente abstracto sin corazón ni tripas que les suenen, llenándose la boca de alusiones a los mismos derechos humanos que pisotean en cada uno de los rostros del hambre a los que no auxilian con el inmenso poder que detentan.
Pero la soledad suele ser siempre la única compañía de la pobreza y la experiencia enseña a menudo, que la desgracia se ceba inexplicablemente con los inocentes, mientras la suerte suele favorecer a quienes ni siquiera merecen por sus actos el calificativo de hombres.
Basta una mirada a lo que sucede en la naturaleza, para comprender que haríamos bien en seguir el ejemplo que nos muestran con sus acciones instintivas los animales, pues de nada nos sirve ser racionales, si con nuestra manera de comportarnos nos acercamos peligrosamente a las bestias, en lugar de sentir orgullo de nuestra humanidad y practicarla.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Delitos grandes y pequeños

Si todo el ahínco que se ha puesto en los últimos tiempos en perseguir las acciones de los indignados, se concentrara en averiguar quiénes han sido los auténticos culpables de la crisis y se reprimiera la mala gestión de los gobernantes con la misma dureza que las manifestaciones ciudadanas, la justicia habría alcanzado al fin un poco de equilibrio y la verdad hallaría un camino por el que avanzar, entre la podredumbre reinante en el entorno corrompido que ha generado a nuestro alrededor el sistema que rige nuestro presente.
Pero es mucho más fácil perseguir a ciudadanos indefensos cuyo único delito consiste en expresar su hartazgo en las plazas públicas, haciendo uso de una bien ganada libertad de expresión, de la que ya fuimos privados, por decreto, durante más de cuarenta años.
Probablemente, los estallidos de indignación popular acaecidos desde que las personas de bien se decidieron a dar un paso al frente, en protesta contra los continuos abusos a que eran sometidas a diario `por unos políticos, cuya prioridad siempre reside en las cuestiones económicas, en detrimento de la justicia social, han empezado a desequilibrar la placidez vital de nuestros supuestos representantes y son una amenaza para sus privilegios, que no piensan perder sin hacer uso del poder que les otorgamos en las urnas.
Ya se ha visto en qué medida importa verdaderamente juzgar la delincuencia de cualquiera que se sitúe en un estatus social alto y cuál es la postura de la judicatura en los múltiples casos de corrupción conocidos en los últimos años.
Si nos paramos a considerar qué tipo de sentencias han seguido a los escándalos financieros acaecidos en Ayuntamientos e instituciones públicas, será fácil comprobar que cualquiera de los implicados en este tipo de delitos contra los fondos generales de la ciudadanía, o está en la calle, o se ha sobreseído su causa, o ha sido absuelto sin culpa alguna, por defectos de forma en los sumarios, pero ninguno se halla en prisión, ni es obligado a devolver el montante de lo sustraído.
Sin embargo, se considera imperdonable estar en contra de la visita del Papa a Madrid y se reprime con violencia la libre elección del laicismo como forma de vida, o se persigue con insistencia a un grupo de ciudadanos que sale al paso de los parlamentarios que cobran de las arcas públicas, mostrando sus descontento sonoro con la labor que realizan y se moviliza a la policía para dar con su paradero, como si no fuera mayor la radicalidad de las medidas aplicadas contra el pueblo soberano, que cortar el paso a sus “delicadas señorías”, con unos cuantos gritos incómodos y algún bote de pintura arrojado sobre sus carísimos trajes.
Parece que los perro-flauta, como llama Esperanza Aguirre a los jóvenes que estando desempleados, no pueden vestirse en los modistos que ella y sus compañeros frecuentan, se han convertido en el enemigo número uno del Estado y que todo el peso de la Ley será aplicado sobre ellos, por su tozudez en ocupar espacios públicos desde los que enseñar al mundo la realidad que nos sacude a diario, sin que nadie lo remedie.
Bien harían en seguir el ejemplo islandés, que sienta en el banquillo a su antiguo primer ministro, acusado de haber conducido al país a la bancarrota, con su mala gestión de una crisis sin precedentes en ese territorio.
Es probable que si fuera factible juzgar las equivocaciones de los gobiernos y aplicar penas justas a los que abusando de la confianza de los electores, ponen en práctica políticas claramente perjudiciales para la ciudadanía, la situación se recondujera hacia otros caminos distintos, y el sistema actual pudiera ser cambiado por otro, en el que pueblo fuera realmente protagonista de su propia historia, en un mundo más justo que éste, en el que nos ha tocado malvivir.


domingo, 4 de septiembre de 2011

El estado del malestar





Ahora que el bipartidismo acaba de encontrar un punto de encuentro y las dos formaciones mayoritarias del país han decidido aunar fuerzas para conseguir obedecer a pies juntillas los mandatos del eje franco-alemán, parece haberse suavizado temporalmente el clima de crispación habitual existente entre ellos y los futuros ganadores de las próximas elecciones dicen que se ha hecho, lo que había que hacer, sin dejar de proclamar que la idea de reformar la constitución en este punto concreto, ya la apuntó hace meses Mariano Rajoy, aunque haya sido ahora el gobierno, quién la vaya a llevar a término.
Unos y otros, se apoyan en que las reformas son absolutamente necesarias si queremos conservar el estado de bienestar del que, según ellos, disfrutamos, pero la percepción del sufrido pueblo español sobre este tema, dista mucho de estar en la línea de estos políticos que dicen representarlo y desde luego, nada tiene que ver con la idea de la realidad virtual que se cuece en las altas esferas, dado el grado de desesperación al que hemos llegado y en vista del futuro que se nos viene encima, que se augura bastante negro y sin esperanzas.
Naturalmente, nuestra clase política está cómodamente instalada en un estatus social al que no ha tocado la crisis y sus privilegios no han sido mermados con ninguna de las disposiciones legales que se han venido aplicando en los últimos tiempos, pero la vida de los ciudadanos es una cosa bien distinta y la realidad diaria de la mayoría de los españoles, es inmensamente cruda de soportar, si se enumera la larga lista de desgracias que nos han venido sucediendo, desde que la avaricia de los banqueros puso a nuestro país al borde de la bancarrota.
No se entiende a qué estado de bienestar se refieren sus señorías. Una nación cuyo panorama laboral alcanza ya más de cuatro millones de desempleados, muchos de los cuales subsisten con ayudas irrisorias que les acercan al umbral de la más solemne pobreza, está más bien, en un estado de malestar permanente, pues malvive en una espiral de carencias insalvables, que lo aproximan permanentemente a una agónica situación personal y familiar, sin que exista en el horizonte ninguna esperanza para ellos.
Un cuarenta por ciento de nuestros jóvenes aguardan en las casas paternas encontrar algún tipo de empleo. Otros han visto venirse abajo sus proyectos de futuro y han perdido las viviendas, cuyas hipotecas les ofreció la banca en los años del ladrillo, teniendo aún que liquidar el resto de la deuda, a pesar de haber sido desahuciados de sus hogares, que han pasado a formar parte de las nuevas agencias inmobiliarias creadas ahora en las oficinas bancarias, que hasta hace poco animaban a todo el mundo a comprar suelo.
Los sueldos han sido rebajados, las pensiones congeladas, los impuestos y las facturas de artículos de primera necesidad como la luz, el agua o la gasolina, incrementados y las prestaciones sociales ganadas a pulso por los trabajadores en años de lucha y sacrificio, mermadas o aniquiladas por la tiránica exigencia de la pérfida Europa, que se ceba con nosotros sin piedad, para goce y beneficio de estados más grandes como Francia y Alemania.
Que quede claro a sus señorías, que este pueblo no disfruta para nada de ningún estado de bienestar. Cualquier posibilidad mínima que tuviéramos de poder hacerlo, se ha marchado por las alcantarillas con toda la suciedad oculta de las tramas de corrupción protagonizada por los militantes de los partidos, que se enriquecieron con las malas artes aplicadas en las instituciones a las que les llevamos con nuestros votos y que han dejado las arcas comunes en una situación desesperada de la que esperan ahora salir, otra vez, con nuestro sacrificio y sin renunciar a ninguna de las prebendas que se han adjudicado a sí mismos por decreto.
Lo nuestro es, a todas luces, un estado de malestar que finalmente, habrá de romper sonoramente por alguna parte y que ya habría roto hace tiempo, de no ser por el miedo con que nos atenazan a diario los políticos desde los medios de comunicación, como si el trabajo fuera un regalo paternal que ellos nos ofrecieran y no un derecho fundamental que asiste al ser humano y sin el cuál, quedaría inmediatamente parada la maquinaria del poder que detentan, a costa del sudor ajeno.
Los gestos publicitarios brindados a través de las cámaras y que hablan del sufrimiento de nuestros representantes a favor de la ciudadanía, son una gran mentira urdida ante la mirada atónita de los españoles y no debiera ser olvidada ni perdonada, cuando llegue el momento de acudir a las urnas para volver a otorgar nuestros votos.
Mientras un número considerable de trabajadores se ven obligados a malvivir con subsidios de cuatrocientos euros, muchos diputados estatales, autonómicos y europeos, disfrutan de hasta tres y cuatro empleos, como en el caso de Cospedal, y se niegan incluso a renunciar a viajar en clase VIP en sus desplazamientos, estableciendo una brecha insalvable entre sus propias historias y las de aquellos, en cuyo nombre dicen hablar.
El otoño ha de presentarse necesariamente caliente y no porque lo digan los subvencionados sindicatos, que tampoco desean perder la comodidad que disfrutan, sino porque las personas que poblamos este país estamos al borde de la agonía y nuestra indignación mayestática, habrá de ser canalizada hacia la consecución de un cambio real, que nada tenga que ver ni con el bipartidismo, ni con los nacionalismos, ni con ninguna de las caras conocidas de la política española actual, de tan nefasto recuerdo.
El errático estado del bienestar que en sus discursos nos atribuyen, probablemente queda reservado a los que en algún momento de su vida, tuvieron la lucidez de tomar la decisión de dedicarse a la política, la misma que causa estragos en el presente de la ciudadanía ignorada, masacrada y pisoteada desde las tribunas públicas en las que se mueve la única clase emergente del país. Para los demás, para nosotros, nada queda después del reparto de la riqueza que establecen las teorías neo capitalistas que nos gobiernan.


jueves, 1 de septiembre de 2011

El futuro que viene






Las medidas propuestas por la Comunidad de Madrid, en materia de Educación, que pretende alargar la jornada laboral de los profesores, poniendo en peligro la posible contratación de interinos en los próximos años, empieza a dar una idea aproximada de cuál será la política del PP, si llega a gobernar, y en qué área aplicará los recortes cuando consiga el ansiado poder que lleva años persiguiendo.
La intención de mermar considerablemente los gastos en política educativa, se convierte así en un primer paso para poder intuir un ataque aún más directo a las prestaciones sociales, empezando por el derecho fundamental a una enseñanza de calidad y gratuita, que era hasta ahora, uno de los logros mayores conseguidos, desde que desapareció la dictadura y la democracia se instaló entre nosotros.
A esto se une además, la extraña postura de María Dolores De Cospedal, que tras permanecer durante años en su puesto de diputada autonómica en Castilla La Mancha, en un silencio total ante las políticas llevadas a cabo por los socialistas, llega a la presidencia de la Comunidad exponiendo un asombro inaudito ante la situación económica encontrada, como si su pasado en estas tierras hubiera sido inexistente y repentinamente se hubiera abierto la caja de los vientos, en cuanto ha conseguido alzarse con el poder.
Las promesas repetidas hasta la saciedad en los mítines ofrecidos por los populares, en los que se declaraban defensores de la justicia social y garantes de las necesidades de los humildes, se marchan con el viento tempestuoso de su asentamiento en los lugares de mando, desde los que atacan a los débiles, como desde luego era de esperar, para los que ya conocíamos de antaño a las derechas y su afinidad con la ideología capitalista y quienes la encabezan.
Es tiempo para los jóvenes españoles para poner en claro cuál será su tendencia de voto en los próximos comicios y para reflexionar hasta qué punto, otorgar ese voto al primer partido de la oposición puede resultar beneficioso para sus intereses o si, por el contrario, el aterrizaje de los populares en lo más alto de las instituciones, acabará por hacer buenos a los que ahora terminan su legislatura, convirtiendo la vida de las clases trabajadoras en un infierno aún peor que el que ahora soportan, gracias a las veleidades europeas del Presidente Zapatero.
Es una falacia creer firmemente en cualquier posibilidad de cambio a mejor de manos de los que siempre fueron representantes reales de las clases dominantes, aún cuando últimamente, en su intención de atraer a los votantes, se dediquen a disfrazar con grandes dosis de paternalismo su amor al liberalismo económico y su clara intención de privatizar sectores como el educativo o el sanitario, para beneficio exclusivo de quien se pueda permitir su utilización a golpe de cartera.
Las vanas promesas de Rajoy y sus correligionarios han de ser entendidas como lo que son: un reclamo electoral que les permita acceder al gobierno y un modo de arrancar del país cualquier logro conseguido por los humildes, empezando por una educación que les garantice una mayor amplitud de pensamiento y una cierta igualdad cultural con las clases privilegiadas, que en nada conviene a los amantes del capitalismo feroz que nos gobierna.
La contestación debe ser inmediata, pues es urgente establecer preferencias electorales antes de noviembre, e iniciar movilizaciones en contra de este atropello encubierto, que puede alcanzar dimensiones incalculables, si el Partido Popular llega finalmente al poder y se instala con una amplia mayoría en el parlamento, que le permita gobernar en solitario, al modo y manera en que lo hacen todos y cada uno de los gobiernos conservadores en el mundo.
Es aún peor. Las cifras alcanzadas en los últimos comicios municipales y autonómicos, auguran que las medidas madrileñas, serán rápidamente refrendadas por las otras Comunidades en manos de los populares, estableciendo unas diferencias inaceptables entre trabajadores, con el consiguiente perjuicio de los que se encuentran bajo las directrices de los recién llegados al poder autonómico.
Apostar por la explotación del personal adscrito al Ministerio de educación, no es, en modo alguno, una solución a la crisis y pone en evidencia la validez del programa político de quienes se atreven a tropelía semejante.
Se necesitaría una gran dosis de fe para depositar la confianza ciudadana en quien basa su política en acciones tan deplorables como ésta y una gran ingenuidad para llegar a pensar que en sus manos, la nave del estado llegará a buen puerto si en vez de crear los tan necesarios puestos de trabajo, se limitan a prolongar la jornada laboral de los españoles, igualándola con la que existía un siglo atrás.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Cómo ignorar al pueblo y seguir gobernando





Pasar de un estado de cálido reposo a la frialdad de la realidad cotidiana, es una dificultad con la que todos nos encontramos cuando nos reincorporamos al trabajo, tras un breve receso vacacional.
Vuelvo además, plena de sensaciones agradables, de periodos deliciosos en compañía de los mejores amigos, de la desidia grata de la holganza contemplativa y de la desconexión deseada de cuanto tiene que ver con la vorágine política y sus esperpénticos protagonistas, tan distantes de lo que nos acontece.
Me ha costado dejar de lado la pluma, pues mi ausencia se ha visto salpicada de rabiosas noticias y hasta se han atrevido a dar el paso tantas veces reclamado de cambiar la cerrada constitución, que defendieron en su totalidad con uñas y dientes, pero necesitaba reposar las ideas y comprobar la certeza de mis propios pensamientos, en un clima relajado, ausente de la indignación cotidiana que últimamente me produce esta dependencia de lo económico, que nada tiene que ver ni con ideología, ni con humanidad.
Muchas cosas permanecen inalterables. El hambre sigue matando la inocencia en Somalia, sin que la mirada de los poderosos se digne a dirigirse hacia la desolación de los débiles. Los hombres y mujeres de nuestra tierra, continúan el largo camino de sequía laboral que les ha traído la avaricia del capitalismo insaciable y la ola de calor parece haber diluido los movimientos ciudadanos, hasta dejarlos reducidos a la mínima expresión de unos pocos inquebrantables defensores de sus principios primeros, mientras las masas soportan estoicamente las decisiones gubernamentales que las asfixian, como si la resignación fuera la única vía para sobrevivir, aunque sin dignidad para hacerlo.
Nuestros políticos, de nuevo, siguen las instrucciones venidas desde Europa, arrasando a su paso la justicia social que reclama su dolorido pueblo e ignoran la posibilidad de que su voz pueda expresar libremente lo que siente, negándose a consultar en referéndum el cambio constitucional que nos imponen, otra vez a costa del sacrificio general y sin contemplar una sola de las reivindicaciones urgentes que se han reclamado una y otra vez desde la calle, como la reforma de la ley electoral, tan beneficiosa para poder controlar los desmanes, forzando la desaparición de las corruptelas practicadas, al abrigo de unos votos otorgados de buena voluntad.
Contentar al eje franco alemán, parece lo único importante y poco o nada significa la agónica situación de la gente, que empieza a entrar en un peligroso umbral de pobreza, que se agranda frente al enriquecimiento paulatino de los poderosos, acabando día a día con las clases medias, tan incómodas para los que no tienen otra preocupación más que su propio beneficio y enriquecimiento.
Acomodados en la seguridad que da detentar un poder incontestable, un poco a la usanza de los antiguos monarcas absolutistas, es preferible siempre perpetuar la distancia establecida con el pueblo y legislar con o sin el consentimiento de los sufridos ciudadanos, a enfrentarse a los auténticos problemas originados por la crisis, buscando y castigando a los verdaderos instigadores de la situación actual, que escapan impunemente, a pesar de haber puesto a la nación en un desastrosos estado de degradación, prácticamente insuperable.
Pero los pueblos han caído en desgracia y son, como se ve a diario, ninguneados, pisoteados, silenciados, ignorados, reprimidos, explotados, alienados y arrastrados al límite de sus posibilidades por una clase política que hace tiempo dejó de representar a quienes con su voto la auparon hasta las más altas instituciones del país. Y ahora, envuelta en el glamour del estado de bienestar que sólo ellos disfrutan, ha dejado de interesar la defensa de los ideales y la prioridad se resume en no perder un palmo de poder, sin importar el costo que acarree.
La esperanza de que el final del verano traiga consigo un alzamiento generalizado de los movimientos ciudadanos, ahora que se acerca un periodo electoral, es lo único que puede generar un poco de optimismo, ya que nos han vuelto a dejar claro que nuestra opinión no les interesa.
Habrá que empezar a trabajar a favor de una abstención generalizada en los próximos comicios, porque, francamente, a nosotros tampoco nos importa lo más mínimo qué coño piensan nuestros gobernantes.
Al menos con mi voto, que no cuenten.


jueves, 11 de agosto de 2011

Buscando las tierras del Norte






En plena efervescencia estival de noticias, llega mi turno de emigrar para disfrutar de otros paisajes, que ayuden a serenar el ánimo en los tiempos que vienen, ordenando las vísceras con el bálsamo sanador de la belleza, que hace olvidar los sinsabores de la vida y nos trasporta por breves instantes, al mundo irreal de la ilusión.
Vuelvo a la tierra de mi abuela, que como ya sabéis, me llama cada cierto tiempo para que me abandone al sorprendente verdor de sus valles, a la claridad de sus sonoros ríos y a los mil caminos perdidos entre sus diminutas aldeas.
Galicia es una de esas casas virtuales que cada uno tenemos en alguna parte y que nada tienen que ver con la posesión material de un inmueble y mucho con la sensación de pertenencia a un lugar, que se genera en nosotros, sin que nunca lleguemos a comprender por qué.
Siempre subo la vía de la plata sabiendo que descubriré algo nuevo, con esa incertidumbre buena que da la esperanza y la seguridad plena de no ser decepcionada por lo que aún está por venir.
Después, cruzando el país, llegaré a Cataluña, donde me aguarda el reencuentro con viejos y queridos amigos, de los que llegan a ser imprescindibles para encontrase a uno mismo, en este mundo materialista en el que tan poca importancia se suele dar a cosas tan grandes como ésta.
Yo haría con gusto un cuaderno de viaje desde el que abriros las ventanas de mis ojos para mostraros a través de las letras lo que veo, pero me dice la experiencia que habrá dificultad de conexión que me permita utilizar el medio en el que me muevo y pocas ganas de estar pendiente de la asfixiante actualidad que nos acecha la vida y que no me permitiría disfrutar de mis nuevos destinos.
Puedo eso sí, hacer un repaso rápido, a la vuelta, de las sencillas experiencias que haya ido teniendo en estos próximos días, aunque estoy segura que todas y cada una de ellas, acabarán aflorando a mis escritos, que siempre se han nutrido de lo vivido en primera persona, más que de la fantasía arrolladora que caracteriza a otros escritores, mejores que yo.
Será raro, no ocupar un rato cada tarde en elegir la noticia del día, no pensar el enfoque que le daré y sobre todo, será raro no acabar escribiendo las sensaciones que me provoca lo que sucede a mi alrededor, como sistemáticamente vengo haciendo desde hace ya casi dos años.
Sin embargo, estoy segura de que aguardareis mi regreso con la acostumbrada paciencia y sé que seguiréis, donde quiera que estéis, conservando el recuerdo de esta página, como si en cierto modo, nos conociéramos de toda la vida.
La experiencia suele enriquecer a los escritores de manera muy especial y es un modo de renovación necesaria para los amantes de estos menesteres, si no queremos quedar anquilosados y sin poder ofrecer nada nuevo a los que nos hacen el inmenso favor de leer nuestras cosas.
Me voy, ya lo sabéis, bastante indignada con el mundo y sus gobernantes, avergonzada del comportamiento de mi propia especie y sin embargo, esperanzada a la vez, en que todo es factible de ser cambiado por la maravillosa esencia humana, como si descubriéramos la tierra por primera vez.
Será bueno andar los caminos para que no se escape este último pensamiento y poder disfrutar pronto la alegría del regreso, sin haber perdido, como siempre, la ilusión de llegar a ser mejor… y contarlo.


miércoles, 10 de agosto de 2011

De Madrid y el cielo




Ya intuíamos que entre las muchas cualidades de Esperanza Aguirre y Alberto Ruíz Gallardón, estaba el orgullo de pertenecer a un catolicismo militante y que, llegado el momento oportuno, aparcarían sus naturales diferencias para ponerse de acuerdo en agasajar al máximo representante de la Iglesia en el mundo.
Mucho han placeado los dos, comentando a quienes les ha querido oír, las amargas vicisitudes que nos ha traído el Gobierno Zapatero, mientras alardeaban de un compromiso sincero con las causas sociales y su apoyo a los humildes, desde los púlpitos mitineros en que ha sido permitida su intervención.
La visita papal les viene que ni pintada para presumir de las faraónicas obras realizadas en su ciudad y del supuesto apoyo que las masas españolas dan a un pontífice ajeno en su actitud a los problemas traídos por la crisis, pero capaz de aceptar invitaciones financiadas por un erario público, a punto de necesitar un rescate parecido al de Grecia.
No dudan los populares en habilitar cuántos espacios se necesiten para reunir al católico rebaño, que no molesta, como los indignados, con sus evangélicas acampadas en los lugares céntricos de la ciudad, a los que podrán desplazarse a precios módicos, gracias a la enorme rebaja ofrecida por el santísimo ayuntamiento, en los billetes de trasporte público.
A los residentes en la capital, por cierto, les acaban de subir estos mismos billetes un cincuenta por ciento, quizá porque no son capaces de acreditar con fiabilidad su filiación religiosa, ni aunque presenten una cartilla de parado de larga duración o una prueba de que han de sobrevivir con la ayuda de cuatrocientos euros que les tira a la cara el gobierno.
Al mismo tiempo, se prohíbe tajantemente una manifestación laica, anulando el derecho de los ciudadanos que libremente deciden no tener creencias religiosas y se cierra al tráfico el centro de Madrid durante seis días, sin que ahora cause ningún perjuicio a los comerciantes ubicados en la zona, que tanto se quejaron por la presencia de los indignados en sol, cuando reclamaban sus derechos.
Con la Iglesia hemos topado. La frase, no puede tener más vigencia y da una idea de cuánta influencia posee aún en nuestro territorio la curia vaticana y sobre todo de las prioridades que es capaz de establecer el partido popular en las comunidades cuyo gobierno está bajo su mando.
Quizá hacen méritos Aguirre y Gallardón para una beatificación futura, de ésas que agilizan los pasos hacia la santidad y te colocan en la primera división eclesiástica, sin que haga falta haber hecho milagros en vida, ni demostrar una conducta ejemplar mientras pasaste por el mundo.
Los millones de euros gastados en tan ampuloso evento, vendrían estupendamente para la creación de puestos de trabajo, por ejemplo, pero las sandalias del pescador que supuestamente calzó pedro, quedaron hace tiempo desechadas, para ser sustituidas por los mejores zapatos del mercado, a juego con las sotanas de alta costura, que usan los mandatarios vaticanos.
Si el vicario de Cristo quiere realmente tener un detalle con España, nada más fácil que renunciar a la visita, arrancando el compromiso de que el dinero empleado en ella sea inmediatamente repartido entre los muchos necesitados del país, como seguramente hubiera hecho aquel a quien dice representar entre nosotros.
Probablemente entonces recibiría las felicitaciones más cordiales de los ciudadanos, aunque inmediatamente perdería las amistades con personajes como Rouco Varela, loco por estrenar algunas prendas nuevas, de colores diversos, encargadas para la ocasión a los mejores y más caros modistos de élite.
Eso sí que sería un milagro probado y un motivo perfecto para que la figura papal fuera recordada, en consonancia con la doctrina que dice practicar y predica. Pero eso sería vivir como Cristo y no como Dios.